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Tres escritores y un final PDF Imprimir E-Mail

Por GONZALO LEÓN

Es la muerte y no la vida, como ya dijo Millán, quien nos pone el punto final.


A Pablo Domínguez
QEPD


 En casi dos décadas de escritura lo que más me ha costado escribir son los finales. Al principio pensaba que se trataba de un defecto literario, vale decir de no saber cómo terminar una historia en el papel, pero luego me di cuenta de que hasta una historia personal me costaba ponerle fin. La alargaba innecesariamente, convenciéndome que esto iba a pasar, o la apuraba con infantiles “ya, F o C, hasta aquí nomás llegamos”.

Hoy, cuando ya soy consciente de mis defectos –personales y literarios–, he llegado a la conclusión de que puedo aprender mucho sobre ellos analizando el final de las vidas de algunos escritores y sus historias personales vinculadas, de alguna manera, a mí. Para eso me gustaría empezar por quien más conocí: Claudio Giaconi.

Primer final
Claudio llegó a Chile a mediados de los 90 luego de una larga estadía en Nueva York. Un día, creo que fue en una Feria del Libro de Santiago, Pedro Pablo Guerrero de la Revista de Libros me lo señaló y dijo con cierta admiración: “Es Claudio Giaconi”. Aquella tarde no me atreví a hablarle. Sólo dos años después lo abordé y, para mi sorpresa, se mostró muy interesado en que yo quisiera que él presentara mi segundo libro “La sonrisa perfecta”. Arqueando las cejas una y otra vez, como si me estuviera tomando el pelo, me preguntó dónde estaba el libro.

    —No lo tengo –respondí.
    —Bueno, pero es imposible presentar algo invisible.
    —Sólo tengo esto. –Y saqué unas hojas impresas de los interiores del libro, que la editorial recién me había pasado.

Claudio tomó el original, terminó su café, y me dijo que nos veríamos el día de la presentación, que como suele ocurrir se alargó y alargó. El día del lanzamiento del libro –que debo confesar ahora a mí no me gusta nada– Claudio de pie frente a un micrófono citó a Wilde y habló bien del texto. Yo se lo agradecí, a lo que él retrucó serio:
    —Si no estuviera convencido sobre lo que dije, no lo hubiera hecho.

Con los años, aprendí de Claudio que ser escritor no consistía en publicar libros, sino simplemente en escribir, observar, corregir, leer y botar a la basura. En el tiempo que lo conocí nunca –bueno, sólo después que su salud se deterioró notoriamente– dejó de escribir; enfermo, empezó a publicar lo que sería su último libro “Etc.”, compilación de poemas y fotografías a cargo de Claudia y Rosita Apablaza. En él se puede leer el siguiente verso: “Un muchacho muerto fue desenterrado vivo / el lunes bajo 36 metros de mierda”.

Después de la tuberculosis, Claudio Giaconi había empezado un proyecto cinematográfico con Marcelo Dinamarca, quien fue socio mío en una productora de eventos en Viña del Mar, hace casi quince años. Dinamarca registró sus últimos días, pero también un incidente con Nicanor Parra. Claudio, para los que no saben, siempre fue un admirador y amigo de Parra. Pero un día, instigado por Dinamarca, fue sin aviso a visitarlo a Las Cruces. Claudio golpeó la puerta, pero sólo salió el hijo de Nicanor, quien le dijo que su padre estaba durmiendo la siesta. Claudio, enojado, se dio medio vuelta hacia la cámara y espetó: “Y pensar que fui yo quien le dijo que este litoral necesitaba de un poeta”.

 A su funeral no asistió ni Nicanor ni yo, ni muchos quienes lo admiraron. Pese a ello, alcancé a pasar al velatorio alternativo que algunos poetas y el propio Dinamarca hacían en un bar cercano a la Sech. Al verme, se manifestaron compungidos por la muerte de Claudio, uno casi lloró, pero se sobrepuso, y todos en patota se largaron de ahí, “haciendo perro muerto”.

