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Los Juegos mudados PDF Imprimir E-Mail

Emilio Gordillo

Para Víctor Quezada.

Vvms mrdzds.          
Gonzalo Millán.

I

Pegar - pegar es el nombre del juego. O lo era. El juego permanece, el nombre no. Se respiraba miedo. No sabíamos entonces que ese hedor correspondía a tal palabra pues solo inhalábamos miedo. No oíamos. No se sabía.
Se jugaba en la villa El Sendero, comuna de La Florida. Pero no solo ahí sino en toda la comarca, Pegar - pegar, por ese entonces, era un divertimento reproducido sin cesar y de barrio en barrio. El santiaguino de mi edad debe conocerlo, aunque es bastante probable que lo niegue.
Se jugaba.
Sí.
Todos niños. Unos más que otros pero al fin y al cabo niños.

II

¿Éramos nosotros? ¿Pelados y piojosos? ¿Seríamos?

III

Contar cuesta lo mismo que jugar. Ayer y hoy. Vale.
Éramos. Los que jugaban. O lo que nuestros padres nos dejaban ser. Me explico. Ellos nos veían a diario, al menos durante un tiempo fue así, hasta que los premiaron con la benevolencia del trabajo y la confección, lo cual es lo mismo a decir que los convirtieron en mano de obra. Pero baste decir que ellos conocían mejor que nosotros los mecanismos lúdicos de nuestros encuentros. Vista y paciencia. Cobardía también, mucha cobardía, visión y ceguera absoluta, solo así uno puede transformarse en mano de obra, con pleno consentimiento, con vocación de esclavo. Se asomaban a las rejas, sin salir, cuando no tenían trabajo, antes de que subieran los índices cuyas alzas marcaron nuestro abandono a manos de su ocupación. Oteaban a derecha e izquierda dándole un vistazo a la cuadra y se quedaban parados con sus hombros caídos para rondar otra vez con la mirada. Luego juntaban la reja, no sin antes asomarse levemente, husmeando todo el tiempo, desvergonzados todos.
Contar cuesta coraje. Ellos sabían. No tenían coraje. Son doblemente responsables. Yo quiero jugar. No quiero ser como ellos, como nosotros. Repleto de frases cortantes.
Cuesta.
Pero quiero.
Con ustedes.
Cuesta vergüenza, cuesta sangre y desencanto. Y sexo, toneladas aplastantes de sexo. No importa el lugar donde la rata se mueva, el sexo está antes y en todo lugar, es omnipotente y fluido, como los murmullos que ahora escucho y me dictan que no importaba que viviéramos lejos del centro o que corriéramos por calles con luz total durante el día y penumbras amarillas por la noche, nosotros, insisto terco en el plural, sombras oscuras, lo que fuimos y seremos, pero deseosos de jugar, éramos felices dentro de lo posible, y lo posible tenía la forma de un atasco sexual desbordado con la velocidad engañosa con que se expande la sangre del cráneo de un hombre reventado contra el asfalto. La penumbra y la luz. La luz también costaba, sin metáforas. Un paquete de tallarines costaba, fiambres no habían, la mantequilla costaba, un paquete de champiñones no costaba pues no existía, los fiambres sí existían, aunque no lo supimos hasta mucho después. Tal vez sea aquel el problema de hoy, todo está a la mano, nada al alcance del espejismo que es la imaginación. Era el tiempo en que se suponía se estaba a las puertas de la salida de la crisis, o más bien a medio camino por el túnel de la crisis, que es un túnel que conecta con otros túneles de otros túneles comunicados bajo un océano de corrientes laberínticas y terriblemente biológicas. Yo estaba dentro de ese océano, pero feliz, mucho más feliz que hoy, como quien se zambulle por primera vez en el agua y no se imagina lo que le espera al toque del fondo. Alegre, no sé si por ser un niño o porque los pulmones se aplastaban de líquido y hasta el límite con esos desbordes del sexo. Perdón, de los juegos.

IV

Somos lumpen. Somos hijos del narcotráfico en sus variantes más sorprendentes. El contrabando es total.

