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RESEÑA: Malas tierras PDF Imprimir E-Mail

Por JAIRO BOISIER

Cuando el viaje acabó, sin posibilidad de escape y con varios caídos en el camino, el carismático Kit ya se había transformado en una figura conocida y atrayente.

 

 Conozco personas que viajan sólo para testimoniar que no están viviendo bien. Lanzarse y esperar que las cosas cambien, aunque no se tenga idea del destino, implica barrer con todo obstáculo que lo impida. Por ello muchos eligen como campo de combate la carretera, territorio perfecto para la nueva búsqueda.

Kit, un viejo conocido, era uno de esos. Tenía unos veintitantos años y, sin gran convicción, trabajaba como barrendero en una pequeña ciudad de Dakota del Sur en los Estados Unidos. Kit parecía ser cualquier persona: algo errático, indoloro, sin mucha conciencia del mundo.  Bastante cercano a lo que podríamos definir como un marginal. En medio de un vacío existencial conoció a Holly, una inocente y solitaria adolescente protegida por su padre viudo.

El punto es que es que Kit y Holly terminaron enamorándose e incluso ella, desprejuiciada mujer-niña, perdió su virginidad sin ningún atisbo de sacralizar su iniciación. Lamentablemente el padre de ella no aprobaba la relación y de poco sirvió que Kit le anunciara sus mejores intenciones con su hija. La situación llegó a un punto tal que Kit no tuvo otra opción que matarlo. Holly tuvo que aceptar que amar y ser amada tenía su costo.

Por ello Kit y Holly decidieron desaparecer, conscientes de la necesidad de una nueva vida. El viaje fuga lo hicieron desde un coche que los llevaría a nuevos territorios. Y ahí llegaron, estacionados en un pastoril lugar, donde Holly leía y Kit se hacía cargo de construir una cabaña arriba de un árbol que los protegería del resto.

Los problemas forzadamente los obligaron a trasladarse y alejarse en los llanos desérticos, en las malas tierras. Quienes los veían sospechaban de estos dos jóvenes y por ello Kit debió mostrar su habilidad para hacer frente a todos aquellos que no comprendían el sentido de esta nueva vida. El secuestro, el manejo de armas y el asesinato le sirvieron a Kit para no claudicar en su lucha por sobrevivir y vivir mejor, total  no había nada que perder.  

Sin intención de descubrirse a sí mismo como algunos viajeros lo hacen, Kit no se transformó en alguien más pequeño e invisible, sino en alguien paulatinamente robustecido. Sin hacerse grandes preguntas y enfrentando todo lo que se le aparecía, Kit terminó convertido en un ejército en sí mismo.

Por ello creo que el viaje de Kit obedeció, por sobre todas las cosas, a una primitiva necesidad de vivir en una naturaleza refugio que acogió a un hombre sin real conciencia de estar viviendo una historia. A su lado Holly se transformó en una compañera ideal, porque no sólo lo seguía y compartía ciertas visiones sobre el mundo, sino que no le imponía nada, obnubilada por su parecido a James Dean.

Cuando el viaje acabó, sin posibilidad de escape y con varios caídos en el camino, el carismático Kit se había transformado en una figura conocida y atrayente, un verdadero rock star para la masa. El viaje para este monstruo desconocido había sido finalmente un triunfo. Kit logró dejar trazos, logró ser reconocido. Que los otros hablaran y se preocuparan de él fue sin duda meritorio, pero lo mejor es que todos pudimos completar su historia a partir del juicio que él carecía.

El desierto de Kit en analogía con los llanos donde peregrinó, se defendió y mató, representó el principio de la construcción de un ser humano consigo mismo, sin la ayuda de ningún Dios. Porque de eso se trataba, de vivir mejor, aunque hubiera que cargarse a varios en el camino. Lo que Kit nos dijo en su viaje es que para volverse visible, no es necesario ser un individuo bueno o moralmente definido. Qué importa. Sólo es necesario ser el héroe de una buena película, que obligue a que los otros te vean y hablen de ti.

 

Badlands, 1973. USA. Director: Terrence Malick. Con Martin Sheen y Sissy Spacek.


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