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Antiguos episodios relacionados con el fundamental acto de comer PDF Imprimir E-Mail

Por MARCELO GUAJARDO THOMAS

Crecía al borde de la piscina un árbol de caqui que mi padre adoraba. Durante el invierno perdía sus hojas y sólo colgaban los frutos anaranjados y suculentos. 

 Mi familia vivía en las afueras de San Bernardo en un lugar denominado El Barrancón, en la falda sur del cerro Chena. Una zona semi rural con caminos con nombres tan sonoros como Catemito, Luberna, Santa Teresa. Era una pequeña cuenca dentro de otra, hundida en relación al resto del valle, muy húmeda en invierno (no volví a ver nieblas más densas); un calor intenso, aunque moderado por la brisa, en verano,  tierra oscura y fértil, agua en abundancia, en suma, un predio representativo de la mejor tierra cultivable de la cuenca del Maipo.  

Mi abuelo tenía una docena de paltos californianos maduros que había plantado el antiguo dueño de la hijuela, un tal señor Cordero. Para cuando mi tata se hizo cargo del lugar, a principios de los sesenta, los árboles estaban en su mejor momento. Recuerdo los insignificantes brotes blancos que cubrían los árboles en otoño. Mi abuelo decía que eso algún día sería una palta, era difícil creerle. Mi hermano y yo jugábamos durante horas bajo la sombra de esos árboles. El día de riego armábamos con autitos matchbox diminutos balnearios al borde de la acequia. Deteníamos la corriente con un embalse hecho con ladrillos y barro y construíamos elegantes propiedades al borde del agua oscura.

En ese entonces mi abuelo estaba con la idea de construir una piscina. Los vecinos tenían una hace años, aunque era tan grande que la llenaban sólo a la mitad. No lo decía, pero mi abuelo quería que tuviésemos lo mismo que los nietos del vecino. Así que se dio a la tarea de construir nuestra piscina. Recuerdo que llevó folletos y planos con distintas formas y tamaños: de riñón, con escalas metálicas, con escalas en obra, unas profundas, otras no tanto. Nos preguntó a todos que forma nos gustaba y que profundidad sería mejor, creo que mi madre fue la que influyó para que fuese una piscina tradicional y poco profunda, para seguridad de los niños, decía. En fin, se construyó. Y durante ese primer verano casi no salimos del agua. Un día llegaron los niños del vecino a bañarse. Según mi abuelo a Manzur no le iba muy bien así que no podía llenar la enorme piscina que había construido. Creo que no estaban realmente contentos allí. Su madre los había llevado una tanto a la fuerza y se quedaron parados mucho tiempo al borde del agua. No éramos amigos. Tenían exactamente la misma edad que mi hermano y yo. La menor era tímida, el mayor altanero. Los recuerdo allí parados mirándonos en silencio mientras su madre insistía en que se metieran al agua. Ella estaba bajando lentamente las escaleras cuando él tomó una enorme piedra y la lanzó a la piscina. Salió corriendo. Esa fue la última vez que lo vi.

Crecía al borde de la piscina un árbol de caqui que mi padre adoraba. Durante el invierno perdía sus hojas y sólo colgaban los frutos anaranjados y suculentos. Mi padre los comía al desayuno mezclados con avena o yogurt de pájaritos, como decía, a veces me daba a probar de esa mezcla agridulce y viscosa. Durante el verano mi abuelo preparaba humitas en un enorme fondo. Mi abuela desgranaba los choclos y  nos mandaba a llevarle los granos a mi abuelo, quien los molía en una máquina de fierro mientras cuidadosamente recogía cada gota del jugo blanco. Mezclaba todo con albahaca y cebolla y armaba las humas con pita verde.

El agua hervía en la enorme olla de acero ennegrecida por el fuego. Al medio día, comíamos las humitas bajo los paltos, con ensalada a la chilena y sandía de Malloco de postre. Volvíamos a bañarnos y al atardecer mi abuela nos llamaba a tomar once. Tomábamos leche fría en vasos largos de vidrio y comíamos completos con salchichas naturales, más grandes y sabrosas que las normales, mayonesa casera hecha con huevos de campo de yema anaranjada,  puré de paltas californianas sazonadas con sal y ajo, marraquetas. A finales de febrero, cuando el viento del sur oeste aparecía un poco más temprano avisando el otoño, las cerezas corazón de paloma maduraban en el árbol. Con mi hermano escalábamos lo más alto posible y subidos a las rugosas ramas comíamos hasta hartarnos. Bajábamos al final del día con la boca y la lengua roja por el jugo de las cerezas.
 


Marcelo Guajardo Thomas
Acerca del Autor:
Marcelo Guajardo Thomas (Santiago 1977) Integra el taller Santa Rosa 57. Es autor de los libros de poesía: Teseo en el mar hacia Cartagena (Santiago 2001) y El dolor de los enjambres (Concepción 2003) además de unos siete poemarios inéditos que verán la luz el 2009 por Editorial Fuga. Por ahora disponibles a domicilio en formato hojita.corcheteada en garageediciones.blogspot.com.
Comentarios
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Nicolás Del Río H.  - Muy buenos recuerdos   |201.236.7.xxx |2008-11-12 16:06:41
Que buenos recuerdos, creo que cada uno tiene en su memoria alguna comida
relacionada con algún familiar o amigo.
Es increíble que algunas comidas y
sabores rememoren recuerdos o instantes de nuestra vida.

Un saludo, muy
buenas palabras
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