V

Llegó la señora Raquel con toda su progenie. Ese fue el día en que la Villa El Sendero cambió. Venían en un carretón destartalado y a mal traer, o tal vez aquella mole de frazadas y mueblería en mimbre haya sido simplemente una camioneta con injertos de madera. Con las descargas de los pocos muebles y haberes fueron bajando todos los hijos de la señora Raquel: siete chicos de las más diversas edades. Parecían paridos año por medio. Yo no entendí, aquel día, y viendo desde la distancia de dos casas y por el frente, que ellos eran los primeros, los más novísimos exponentes del futuro. Quién iba a decirlo, entre la basura y la espuma caliginosa de los escupos que se lanzaban unos a otros se ocultaba el futuro, volaba el futuro de la boca a la acera seca y recalentada por el sol y se evaporaba dejando un rastro blanquecino. ¿Quién iba a ver ese rastro más que yo? ¿De que sirve que lo recuerde? Y es que yo podría sentarme a hablarles de la textura de aquella saliva o de los raspones ásperos que dejaba el polvillo del asfalto sobre nuestras manos. Sería perfectamente capaz de detallar calle por calle aquel barrio yermo, describir nuestro primer centro cívico y explicar que se trataba de un mall. Podría nombrar las tiendas de nombres grandilocuentes y delatantes: decir Almacenes París, decir Fallabella, o decir, además, que soy las cosas que nombro. Yo puedo hacerlo, podría seguir en esto y exhibirme hasta el cansancio del cansancio, mostrar mi historia, decir esto soy, heme aquí, señores del jurado y respetable público, les ofrezco mi cabeza.
Mas no lo haré. Yo quiero otra cosa. Nosotros queremos. En mi cabeza. No la cortarán.
Intentaré no volver a desviarme.
Crecimos torcidos.
Nos torcieron.
Cobardes.
Viejos malditos.
Nos impiden hablar, somos como un cementerio absurdo y girado, con cruces bajo tierra y muertos flotando en el aire. No me quiero desviar, vengo chueco, torcido. Ayúdenme.
Hablábamos de la señora Raquel, hablábamos de los juegos, de cómo los perdimos sin tenerlos en verdad.

VI

Sí. La señora Raquel, Raquel de Muñón, si no me equivoco. Llegó con sus hijos el día que cambió todo. Ustedes deberían saber que el mundo no cambia así porque sí, simplemente y de un día al otro. Pero hay signos determinantes, respetable público, y ya les tocará el turno de decidir si mi defensa es o no legítima. Yo soy un signo, yo soy una promesa de futuro, nosotros, te lo digo sobre todo a ti, que me ves con tu gesto curioso y el cuello inclinado, casi fingiéndote fuera de esto que nos determina en mayor o menor grado, te lo digo, aquel fue un principio de la mudanza. Pero prosigo. Hay signos. Uno de ellos fue una copia de la Giocconda. Venía entre los restos miserables de la mueblería raquítica de los Muñón, estamos hablando del año ochentaiocho y de una población marginal de la ciudad. Como podrán visualizar, la pintura aquella brillaba entre los silloncitos de mimbre y los niños mugrientos que comenzaban a descargarla mientras la señora Muñón daba indicaciones a grito y garabato limpio. En la sala de mi casa había una copia exacta de ella, no diré living, yo no pertenezco a ustedes sino a nosotros; la copia venía delimitada en el mismo marco de oro falso, pintarrajeado, se supone, pero, ¿quién podría dudar de su belleza falsa? Yo no puedo. Es decir, yo sé que era horrible, pero en nuestra cabeza, en mí cabeza, no, el cuadro es aquí, en nosotros, una obra bellísima, es también el punto que me permitió conocer el mundo de los Muñón, que por entonces, yo no lo sabía, era conocer el futuro.
Quien se acercó primero a los Muñón, a Felipe para ser más exactos, fue Carlitos, mi vecino de enfrente y que insistía en caminar como un mico mongoloide y mear sobre las piernas de cualquier amigo desprevenido. Puedo verlos girar uno en torno al otro, como en un duelo a cuchillos, no a estoques, esas hojas de fierro con empuñadura provisoria. Mas bien parecía un duelo a la antigua, a cuchillazos, a cortes que son como un destello y que jamás duran más de dos minutos. Eso debe haber durado aquel rodeo entre Carlos y Felipe. No se escupieron. Carlos no desenvainó su verga para mear las piernas del nuevo vecino. En vez de eso, Carlos, más pequeño y de nuestra edad, fue rompiendo el radio que lo separaba de Felipe, quien lo acogió lentamente y en un movimiento que mezclaba el paternalismo con la violencia, un movimiento que Carlitos siempre había conocido muy bien. Le cruzó el brazo por sobre los hombros y entraron  a casa rozando la copia ordinaria de la pintura con los pies negros, dejando una estela de tierra café.

