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Por SERGIO FORTUÑO

Lo que me gusta de viajar no es la aventura, el relajo, las fotos ni los souvenirs. Me gusta algo que puede estar casi enteramente desprovisto de cualquier experiencia: el hecho mismo de viajar.

 

 Lo único que me gusta de viajar es viajar. En las siguientes líneas trataré de explicar esta aparente tautología.

Una de las nociones más comunes de viaje es la que podríamos llamar geográfica, cuando te desplazas a coordenadas terrestres que no son las habituales en tu vida: otro país, otra ciudad, cualquier lugar que esté más allá de donde puedas llegar por el valor de un viaje o una combinación de viajes en la locomoción colectiva.

Esta noción es fácilmente discutible si se admite que viajar no sólo implica una traslación, sino también una experiencia, un descubrimiento, un nuevo comienzo. Para esto, no es necesario ir tan cerca ni tan lejos. Dentro de la misma ciudad, alguien de La Dehesa puede experimentar un viaje más intenso que muchas aventuras internacionales yendo simplemente a La Legua. Y lo mismo corre para alguien que vaya de La Legua a La Dehesa.

Aquí se aplica el cliché de “viajar es cruzar una frontera”. El turista, cobijado en la los trayectos prefabricados y el comercio especialmente diseñado para el turismo, que paradojalmente le oculta lo verdaderamente desconocido, no cruza una frontera. A lo más, la contempla. Entonces, no viaja.

El viaje suele asociarse también a un enriquecimiento del mundo interno del viajero. Recuerdo cuando era joven y aspiraba a ingresar al mundo laboral. Muchos y muchas en mi misma situación, tal vez a falta de algo más, ponían sus viajes internacionales en el currículo, suponiendo que eso los hacía más elegibles que alguien que hubiera viajado menos o no hubiera viajado.

Yo no creo que los viajes contribuyan necesariamente al engrandecimiento espiritual, cultural, intelectual o ético. También de joven, me impresionó saber que Immanuel Kant jamás se movió más allá de 150 kilómetros de su Königsberg natal. Y el hombre solucionó varios problemas éticos, estéticos y metafísicos. Si le hubiese dado por viajar, quizás en qué habría quedado la filosofía.

La definición de viaje según un criterio espacial y la definición según un criterio vivencial me quedan cortas. No me satisfacen. No es sólo una cuestión de lógica, sino también de comodidad. Me da lata la idea de un viaje en un crucero, como también me da lata la idea del viaje masoquista a lo Rimbaud, Paul Bowles o Joseph Conrad, donde el viaje se convierte en un trayecto sin retorno donde tienes que lidiar con gente hostil, culturas raras, mucho calor y muchos insectos.

Si me gusta viajar a alguna parte, es a lugares que son una amplificación de mi propia ciudad, metrópolis de calles vibrantes, grandes parques, museos, edificios bonitos, ojalá cosas gratis que hacer y buena vida nocturna. Estoy dispuesto a conceder, sí, que eso no es un viaje, sino sólo una variación de magnitud en mis escenarios cotidianos.

Pero de todos estos tipos de viajes que he listado, y otros que se me escapan, hay algo en que reparamos rara vez. Solemos fijarnos en los contenidos de un viaje y no en la estructura que lo define. Para mí, esta estructura es cualquier desplazamiento sobre el que uno no pueda intervenir: un viaje en avión, en barco, el trayecto entre una estación y otra en el metro o en una red ferroviaria, un viaje en bus, un viaje en auto con otra persona al volante. Dejo de lado esos trayectos que uno puede alterar libremente, como un paseo en bicicleta o un desplazamiento en micro que uno puede interrumpir cuando quiera, porque contienen la potencialidad de lo inesperado, de la aventura, que no se ajusta a la concepción de viaje que a mí me gusta.

Lo que me gusta de viajar es ese desplazamiento cuyo curso nos resulta inalterable, esa entrega completa al destino que se manifiesta cuando la gente religiosa se persigna antes de que despegue un avión: que sea lo que Dios quiera. Me atrae ese abandono del viaje como puro movimiento con un principio y un final. Es como una apertura total al tiempo, que es en el fondo lo único que sucede, aunque uno trate de disfrazarlo leyendo, viendo una película o pidiéndole otro whisky a la azafata. Hagas lo que hagas, no habrá más que el tiempo que te toma ir de un punto a otro por una ruta que no escogiste.

Sé que puede parecer vacío, pero para mí es una experiencia esencial, quizás porque está desprovista de todo lo accesorio, quizás porque es el único momento de nuestras vidas en que el mundo de hoy nos permite despojarnos de todo lo accesorio a nuestro alrededor y en nuestro interior, para quedarnos reducidos transitoriamente a algo que tal vez se acerque bastante a lo que en realidad somos nosotros mismos.

 


Sergio Fortuño
Acerca del Autor:

SERGIO FORTUÑO
Sergio Fortuño tiene 36 años. Estudió periodismo en la Universidad de Chile. Actualmente, es director de Radio Concierto, donde también ha trabajado como conductor y editor periodístico. Ha trabajado y colaborado en diversos medios escritos y audiovisuales, como el canal Rock & Pop, la productora Nueva Imagen, El Mercurio, La Tercera, revista Rock & Pop, revista Billboard (EE. UU.), revista Fibra, Qué Pasa, Rolling Stone y revista Blank, entre otros. 

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Comentarios
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Tomás  - Perseguidor   |200.27.129.xxx |2008-08-26 13:48:56
El personaje que Cortázar creó a partir de Charlie Parker en El Perseguidor dice
algo parecido sobre los viajes y el tiempo. A él le pasaba en el metro de París
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