Segundo final

Cuando Gonzalo Millán era un poeta de los grandes, yo lo consideraba un simple curadito. Creo que fue José María Memet en 2002 quien me convenció de lo contrario: “Léete ‘Virus’. ¡Es un libro extraordinario!”. Y hojeé “Virus” y “Vida”. Recuerdo que me gustó un poema que hablaba de los electrodomésticos y de un refrigerador que se abría como un poema o libro. Millán intentaba decir que no sólo los libros podían leerse, sino también los electrodomésticos y todas las cosas en general. Así, uno puede leer una persona, un vaso con vestigios de rouge, una cama desecha y sucia. Todo se lee, porque todo es un texto, una construcción cultural, en otras palabras un artificio.

Cuando conocí a Millán, lo invité a La Sebastiana, donde su directora me había contratado para organizar unas mesas redondas con narradores y poetas de cierto prestigio. Recuerdo que a Millán le tocaba compartir mesa con Germán Marín; sin embargo, éste se excusó a última hora y tuve que pedirle a Cinthya Rimsky que lo reemplazara. A Millán no le importó. Bajando a pie de La Sebastiana, por un cerro del que he olvidado su nombre, me contó lo que opinaba de algunos poetas que yo conocía, y su visión era más bien pesimista de lo que en esa fecha –2004– se estaba haciendo en poesía chilena.

Al llegar al centro de Valparaíso nos fuimos a comer al Cinzano, y Millán salió del bar con Cinthya a fumarse un pito. Del trago, al parecer ya estaba harto. De regreso al hotel en donde él y su pareja alojaban, le dije lo de los títulos de sus libros: “Vida”, “Virus” y “Pseudónimos de la muerte”. Si agarras los tres, recuerdo haberle dicho, resumes la existencia: naces, te enfermas y mueres. A Millán le encantó la idea y le preguntó a su pareja por qué nunca se le había ocurrido esa asociación.

Luego vería tres veces más a Gonzalo Millán: una fue para una entrevista que le hice para La Nación Domingo, otra para una lectura de unos poetas argentinos que vinieron a Santiago invitados por el hermano de Marcelo Bielsa y por último en un café, en donde ya se veía enfermo y donde me pidió si podía enseñarle a escribir una crónica. Me sentí honrado, pero a la vez sorprendido, así es que le consulté para qué quería saber eso.

    —Me ofrecieron una pega en The Clinic y me gustaría aceptarla –confesó.

Le pregunté por su libro “Croquis”, que aún no salía, y enseguida por su taller de autobiografía. Sólo con respecto a esto último tuvo algunas palabras:
    —Me he dado cuenta, y creo que esto te puede servir a ti también, que no sacamos nada con escribir la vida, porque es la vida la que termina por escribirnos.

Tercer final
Cuando conocí a Roberto Bolaño no sabía quién mierda era, vale decir no había leído nada de él, ni siquiera una crítica sobre alguno de sus libros, nada. Pero para mí Bolaño –hablo en tiempo de la Feria del Libro de Santiago de 1999– era el escritor chileno de Anagrama, el epítome del escritor que por esos años yo quería ser. Y quizá por eso cuando anunciaron por los altoparlantes que Roberto Bolaño estaba firmando sus libros en el stand de Fernández de Castro, de inmediato me precipité hacia allá, cargando el librito que Claudio Giaconi había presentado ese año: “La sonrisa perfecta”.

Como es de imaginar, tuve que formarme con mi mejor sonrisa. En la fila reconocí al escritor mexicano Jorge Volpi, pero ese año no sabía tampoco quién cresta era Volpi, y con los años tampoco me interesaría. Al divisar a Volpi, Bolaño alzó la vista y lo saludó. Volpi se sintió orgullo por eso, pero luego Bolaño le dijo:
    —¿Sabes, Volpi? Te admiro.
    Volpi sonreía fuera de sí y observaba para todos lados para ver dónde estaba la cámara indiscreta.
    —Sí, admiro a la agente literaria que tienes. Te debe hacer ganar mucho dinero, ¿no es cierto, Volpi?