VII

Solo dos minutos. Desearía, señores, que me dieran dos minutos de su tiempo para el siguiente excurso. Personalmente, me parece un dato relevante al caso sobre el cual se lleva causa. Como argumento, me gustaría escudarme en la emisión alfabetizadora tan en boga de los programas jurídicos en la parrilla televisiva y también cierta cultura sedimentada aquí, entre todos nosotros. Perdón, entre ustedes y yo. Una cultura que fue la única cultura que teníamos a mano. Y es más, excelentísimos presentes, era con aquellas palabras que comenzaba nuestro principal cable a tierra cultural. La apertura insuficiente de la cortina daba paso a la musiquita aquella, la del show, siempre entre el  medio día y la hora del almuerzo, ¿se recuerdan?, ¿entonarían conmigo el jingle aquel?: En solo dos minutos / tan solo dos minutos, muy bien, muy bien señor del espejo, usted se ríe, significa que sabe lo que viene, debe saber lo que se viene, ríase no mas, usted podrá cantar / bailar, recitar, ser un cómico o actor, ¿o decía u?, claro, era más bien usted podrá cantar / bailar, recitar, ser un cómico u actor, la u siempre entre todo, entre todos nosotros. Y así iba la letra dictada al son, hasta que se abría la cortina dando a la entrada al coro de la canción de aquella extraña tabla salvavidas con forma de peso muerto de nuestra excelentísima cultura nacional: Cuánto Vale el Show, ¿se acuerdan, señores excelentísimos?, se acuerdan del jurado saludando de uno a uno en el close up de las nostálgicas texturas de aquellas imágenes y justo en el fading de la melodía. Todos sabemos de quienes hablo, cabían todos ahí, desde los izquierdistas ex M.A.P.U. hasta los simpatizantes más desvergonzados del régimen. Dictaminaban sus apreciaciones y se convertían en un tribunal legitimador, tal cual ustedes, yo no, a mi no me interesa. Creo que me he ganado el derecho a mis dos minutos antes de seguir con los detalles troncales de lo que considero más importante en el desarrollo y la explicación de mis conductas, oyentes silenciosos. Dicho excurso corresponde a un pequeño y, tal vez, intrascendente sueño que vino a mí ayer por la noche. En él me veía a mí mismo en compañía de al menos tres desconocidos. Uno iba cubierto con la piel de un cimarrón, el otro vestía una camiseta a rayas con un cocodrilo en el pecho y el tercero caminaba desnudo, como un chimpancé piojoso, y llevaba un tatuaje de la Virgen del Carmen que tenía como fondo un sombrero militar de la Guerra del Pacífico, rojo y azul. Caminábamos por antiguas calles abandonadas, parecíamos unidos por no más que una necesidad del momento, como seres descolocados que se encuentran torpemente y tras una catástrofe nuclear. Era ya avanzada la noche y los primeros rayos oblicuos de un sol que no tarda en asomar por la cordillera rebotaban en el asfalto llenándolo de tonalidades azulinas y opacas. Teníamos miedo. Las calles estaban vacías, daba la impresión de haber sucedido algo cuya información nadie parecía poseer. Se olía miedo, más miedo del común. De pronto reconocí, con esa extrañeza que empequeñece o rota las perspectivas de los ángulos de la niñez y sus lugares, dónde diablos era que estábamos parados. Dije a los demás que había que tomar la misma calle sobre la que íbamos hasta María Elena, luego caminar otro trecho y seguir por Santa Raquel. Todos me hicieron caso, más por miedo que otra cosa.
La atmósfera del barrio parecía sacada de las películas que veíamos en los años de infancia, otro ángulo, excelentísimos presentes, de nuestra cultura, de lo que no quiero ser y de lo que ustedes forman parte. Siendo sincero, cuando logré poseer un videograbador, un VHS, veía hasta tres de estas películas al día. Sagas completas, llenas de héroes amorfos, de asesinos por gusto, de masacres totales, de zombies, muñecos o payasos diabólicos que asolaban las ciudades. Y en cada cuadra había una sucursal. Películas de producción sospechosa y mandadas desde el norte como un misil, hombres que al otro lado del mesón escondían carpetas con carátulas pornográficas y que siempre dirigían sus cuellos hacia un televisor estaqueado sobre lo alto del videoclub, el que yo frecuentaba, de hecho, estaba en María Elena. La atmósfera oscilaba, entonces, entre todas las texturas de estos films, como si Morfeo hubieran metido todas las sagas en una coctelera, un Jason, un Alien, un zombie, una manada de mutantes hambrientos de carne humana, un Los Ángeles postnuclear, un payaso asesino, un espejo que ampara al demonio, una casona de un pueblo perdido de Norteamérica, un vehículo criminal y misógino, gatos que vuelven desde una sepultura, perros rabiosos y rebosantes de químicos prohibidos, debacles, salidas de madre, errores científicos, cálculos, ensayos, coleópteros inmensos, pirañas caníbales, androides mercenarios, espuma radiactiva, extraterrestres suplantadores de cuerpos, pirañas caníbales voladoras, aviones con monstruos royendo sus alerones, intraterrestres devoradores de roedores, cenobitas sadomasoquistas, pirañas caníbales voladoras telépatas, muertos vivos encerrados en un mall, colchones sanguinolentos. Todos los apocalipsis habidos y por haber. La síntesis de nuestra atmósfera agrupaba todas estas tonalidades y más. Esa mañana, mi sueño, era todos aquellos apocalipsis.
