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RESEÑAS: Restoranes del terror PDF Imprimir E-Mail

Por RODRIGO OLAVARRÍA

 Si tuviera que definirme en lo tocante al tema alimentario, diría que no soy patachero, que no soy un vegetariano, que no soy un parrillero, que no soy un gourmet.

 

 Que disfruto de casi todas las preparaciones que he probado en este planeta, que si me preguntan diría que soy un vegetariano realista, que nunca digo no a la hora de probar algo nuevo, que he comido en los restoranes más finolis y más terroríficos de Chile y que tanto en unos como otros he tenido buenas y malas experiencias. Ahora recordaré los cuatro lugares, no necesariamente las comidas.

EL RINCÓN SABROSO, PUERTO MONTT, X REGIÓN: Ubicado a la salida de la caleta de Angelmó, donde el año 2005 me envenené con una paila de mariscos crudos en pleno auge del vibrión parahemolítico, se encuentra este restorán, casi no alcanza a merecer el nombre de restorán. Está compuesto sólo por cinco mesas y una barra, con vista a la cocina. Y la historia es la siguiente. Eran las dos de la tarde un día de enero del año 2004. La noche anterior había salido con los poetas locales, mis amigos y estaba encañado. Decidí entrar a un restorán y pedir un caldillo, una cazuela o algo componedor. Los restoranes que conocía estaban todos llenos de bote a bote y entonces decidí entrar a este rincón sabroso, lugar que nunca en mi vida distinguí de los demás frontis del puerto. Pedí caldillo de congrio y me dijeron que no había caldillo, entonces pedí una cazuela, que llegó y de la cual no tengo mucho que decir, era satisfactoria, pero nada especial. Iba a mitad del plato cuando los sujetos que estaban en la mesa de al lado me hablaron, eran pescadores o trabajadores del puerto con los bolsillos cargados por una paga reciente, eran amigables también. Al ver una botella de Sprite sobre mi mesa, dijeron: Amigo, ¿cómo no se pidió un vino para acompañar su cazuela? Traté de ignorarlos, pero cinco segundos después le pidieron al garzón que me trajera no una copa o una caña de vino, sino una botella completa de vino blanco y luego se rieron. Les agradecí y me serví un vaso. Terminé de almorzar, se sentaron a mi mesa y conversamos unos quince minutos, el problema sobrevino cuando me quise irme. ¿Nos estai insultando, hueón?, quédate a tomar un rato más. Y me quedé, sentado en el bar escuchando historias de boxeadores y futbolistas sureños hasta las seis de la tarde, hora en que pude huir. Ahora que lo cuento no suena tan “del terror”, pero lo fue. Créanme.

EL PIRATA, TOMÉ, VIII REGIÓN: En noviembre de 1998 fui a leer mis poemas a Tomé junto a Juan Carlos Mestre, Javier Bello, Damsi Figueroa y otros poetas. La cosa es que nos dio hambre y fuimos a dar a este lugar, que más bien era un bar. Un lugar de diez por diez metros con barias mesas arrumbadas, una barra ubicada en la esquina que se oponían diagonalmente a la puerta batiente de la entrada, varias imágenes de cristo y la virgen, botellas pegadas al cielo raso, una niña de seis años haciendo las tareas en la mesa de al lado y un refrigerador que parecía haber sido botado por el mar en la playa de Tomé y luego recogido por el dueño del local, quien nos atendió.

Para comer pedimos lo único que había en el menú, sándwiches de pernil y para tomar, cervezas. El tipo (desde ahora en adelante lo llamaré El Pirata), nos dijo: Quedan dos cervezas de litro, pero tengo cortos de pisco, si quieren. Pedimos las cervezas y cuando se acabaron, tímidamente empezamos a pedir cortos de pisco. Lo extraño es que por cada uno de los cortos de pisco que pedíamos nosotros, el dueño del bar se tomaba uno al seco y no es mentira. Calculo hoy que éramos ocho personas en la mesa y cada uno se tomó por lo menos dos cortos, entonces calculo que se debe haber zampado unos veinte cortos por lo menos.

Entonces escuchamos por la radio la noticia de un joven de veinte años que había desaparecido en Tomé, nos quedamos callados y prestamos atención, a lo que El Pirata respondió apagando la radio, ahí nos entró la paranoia. Pensamos revisar el interior del refrigerador para buscar los restos del estudiante penquista perdido, pero optamos por agradecer la atención, pagar la cuenta, dejar una sustanciosa propina y huir.

MADELON, RIO DE JANEIRO, BRASIL: El Madelon está ubicado en rua Bolívar a una cuadra y media de la playa Copacabana, está también a una cuadra del departamento de mi amigo residente en la “cidade maravilhosa” y, digámoslo desde ahora, es el restorán más barato del sector, puede también que sea el más pintoresco o el más lleno de lo que algunos llaman “color local”.

Resulta que cuando partí a Brasil me hicieron creer que comer iba a ser rico y barato, pero al llegar descubrí que sí bien era rico, la comida en Rio costaba lo mismo que acá en Santiago, idea a la que al principio me resistí pero a la cual me fui acostumbrando poco a poco. Un día, por la insistencia de un amigo chileno (a quien por discreción llamaré: Mr. P.) almorzamos en el Madelon. Los platos eran gigantes, ricos y costaban lo que en Chile cuesta un almuerzo ejecutivo, hay que decirlo. Pero ocurrió que la segunda o tercera vez que estaba ahí instalado, comiendo feliz y conversando con mis amigos y los lugareños, cayó del techo, directamente sobre mi plato la cucaracha más grande que he visto en mi vida. Sin duda sobrealimentada como toda la clientela del Madelon. Después de superar la impresión, le pegué con el dedo al bicho, que salió volando para aterrizar en la cocina medio atontado y morir pisoteado por un chef gordo y mulato.

De más está decir que no volví nunca más al Madelon, lo que me sirvió para descubrir la versión brasilera del sándwich que llamamos Barros Luco: O maravilhoso filé com queijo e batatas, a mais perfeita união da carne, o queijo e o pão. Um casamento feito no céu.

Rodrigo Olavarría
Acerca del Autor:

RODRIGO OLAVARRÍA

Poeta y traductor. Nacido en 1979 en Puerto Montt. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda durante 2001. Sus poemas han sido publicados en revistas como “Plagio”, “La Poesía, Señor Hidalgo” y “La Estafeta del Viento”. El año 2003 recibió una beca de creación literaria para escritores noveles del fondo del libro y la lectura. Ha publicado en las antologías “Quercipinión” (Ediciones Lar, Concepción, 2000), “(SIC)” (Valente Editores, Santiago, 2004), “Desencanto Personal” (Cuarto Propio, Santiago, 2004) y “Selección de Poesía 2005” (Fundación Nueva Poesía, Santiago, 2006). Es coorganizador de los encuentros latinoamericanos de poesía llamados “Poquita Fe” realizados en santiago los años 2004 y 2006. Ha realizado traducciones de la obra de Sylvia Plath, Lewis Carroll, Ezra Pound y otros, entre las cuales destacan “Aullido” de Allen Ginsberg (Anagrama, 2006) y “Madrid 1993” de Allen Ginsberg (Círculo de Bellas Artes, 2008).


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