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La grande bouffe de Marco Ferrari PDF Imprimir E-Mail

Por VÍCTOR QUEZADA

“Es significativo el silencio del final”.

 Es cierto, mientras los créditos avanzan -la pantalla se vuelve oscura y la sala en la que estamos oscurece más aún- la composición de Philippe Sarde que a lo largo de la película se reiteraba, desaparece y un silencio atenuado solo por el ladrido de los perros que rondan la casa se escucha. Acabamos de ver la película y el profesor nos dice tal cosa mientras alguien se apresura a encender la luz de la sala. En lo que queda de clases, alguno se atreve a abrir la boca. Para mí y Juan es imposible. Esta fue la primera vez que vi La grande bouffe (1973) de Marco Ferreri; la segunda fue con Rodrigo, en la casa de Tucapel; la tercera con Daniela, un mes atrás en esta casa; la última, hoy mismo.

Y ahora pienso que es factible decidir el momento preciso de morir. Recuerdo que alguna vez leí la historia de Dionisio de Heraclea, quien se dejó morir de hambre. Éste, al no poder usar, a causa de la vejez, de una puta que le habían puesto al lado, la devolvió a los comensales citando a Homero: “No puedo tender el arco; que otro lo tome”. Su impotencia era la señal que la naturaleza le había dado para partir de este mundo. Dionisio se suicidó alrededor de los ochenta años, como su maestro Cleantes, como Zenón de Citio, maestro de ambos, todos por el mismo método: la supresión del alimento.
Por el contrario, en La grande bouffe, esta aceptación originariamente estoica de la muerte es invertida, el método para morir que los cuatro amigos (interpretados por Marcello Matroianni, Michel Piccoli, Philippe Noiret y Ugo Tognazzi) escogen es morir hasta ya no poder comer más. Deciden realizar un suicidio gastronómico colectivo.

Esta última cena que los reúne, preñada de pesimismo, abre además el camino a la lujuria, sintetizándose estos dos placeres-pecados en un deseo escatológico donde la boca, el pene y el culo forman el adecuado ensamble al que el hombre se reduce. La escena del diluvio universal de la mierda (como Michel califica la saturación y explosión de las viejas cañerías del baño) nos hace recordar el espacio fascista en Saló de Pasolini y, en la medida en que es una última cena, El Evangelio según San Mateo de este mismo como una tradición del motivo de La Pasión, inaugurada con La pasión de nuestro señor Jesucristo (1905) del francés Ferdinand Zecca y su espectacularizado final con el bueno de Mel Gibson en el año 2004.

Pero este arte de dejarse morir hubiese fracasado de no haber existido un necesario complemento, una sacerdotisa que guíe el tránsito a la muerte. Esta figura mítica la encarna Andréa Ferréol: una gordita y lasciva profesora primaria que casualmente llega a la casona en un paseo escolar para ver el árbol donde entrado el siglo XVII el poeta Boileau se sentaba en busca de inspiración. El tilo está en el patio de la casa, monumento patrimonial desacralizado discursivamente en la película. Andréa es quien uno por uno ayuda a morir a estos cuatro amigos, la encarnación misma de la muerte y, por tanto, representante de la sabiduría de en exceso dejarse morir.

Marcello es un aviador, bello aunque reducido por el deseo incontenible del sexo, no puede dormir sin fornicar, él es quien propone la idea de llevar unas putas a la casa señorial de Philippe. Aquí se juega con el estereotipo de sex symbol que Mastroiani representaba, como se juega con los demás actores en una relación de estricta parodia a la industria cinematográfica. Su muerte se detona cuando no puede cumplir el papel que le cabe como hombre con Andrea; entonces, se va de la casa sin llegar a salir completamente. Muere congelado en el patio, en una noche de nevazón.

Michel es una figura pública, trabaja en la televisión, es fanático de la limpieza y quien representa al sujeto culturalmente comprometido. Tiene, además, varios problemas intestinales y alberga un extraño amor por Marcello. Tras su muerte, muere también pero disfrazado de Marcello a la vez que toca al piano la composición de Sarde y se caga en los pantalones. En su agonía logra llegar al balcón para acabar completamente cagado en el suelo cuando, en el fondo, los perros que sin explicación llegan y se toman el patio de la casa, ladran.

Ugo, famoso cocinero italiano en París, es el único que logra el objetivo de morir comiendo hasta no dar más. Para lo cual, cocina una catedral de diferentes tipos de paté; catedral que Philippe desprecia y de la que Andrea se resta. Sin embargo, ambos le acompañan en su muerte. Recostado sobre la mesa de comedor, Phillipe le da de comer en la boca al tiempo que Andrea lo masturba y Ugo finalmente muere en la cocina. En el plano de fondo, en una habitación refrigerada, los cuerpos inertes de Marcello y Michel miran a través de la ventana el cuerpo muerto de Ugo y Andrea junto a Philippe vuelven sobre sus pasos hacia el dormitorio.

Philippe, diabético y juez. A pesar de ello, a pesar de impartir justicia y ocupar un puesto de poder dentro de la sociedad, ha sido subyugado desde la niñez por su nana, quien emprendiendo constantes actos que ella denomina sacrificios lo violaba para que no la dejara. El infantilismo del juez está representado por la fijación que tiene con las tetas de su vieja nana, con las tetas de Andrea luego. Encuentra la muerte a la mañana siguiente de la muerte de Ugo -sentado bajo el Tilo de Boileau- cuando come el postre en forma de pechos femeninos que Andrea le preparó para ayudarlo también a morir.

Mientras muere, ha llegado otro de los pedidos de carne que se procuraron los cuatro amigos para abastecerse y cumplir su objetivo. Andrea va a recibirlo y cuando uno de los delivery boys le pregunta dónde deja la carne, ella le responde que en el jardín. Sorprendido replica que es una muy buena carne. Andrea desestima su comentario y los hombres, entre risas, van dejando los cuerpos muertos de los animales en el jardín. Los perros ladran, rondan el banquete y la casa. Philippe está muerto bajo el tilo, los demás en la cocina y Andrea desaparece junto a la canción que he estado escuchado para poder escribir esto.
 




Víctor Quezada
Acerca del Autor:

Víctor Quezada. Antofagasta, 1983. Poeta. Licenciado y magistrando en literatura por la Universidad de Chile. Participa como editor y administrador del blog sobre literatura y crítica literaria LA CALLE PASSY 061. En diciembre de 2004 publica su primer libro de poesía titulado 20. Contribuyó en el 6º número de la revista de poesía española La Estafeta del Viento, número dedicado a la poesía chilena. Ha participado de talleres, encuentros y congresos como el taller de poesía Códices, a cargo del poeta y académico Andrés Morales (2004) y el taller de poesía de la Fundación Pablo Neruda (2007). Participó del primer y segundo encuentros de poetas jóvenes Poquita Fe. Santiago (2004 y 2006). También en el Primer Congreso de Poesía Chilena del Siglo XX. Universidad de Chile. Santiago (2006).
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