Llegamos hasta la entrada de la Villa El Sendero, por Santa Raquel, Lago Chungará se llamaba el pasaje, el sol aún no asomaba entre la cordillera, el azul desgastado nos rodeaba como una nebulosa intemporal y remota, por la calle pasaban microbuses monstruosos, cuatro veces su tamaño normal, roían el pavimento partiéndolo en agujeros lunares. Al otro lado de la calle asomaban los barrotes del portón. Hay que cruzar, me decía el de la camiseta con el cocodrilo. Yo a mi vez le hacía un gesto para que se detuviera inundado en aquella claridad delirante que dan los sueños, los microbuses arrollaban el pavimento como una manada de paquidermos mecánicos y feroces. Sobre el asfalto azulado se veían restos de cuerpos, pozas con trozos de algo desmembrado y espesuras viscosas similares a la sangre, colores violetas emergían desde allí, yo pensaba para mí esto no puede ser sangre, esa masa pegajosa no puede ser sangre. El movimiento se hacía a ratos más veloz por el paso de los vehículos. Abandono es lo que se sentía. Las ganas y la incapacidad certera de ayudar a los demás tipos, al mundo que se había perdido esa mañana que de un momento a otro yo insistía en llamar martes repitiéndome para mis adentros hoy es martes, Víttorio, hoy es martes.
Voy a cruzar, dijo el de la camiseta y se arrojó contra la calle. El simio me veía de reojo gesticulando, tocando mis vestimentas, mi sotana color café. Intermitentemente y tras sacarse los mocos, empezó a saltar en cuatro patas, el de la camiseta se perdía entre la maquinaria, entre la grasa y la sangre y los rugidos y tumbos de las llantas contra el suelo. Dada, gesticulaba sin hablar el mono a mi costado, jalándome la sotana y dirigiendo la pelvis en dirección a la calle. Dado, insistió, y apuntó con el índice a la figura del chico de la camiseta que ya entraba por el portón del Lago Chungará. Volteé hacia atrás y el que traía el cuero de cimarrón sobre la cabeza nos comenzaba a mirar de un modo algo torcido, el mico también lo notó, me dio una última mirada nerviosa y se abalanzó contra el cruce y la mañana lo envolvió como un manto de tonalidades color petróleo. El cimarrón babeó al contacto de su piel contra el acero, el chimpancé no había alcanzado a posar sus cuatro patas sobre el asfalto cuando la carrocería de un bus lo aventó varios metros para luego pasarle por encima, y así, una máquina tras otra, fueron moldeando sus restos viscosos al pavimento agujereado, dejando poco más que una marca pestilente sobre la cual se fueron arremolinando moscas, hormigas y el olfato del cimarrón, quien comenzaba a verme con un gesto parecido al hambre. Entonces desperté, señores de rostro cansado.
Eran solo dos minutos. Ya lo sé. Difícil parece vengarse de la estupidez con lapsos tan cortos. El tiempo ya no nos alcanza. Pero debería recordarles a un hombre de apellido Lira, poeta que vi leer alguna vez en cierto video, llevaba sombrero y se apoyaba contra el mimbre de un sillón en la sala de la casa de Enrique Lihn, también poeta. No me miren con esa cara de pregunta, por favor, si no saben quién es Lihn no es problema mío, los que se joden son ustedes, señores excelentísimos. Pero bueno, no solo en esas imágenes se dejó ver Rodrigo Lira. Un día remoto de mi infancia, mucho antes de la mudanza de los Muñón y saliendo de los setentas, se asomó a Cuánto Vale el Show, como un duende que corre de canal en canal escapando del zapping. Entró en el programita cultural aquel, el del jurado infame – esto no es una argumentación por simetría, mis queridos detestables -, ni más ni menos que el caballero Lira. Cubrió el escenario aquel, tiempo antes de suicidarse en su casa de la Villa Olímpica, por supuesto, y se dejó llevar, o se los llevó a todos, como en un río fantasmal, sumergidos en un parlamento de Otelo. El discurso aquel versaba sobre la venganza, repetía aquella palabra una y otra vez, la venganza, la venganza. Solo dos minutos. No se necesita mucho más a veces para llevarla a cabo, o simplemente para sepultar vergonzosamente a los jueces, a los presentes que, por entonces, le dieron todos los parabienes y máximos puntajes al caballero Lira, premiando su actuación, su performance, sus dos minutos, con un librito de regalo. ¿Y Lira? Lira ahí, disfrutando la venganza. Lira ahí, riéndose en la cara de los infames, estrellando como un tortazo la propia ignorancia culta de los legitimadores que lo alababan por tener el carisma y el buen gusto de representar nada menos que al mismísimo Shakespeare. Dios mío, quién lo iba decir, arrugada Montesin, quién iba a pensarlo, Erich “M.A.P.U.” Polmancker, quién diría, Lafourqué de los libritos. Cómo se habrá reído don Lira, de ustedes, de mí, de nuestro futuro. Cuán poco, o qué tanto lo habrá satisfecho la performance. Nunca lo sabremos, excelentísimos, es así, hay zonas de los hombres a las que jamás tendrán acceso, para comprenderlo sólo debéis mirarme, fraudulentos gerentes de la nada. Hay una zona de mí que jamás doblegarán a menos que la deseen tal cual lo hago yo, todos los que seremos presentes sabemos que es aquello lo que nos reúne, su incapacidad y mis deseos. No basta nada más.

