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Un asunto de guata PDF Imprimir E-Mail

Por JAVIER SANFELIÚ

Cierta vez una persona muy confiable me contó que en Edimburgo Escocia habían estudiado el estómago y habían descubierto que existían redes neuronales tan complejas como en el cerebro.

 

 Otra forma de inteligencia, sin palabras, no dirigida a las emociones ni al intelecto sino más bien al instinto. Entonces, ahí se explicaba por qué cuando alguien te excita hormonalmente aparecen las mariposas en la guata; o cuando sientes miedo se te aprieta; o cuando sientes misteriosamente que alguien “de guata” no te provoca confianza, es ese sistema el que te avisa inmediatamente. Claro, la gente que le hace caso a su estómago tiende a ser más exitosa y equilibrada en la vida que la que le hace caso a su cerebro. La cabeza tiende a una lógica que no siempre lo es tanto, y se sumerge en palabras que no siempre son las acertadas.

Pero en lo más básico, claro que hay que hacerle caso al estómago.  Cuando te ataca el hambre, debes ir por comida y saciar ese estado. Algunas personas, las que comen demasiado o beben en exceso, son personas que fácilmente podemos deducir están en un desequilibrio emocional y tienen estresado al estómago haciéndolo reaccionar más de la cuenta. Un mix entre el cerebro ansioso y el estómago con luz roja.

Lo mejor del equilibrio emocional es disfrutar de lo que te comes. Disfrutar con calma de una lechuga un día domingo puede ser tan excepcional como un bife a lo pobre después de subir y bajar un cerro. Comer una manzana en total calma puede ser una epifanía.

Comerte la vida es otro cuento. Mirar la vida como si fuera comida, como si todo fuera nutritivo. Un amigo muy lúcido me dijo una vez “ya no veo televisión, ¿y sabes por qué? Porque uno también come por los ojos, y lo que me ponen en la mesa no es nutritivo, es pura mierda, y altera mi disgestión del mundo, me lleno de mierda difícil de eliminar”. Toda la razón. Su estado de purificación de la mala TV duró alrededor de dos años y doy fe de lo buena persona que es mi amigo.

Comerse el tiempo con conciencia es otra cosa que pareciera ser recomendable. Comerse un segundo como un maní, como una aceituna. No dejarlos pasar y devorarlo como ballena comiendo krill.

Seleccionar la comida como si fuera una curatoría de arte también es cueca. Me provocan cierta pequeña envidia los que saben sazonar bien un plato fome. Los que saben echarle lo justo para que ese arroz con huevo no sea un simple arroz con huevo. Un poco de pimentón al arroz, otro poco de merkén. Unas dosis. Y un plato lujurioso.

Saber qué se quiere comer, por muy simple que sea. Un arte en sí mismo.

Puede ser una persona a la que te quieres comer –no es recomendable por ley ni por buenas costumbres mirarlo de manera literal- sino más bien como un goce puramente sibarita. Devorarse a otra persona con pasión culinaria. Saber adobar otro cuerpo con las manos, la boca, etc. Rico. Ser un chef a la hora de los quiubos, con responsabilidad de maestro cocinero. Entendiendo que la única manera de comer rico es también dejándose comer. Entrega y petición. Un plato de verdad. De fondo. Allá unos que quieran vegetarianos, otros que busquen el curanto. Cada cuál con su delirio.

No es entonces el vaso medio lleno, medio vacío. Es esa sensación en el estómago de distensión y felicidad lo que genera eso que tantos buscan y pocos encuentran: equilibrio. Una manera oriental de mirar eso de saciarse. Basta con mirar a los obesos de Estados Unidos, una plaga brutal de guatones que no tienen un tope. Gente que no sabe para dónde va ni por qué se come todo lo que pilla y a la velocidad de lo que pilla. Al final son como estrellas que se derrumban sobre sí mismas, como ese fenómeno celeste de las enanas café. Desequilibrio del imperio a todas luces. No sólo cae la bolsa. Se hacen bolsa día a día consumiendo choques, asesinatos, explosiones, violaciones, desviaciones. Ahí recuerdo a mi amigo Ignacio que protegía sus ojos como si fueran su estómago. Vaya que era sano. Entonces, como somos un sistema, el estómago se enloquece y pide saciar ese vacío que parte en lo emocional y termina en un globo gástrico o una corcheteada de tripas. Y cuando no, six feet under.

Digamos una única verdad: todo es comida. Todo se come. Todo lo que vemos es parte de un ciclo de ida y vuelta a sistemas digestivos en el hígado, la psiquis o el alma. ¿Qué te comes en la pega, qué te comes cuando amas, por qué devoras ese tipo de amor? Da lo mismo si es por las manos, los ojos, el estómago, la piel, los pulmones. Todo se come. Entonces, si efectivamente es así, no puedo irme sin preguntarte: ¿cuál es la carta del restaurant donde vas todos los días? ¿Es ese al que quieres ir?¿Qué estás comiéndote día a día?
 

 


Javier Sanfeliú
Acerca del Autor:

JAVIER SANFELIÚ
Publicista. Nació en Viña del Mar y se transplantó a Santiago en 1988. Redactor creativo Radio Concierto 1995 y 1996, Rock & Pop 1997 a 2000, FMDOS 1999 a 2000. Director de Radio Concierto -la Radio de Hoy, 2000 al 2005. Director Radio Futuro -Te está faltando Rock, 2005 al 2007. Director Radio Zero, 2007 a 2008 y asesor Radio Play FM. Creativo a cargo de las campañas de las películas Play de Alicia Scherson, La Sagrada Familia de Sebastián Lelio, Radio Corazón la Película de Roberto Artiagoitia, Mirageman de Ernesto Díaz y 199 recetas para ser feliz de Andrés Waissbluth. Además, es integrante del comité editorial de Rolling Stone Chile. Hoy, independiente feliz y expectante.

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