En ese minuto la sonrisa de Jorge Volpi desapareció por el suelo o piso de la Estación Mapocho. Bolaño autografió el libro que el escritor mexicano tenía entre sus manos y, cuando me tocó a mí, me quedó mirando, y yo sin decir nada sólo le extendí mi librito y no dije lo que tenía preparado: ¿Sabe, señor Bolaño? No lo conozco, pero quiero que se lleve este librito malo a España. Soy un escritor marginal. No, no sé lo que eso significa, pero lo único que le puedo asegurar es que no tengo agente y no gano dinero. Tome, señor Bolaño. Léalo.

Nunca supe si lo leyó. Y a estas alturas me da lo mismo. Total, él está muerto y yo casi. Sólo después de varios años leí finalmente un libro de Roberto Bolaño y, pese a lo que pensaba, me gustó. Aunque a mis colegas escritores –Gonzalo Garcés, Luis Valenzuela Prado, Luis López-Aliaga– no les gustó la elección de los títulos: “Amuleto”, “Perros románticos” y “El gaucho insufrible”.

Pero detengámonos un segundo y pensemos qué pueden tener en común Giaconi, Millán y Bolaño, aparte de estar muertos y de haber vivido largos períodos fuera de Chile. La respuesta la medité por semanas, hasta que me percaté de que los tres no hicieron mucho para cambiar sus finales. Giaconi sabía del riesgo que implicaba operarse de la pierna y de todas maneras lo hizo; Millán estaba consciente de los riesgos del tabaco y siguió fumando como “carretonero”, y Bolaño –de quien Nicanor Parra señaló que le debíamos un hígado– jamás empleó sus influencias para conseguirse ese órgano vital. Tres escritores y un mismo final: la muerte.

Es la muerte y no la vida, como ya dijo Millán, quien nos pone el punto final. Así es que si imaginamos el final de un texto como algo que no depende de nuestras voluntades o talentos, aparecerá solo, porque el texto, especialmente en una narración, también va desfalleciendo a cada punto aparte. Sólo hay que escuchar sus pulsaciones, nada más. Como el médico, hay que saber que existe un límite donde ya no hay nada que hacer. El texto muere naturalmente, y no es el escritor quien lo asesina. No somos asesinos, somos médicos tirados a detectives.


Gonzalo León
Acerca del Autor:
GONZALO LEÓN
Gonzalo León (Valparaíso, 1968) es escritor y periodista. Ha publicado "orden y paria" (2001), "pornografíapura" (2004), "punga" (2006) y "pendejo" (2007), todos por libros la Calabaza del Diablo. La mayor parte de ellos se encuentran en bibliotecas públicas de universidades estadounidenses, como Yale, Harvard, Arizona, Berkley, Notre Damme, entre otras. Actualmente escribe una crónica semanal en La Nación Domingo, es editor de la revista de escritores latinoamericanos Bilis y miembro del consejo editorial de la colección Hazla Corta de libros la Calabaza del Diablo, de pronta aparición.
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Comentarios
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Pablo Parafernálico  - Bigote por todo escritor   |190.46.151.xxx |2008-12-05 20:51:43
Lease un bigote por todo escritor
Sebastián Evans  - Uf   |163.247.44.xxx |2008-12-03 05:33:50
Y por eso estamos como estamos...
Daniela  - Grande León   |201.214.162.xxx |2008-12-02 18:42:27
A mi me encantó la columna.
Sebastián Evans  - Un simple curadito   |163.247.44.xxx |2008-12-02 06:06:36
"Yo consideraba a Millán un simple curadito"... qué pelmazo es este
tarado de León, y yo que pensaba que este portal tenía plumas de
calidad...
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