VIII

Pero falta poco para llegar, así que debemos apegarnos a los hechos pues no hay finalidad más austera y ridícula que la de este discurso pretendido una infantilidad molesta, rayana en lo innecesario. Yo me cuido, es por ello que debemos dar curso a los hechos más que a los sueños. Ustedes. Ellos. Yo no, yo me cuido, yo divago, yo detallo, sobre todo mientras me quede el tiempo, viéndolos, ya desde aquí, a media marcha y entre estos carritos multicolores que bullen por doquier, llenos de baratijas chinas, rondados todos por lo que, en síntesis, no podríamos revocar. Yo mismo soy rondado, me siento en un atochamiento y espero a que los sucesos avancen junto con el tráfico desmedido. Y veo a estas gentes pulular y algo en mi alcanza a ser cómplice de su belleza. Ellos. No ustedes. Pero lo concreto, el hecho, quiero decir, es que el juego se llamaba Pegar – pegar, y el juego se conserva, pero el nombre no. El nombre puede ser hoy la imagen desmembrada de la pornografía al amparo de cada computador en cada hogar chileno, sitio oscuro y depositado bajo el párpado más ojeroso que cada familia ha sabido conservar cerrado y vuelto hacia adentro a fin de no romper la tradición evolutiva de la cámara oscura. El nombre del juego, su mutación, también podría caber entre los cargos de los que se me acusa, perfectamente, sus excelentísimos, es lo que les competerá en lo sucesivo, a usted también, usted, cuyos ojos me ven con desasosiego, probablemente piense que estoy loco, que qué hago sentado aquí dibujando palabritas raras de artista por el aire de su espacio cotidiano, usted, representante del pueblo y gozador de programas estelares, me gustaría hacerle saber quién soy, de dónde vengo, qué es lo que me ha formado, qué es esta mancha salobre que cargo y usted me devuelve con la acidez de su mirada volteada en el espejo y repleta de desconfianza. Pues bien, el juego, nuestro juego, se llamaba Pegar – pegar, y como todos los juegos que revolucionaron nuestro barrio, fue traído, entre muchos, incluidos juegos de dados o cartas, por los chicos de la familia Muñón, sobre todo por Felipe, un poco mayor que todos nosotros. Pero, señores, si hubiese que ajustarse a las acciones, no a las mías por supuesto, no por las que se me juzgará sino por las que intento explicar mis actos, tendría que mencionar el juego previo a Pegar – pegar, tendría que mencionar el primero de los juegos viciados de los que fuimos partícipes, es decir, tendría que decir Comandos.

