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Picnic caníbal PDF Imprimir E-Mail

Por YAEL ROSENBLUT

Todos estaremos ingenuamente de acuerdo con el principio de que todo verdadero arte es comunión. Comunión de almas, de ideas, de visiones de mundo. Pero todos sabemos también, en lo más íntimo, en lo más profundo, que comulgar es comer, fagocitar, nutrirnos los unos de los otros.

 Depredarnos mutuamente hasta los huesos. Recordemos que esta noción nace del horroroso ritual del catolicismo, frío y oscuro como una noche de invierno, donde la idea de comunión se remite, nada menos, que a tragarse a Dios, en una acción teofágica, de un origen anterior a Cristo, en un rito que pierde su principio en las viejas cavernas de un tiempo no escrito, lleno de comedores de corazones y bebedores de sangre. Pasa algo parecido con el arte y sus comensales, aunque la idea del arte como comunión embelece a los bobos, particularmente a los tontos anestesiados por las ideologías cristianas. A ellos siempre los hechizan las ideas simples, bondadosas, comunitarias, donde creen adivinar el bien, en la siempre temperada comodidad del engaño. A ellos esta idea les hace sentir que comparten un banquete con sus hermanos, los otros hombres, cuando se sientan en la mesa de la tierra con todos la Humanidad para deleitarse de los más extraños manjares del arte de todos los tiempos. ¿Saben qué tragan realmente en ese picnic a orillas de los ríos de una historia que nunca se detiene?

De manera harto más obvia, en Shanghai, el artista chino Zhu-yu, transgrediendo el tabú más feroz que prevalece entre los hijos de la raza humana -la antropofagia-, lleva varios años representando una performance escalofriante: sin inmutarse el chino devora en su acción parte de un feto de siete meses, que ha sido cocinado y adobado con antelación. Las imágenes fueron transmitidas por la cadena inglesa sensacionalista británica Channel 4. Más de un millón de espectadores presenciaron en las pantallas de sus televisores la “comunión” de Zhu-yu. El artista de Shangay asegura públicamente que ninguna religión prohíbe esta acción, agregando “He aprovechado el espacio vacío entre la moral y la legalidad para desarrollar mi trabajo.”

Para muchos pueblos, aún hoy, devorar el corazón y el cerebro del enemigo es un triunfo mediante el cual se apoderaban de su energía y su valor. En las selvas amazónicas la sangre del muerto es bebida por gente de su familia o tribu, de modo que la vieja carne viva en la nueva carne. ¿No se parece en verdad eso a todos los rituales del arte, donde sentimos entrar en nosotros las viejas vitaminas flamencas, las proteínas cubistas, los minerales expresionistas y vaya cualquiera a saber cuánto nutrientes más? Definitivamente en el arte se verifica una forma figurada de antropofagia, de endofagia, de gastronomía caníbal. Sólo su distanciamiento simbólico y el aderezo de la emoción y la belleza logran salvarnos de las nauseas. Si estuviésemos claros, despiertos al hecho, las arcadas serían inevitables.  


Yael Rosenblut
Acerca del Autor:

Artista y Curadora Licenciada en Artes de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Entre sus exposiciones de destacan las galerías, Animal (Santiago), HardCore Contemporary Art (Miami), Mac Caig &Welles (Nueva York) y museos e instituciones como Museo de Artes Visuales, MAVI (Santiago), Matucana 100 (Santiago), Varandee Art Center (Bélgica), Caixa Forum (Barcelona) y la V Bienal de MERCOSUR.
Paralelamente ha realizado diversas Curatorias para el Centro Cultural Matucana 100, Galería Ojo de Buey, Galería 13, Galería Animal, entre otros.

www.yaelrosenblut.com
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