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Ulises PDF Imprimir E-Mail

Por JAVIER SANFELIÚ

Un hombre se despierta luchando contra las ganas de seguir soñando porque lo remueve el sonido de un celular que dejó programado el día anterior para no llegar tarde de nuevo a un trabajo que le paga las cuentas del agua, la luz, el gas, la canasta familiar, el cable, el alcohol que lo anestesia cuando lo necesita, la sal de frutas cuando se le pasa la mano con el alcohol y la chorrillana en oferta y la alarma que ya no ocupa pero que necesita para dormir tranquilo porque vive en una ciudad donde cuando todos duermen otros trabajan y se denominan según la televisión “los amigos de lo ajeno”.

 

 Se ducha después de su mujer mientras llora el cabro que tiene que cuidar la mayor de las hijas que se perdió el colegio porque debe madurar antes de tiempo porque las madres solteras perdieron como en la guerra. Aún es de noche o parece serlo, hace un frío de mierda y en la televisión hablan de grados bajo cero.

El hombre entonces busca la Bip en el jeans y la encuentra media doblada y no sabe por qué está tan doblada. Algo debe haber pasado en la noche, quizás mientras volvía en la micro se sentó sobre ella y la dejó algo para el gato. “Debe servir aún”, piensa. Agarra la mochila y sale de la casa intentando no meter ruido para no dejar una cagada media fome para la hija que hace un par de horas recién hizo dormir al nieto que parece que está con rotavirus porque lleva varios días ahogándose en la noche.

Puta la huevá. Por más que se despierta temprano siempre está la media fila en el paradero, y se consuela pensando que todos esos giles deben llevar una vida peor que la suya que quieren arrancar rápido de su casa que llegan adelantados a la cola. Empieza a amanecer arriba de la micro, se empiezan a aclarar las caras cansadas y arrugadas, gente joven que se ve vieja de tanto frío, trabajo y aburrimiento, salen esos rayos de sol y el hombre recuerda, sin saber por qué, cuando los veía aparecer entre las hojas del damasco en el campo cuando era un cabro chico inútil, que jugaba con barro en los esteros. “¿Hace cuánto que no veo un estero?” Pensó. Ya no recuerdo si eran una canaleta o un charco, “ya no sé”, dice en voz alta y una vieja chica lo mira como si viera a un loco que habla solo.

Se baja de la micro y camina unas doce cuadras, lo cual no es malo piensa porque así funciona mejor el corazón según dice el comercial de cardioaspirina. Llega a la construcción y y están los mismos tarados de siempre aprovechando que en este edificio hay un huevon simpático que les deja tomarse un nescafé de verdad hasta que entran en calor. Igual es bacán esta pega porque es el edificio más alto de la ciudad o al menos el más largo para arriba que va a haber en años y se puede quebrar un rato porque están haciendo la media ni qué huevada en la ciudad y le puede contar a los hijos y a los nietos que él estuvo en esa obra. Una obra de arte si uno se pone inteligente o algo bacán.

Métale mezcla de cemento y cargar fierros mientras el otro se dedica a los cables de la electricidad para enchufar como unos dos millones de computadores con la terrible banda ancha. Un mundo entero conectado a la red, ese lugar la zorra donde los que saben leer pueden encontrar lo que se les pare el hoyo.  “Es la raja trabajar en algo que sirva aunque los huevones amargados digan que es una heavy mierda más de los ricos”.
Entonces viene el almuerzo y es la mejor hora porque salen de los edificios de al lado esas mijitas de faldas apretaditas que deben estar igual de apretaditas que las faldas y deben oler a jazmín y deben estar peladitas como barbie, una cosa rica pero rica rica. “No tener el medio auto pa poder llevarlas de paseo adonde quieren ir las cositas estas” piensa mientras se saca el casco y se toca la cabeza media mojada media cansada.
Una vez terminada la jornada se baña con agua tibia, menos mal,  se peina la chasca y empieza la peor parte de todas, cuando va la micro de vuelta y las viejas medias cuicas hasta cruzan la calle de miedo al verlo porque lo confunden con los flaites que salen en “En la Mira” que roban celulares para pagarse la pasta. Viejas feas y medias aburridas que parece que hace rato no le ven el ojo a la papa. Viejas que buscan giles con el medio auto para ir de paseo. Allá donde se abren las piernas como las flores.

Después de hora y algo se baja de la micro, raja porque le tocó de pie, puta la mala cueva, ir de pie, y dos cuadras más allá el Juancho le grita “¿Vai derecho pa la casa Ulises?” y él piensa, “Ulises, ¿por qué mierda mi viejo me habrá puesto Ulises si se llamaba Carlos?”, y da lo mismo, le quedan unas monedas para tomarse la caja con los amigos y hablar de las locas ricas que vio hoy día y que incluso una lo miró a los ojos como con ganitas. Era rica pero rica rica, onda la Mey. Piensa antes de olvidar todo lo que acabo de contar y caer en la cama sin meter mucho ruido porque los cabros chicos están durmiendo, y menos mal. Porque cuando están despiertos puta que huevean hasta la hora de la callampa.


Javier Sanfeliú
Acerca del Autor:

JAVIER SANFELIÚ
Publicista. Nació en Viña del Mar y se transplantó a Santiago en 1988. Redactor creativo Radio Concierto 1995 y 1996, Rock & Pop 1997 a 2000, FMDOS 1999 a 2000. Director de Radio Concierto -la Radio de Hoy, 2000 al 2005. Director Radio Futuro -Te está faltando Rock, 2005 al 2007. Director Radio Zero, 2007 a 2008 y asesor Radio Play FM. Creativo a cargo de las campañas de las películas Play de Alicia Scherson, La Sagrada Familia de Sebastián Lelio, Radio Corazón la Película de Roberto Artiagoitia, Mirageman de Ernesto Díaz y 199 recetas para ser feliz de Andrés Waissbluth. Además, es integrante del comité editorial de Rolling Stone Chile. Hoy, independiente feliz y expectante.

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Comentarios
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Javier  - Excelente   |200.27.137.xxx |2008-10-01 11:44:41
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