IX

Me dirijo a ustedes. O más bien, me dirijo hacia ustedes.
No les mentiré. Voy a estrellarme contra ustedes apenas me anime a tirar de aquí al representante del pueblo, al de los ojos en el espejo.
Quienes vengan tras de mi los pulverizarán. Se les importará una nada. Ni siquiera tendrán esta deferencia mía de querer hablarle al aire.

X

Comandos duró poco tiempo. Fue un juego que no halló consonancia en nosotros - no en ustedes -, que por entonces éramos más bien buenos, niños piadosos, testigos de un silencio rodado de día en día y volcado en los movimientos deseosos de cada ojo tiritón de nuestros progenitores. Éramos buenos e ingenuos. Es por ello que no pudimos con Comandos, juego demasiado simple y brutal en el que cada chico formaba parte de uno de los dos bandos en disputa. El juego, en resumen, no consistía en nada más que secuestrar al enemigo y castigarlo en soledad hasta que el grupo contrario llegara a rescatar a los prisioneros, momento en que se producía el efecto inverso, y así sucesivamente. Podía durar atardeceres completos, noches enteras.
Felipe fue nuestro maestro, nuestro ángel castigador. Yo mismo no he podido abandonar, a regañadientes, ciertos ángulos de su doctrina secreta. Ante ustedes no tendría que estar de no haber visto a Felipe dando sus exhibiciones, de pie y frente a nosotros que lo mirábamos llenos de un asombro circular y completo, sentados en la cuneta y a la sombra escasa de un árbol a mal traer. Como en una varieté, Felipe nos presentaba a su hermano menor, mi modelo, decía, y se apresuraba en dar curso a la clase, regalándonos toda su metodología, él entonces ni siquiera debe haber pensado que de eso se trataba, de un método y de su transmisión, del cómo golpear, del con qué nudillo, del en qué postura, del con qué equilibrio, y en ese caso en especial, del cómo se giraba una muñeca hasta llevarla al borde del dolor y la fractura. Luego, sobre esa misma demostración y sobre el cuerpo retorcido y casi dislocado de su hermano, decía así tienen que secuestrar al enemigo, neutralizándolo, lo toman del cuello, le aprietan un poco más la muñeca y lo echan al cuartel, eso sí, la tortura solo puede ser hasta cuando lo rescaten, se habla con el guardia y con el encargado de extraer la información, solo ahí empieza la verdadera tortura. Ah, decía Felipe, y no vale tirar el pelo, eso es de maricones.
Fueron los primeros descubrimientos de aquella violencia urgente, acurrucada y dormida en cada uno de nosotros. Violencia que mutó junto con Felipe y sus invenciones, violencia que abrió, como una llave y un cerrojo, o como sus manos y la muñeca de su hermano menor, las puertas de juegos más placenteros pero no menos violentos.
Felipe soltó a Javito, su hermano menor, un chico con facciones de roedor. Ándate para la casa, le dijo, sino te voy a seguir usando. Javito, lleno de tierra y moquillento, lloroso y colorado de la vergüenza o de la rabia, se sentó en la cuneta junto a todos nosotros, sin decir nada, sin hacer caso. Felipe fue rodeando lentamente a su hermano sin escándalo o maledicencia pero envuelto en un gesto burlón, un gesto lleno de sorna. Entonces, precisamente cuando todos pensamos saber qué es lo que seguía, Javito, su cuerpo de roedor esquelético, se azotó contra la acera en un sonido hueco, un ruido grave y vacío que no encajaba con sus dimensiones. Fue un patadón contra su espalda encorvada, la cabeza se le incrustó en el cemento. El mismo Felipe levantó a su hermano, pequeño y avergonzado, lleno de una rabia rastrera e insuficiente pero ya encaminada, y se lo fue llevando rumbo a casa mientras Javito se dejaba reteniendo el llanto. Algunos se rieron, pero siempre bajito, siempre con la burla oculta y no por delante, una burla vertiginosa emplazada entre el ano y los testículos.
Ya habíamos entrado en vereda.

XI

La cuneta es una cuna dura y fija.
Secante. Fértil en horrores.

XII

Bájate mierda. Que ni se te ocurra mover la mano, representante del pueblo.

XIII

Y ahora sí, al mando, aunque sea solo durante estos minutos contados a punta de reloj y previos a nuestro encuentro, señores del jurado que los veo aparecer en el horizonte, proseguiré a dar testimonio del juego al cual quería llegar. Pegar – pegar se llamaba, y su nombre no se conserva pero existirá latamente, incluso después de mí, después de nuestra colisión.
El único que conocía las reglas de Pegar – pegar era Felipe, dictaba la pauta y los ritmos, por ende era El Palo. El opuesto de El Palo, es decir, de quien regía, llevaba por nombre El Elegido, y era el  dulce depositario del yugo.
El Elegido debía agachar su cabeza formando una L y apoyarla en la entrepierna de El Palo, quien, a su vez, aplastaba su espalda contra un inmenso poste de luz, un bloque de cemento y polvillo que se alzaba como en el gesto del arúspice. Dándonos el trasero a todos, la espalda del Elegido estaba ya en manos de Felipe, también en su entrepierna sacerdotal, el resto que siempre hemos sido, los rodeaba como en una misa negra.
Al pegar – pegar, seguir pegando, ¡no pegar!, cantaba Felipe y nosotros uniéndonos en un murmullo coral que nos aconchaba restos de espuma en las comisuras de los labios. Al pegar – pegar, seguir pegando, ¡no pegar! Y ay del que pegara al no pegar, ay de quién no detuviera aquel cántico ligero pues le esperaba la humillación de la entrepierna, la exposición del trasero, los empellones, las caderas, nuestra saliva y nuestras manos pegajosas. Y, principalmente, los castigos ambivalentes, el miedo ante lo que jamás se logra ver venir.
Este cántico inicial era solo el pretexto para entrar en un gran juego de posibilidades que ocultaba todo un ars combintoria y que, entre juego y juego, sumaba nuevas variaciones de tonalidad, lo cual lo asemejaba mucho a la transmisión del conocimiento en las culturas orales. ¿Saben, excelentísimos, qué es una cultura oral? ¿Escuchan venir nuestros murmullos?  Porque ya somos. La ineptitud de los mayores, de nuestros padres asomados a la calle donde jugábamos, su inopia y su silencio, se han convertido en nuestro poder. Los más jóvenes, a su vez, han heredado de nosotros la levedad, la incapacidad de hacernos cargo. Hoy fabrican orgías después de las clases, enroscados en el salón de sus casas – no diré en el living, sus excelencias, yo he zafado en mayor o menor grado, yo peleo por no ser su lenguaje -. Mañana los más pequeños se embarcarán, repletos de tedio, en las arcas de los clubes de suicidio cuyas convocatorias circulan ya por las pantallas que ustedes mismos utilizan a diario para leer las noticias asquerosas dictadas por los dos grupos económicos que regulan nuestra verdad. La suya, no la nuestra. ¿Escuchan el murmullo? ¿Los grupos económicos escuchan murmullos? No. Los grupos económicos solo oyen sonidos chirriantes y de trazo grueso, tintineos como explosiones es lo que oyen.
En todo el ars combinatoria del Pegar – pegar, hoy, recuerdo algunos nombres. Linterna Verde. Recuerdo un rayo de luz imaginario que pasaba a ras de suelo y que debíamos evitar subiendo a la primer altura que encontráramos. Guanaco sale de paseo, donde el Elegido emulaba un carro lanza aguas escupiendo a diestra y siniestra al resto de los participantes, quien recibía el primer escupo tomaba el lugar del Elegido. Monitos cagando en misa era el nombre de otro en el cual, al toque de esta frase con el aire, todos tenían treinta segundos para encontrar un palito, cruzárselo en la boca y acuclillarse pasando los antebrazos por los pliegues tras las rodillas, para así, mudos y en genuflexión, aguantar, soportar, resistir el propio peso durante el conteo y la revisión de tropas a cargo del Palo y el Elegido.
La verdad es que los juegos olían a milico, a secreto de archivo, al retozar cómplice que existe entre las cuatro paredes de los cuarteles, a milicia bien verde y bien homosexual. También olían a roce y represión, pero sobre todo, a una creatividad trastornada y babosa. El silencio forzado empuja a la creatividad hacía un abismo en el que se mezclan rocas filosas con un mar de espumas suaves.
Si los juegos venían desde donde los delataba su pestilencia, si su genealogía decantaba en nosotros, y aquí sí, también en ustedes, mi pregunta es la siguiente, dócil y ausente jurado, ¿cómo llegaron hasta nosotros, niñitos lejanos y sin memoria, sin centro, sin Santiago, sin contacto, sin militares a la vista? Escuchen el murmullo que por entonces yo no codificaba tras las figuras sombrías cernidas sobre los consejos de nuestros padres ausentes y madres solteras, mensajes bajo sus mijito hable bajito, mijito no diga esas cosas, mijito éntrese temprano, mijito no diga garabatos, mijito.
     Decir la T.V. suene quizá a exageración. Las excelsas paradas militares de esos fines de semana tan tristes, tan grises, vacíos largos capeados al amparo de algún cuarto de una playa nublada del litoral central, la familia encerrada y contemplando la naturaleza desde el anverso de una ventana. O tal vez el desborde de guerreros en pantalla: dibujos animados de Rambo, films de Rambo I, II y III, los dobles de Rambo en el mediodía de cada hogar de cada familia chilena que sorbiendo sopas instantáneas y abstraída en el programa Éxito lo ven hacer una pirueta más bien imbécil. El doble de Rambo saltando desde la cima de una fuente de agua en una calle del centro de Santiago, una fuente de agua que ya no existe y en cuyo diseño se dejaban ver, bajo el frescor cristalino que las cubría, tímidas huellas de piececitos como hormas de cemento. El doble, o el triple, o el cuádruplo, el quíntuplo de Rambo, recibiendo un libro de manos de Lafourqué en Cuánto Vale el Show.
Yo no sé.
Lo que sí sé, lo único sobre lo cuál puedo versarme, guarda relación con el deseo por el que se me acusa, deseo que también se halla en algún rincón de sus cuerpos amorfos y que a mi me parece directamente ligado a una de las variaciones del ars combinatoria, aquel juego llevaba por nombre El Flipper.
Flipper para nosotros era la traducción de las máquinas de pinball que solíamos hallar en los antros de juegos electrónicos, salones llenos de humo y niños sin dinero que dedicaban su día a mirar las aventuras de un personaje pixelado que, a fuerza de la miseria, no era posible comandar. Si hoy, y en el marco de nuestros juegos, tuviera que jugar al Flipper, es seguro que perdería. No recuerdo las fases. Mi cabeza estaría apoyada nuevamente entre el bulto tibio de Felipe, paquete que mutaba junto con el país, y juegos que se transformaban al son de los cambios impuestos por Felipe.
Déjenme recapitular.
Se entraba imaginariamente al local donde se hallaba el flipper, un espacio abierto que podía estar en plena calle o sobre las piedrecillas de las torres - baldío por el cual pasaban hileras infinitas de torres de alta tensión que, según los chismes, dejaban tonta a la gente que viviera en su radio de alcance-. Se saludaba al dueño del bien, Felipe, siempre moreno, risueño y muy sucio. Se le compraba la ficha con una moneda imaginaria y Felipe entregaba la fichita, también imaginaria, con una sonrisa cómplice, casi pícara. Imaginariamente, entonces, miopes del jurado, se detienen ustedes, usted, nosotros, a mirar, no sin algo de orgullo solapado, el trasero parado del Elegido, generalmente flaco y huesudo bajo la envoltura musgo del cotelé gastado, del corduroy que desprende la levedad de un polvillo gris. Hasta que llega el momento de echar la ficha imaginaria en el trasero famélico, y en exceso real, del amigo Elegido, y de un palmazo, seco y firme como la caída de un pesado cojín, ustedes, nosotros cien mil diabólicas veces, empujan, empujamos, la ficha culo adentro y casi siempre dentro de la ranura imaginaria de la nalga derecha, eso, obviamente, a menos que sea zurdo, pero en este tiempo aquellos ejemplares son más bien escasos, y si los hay, nadie en verdad quiere saberlo. Y así se van preparando para el clímax mientas todo el resto, los niños babosos que observan como en un anfiteatro de la masturbación en trance, se van tocando ciertas zonas corporales compenetrados con gestos similares a los provocados por la urticaria. Ya está todo preparado y servido, el mundo de entonces es tibiamente iluminado por una claridad serena e incolora que todo lo inunda. La luz inunda nuestras manos bien agarradas a las caderas del Elegido, su cara vista al suelo también se anega, su cabeza presta al golpe contra el poste, sus dientes apretados son una gran casa que arde, un manicomio con locos en el patio. Saltamos. Somos un furor en aquella misa en que usted, nosotros y ustedes, damos el empellón contra el trasero escuálido del Elegido. El Flipper, el recibo gozoso por nuestros juegos imaginarios es lo que nos reúne. Solo daremos espolonazos fugaces, querremos refregarnos interminablemente, pero solo bastarán aquellos tres punteos, aquellos tres pinchazos, para sentir el deseo exudado de cada cual y a los que como consumidores imaginarios tendremos derecho. Carne estrecha. Hueso rompiente. El Elegido. Ya nos tocará el turno, a ustedes, a mi, a los que vendrán, a los chiquitos que por la noche me verán en el noticiario de las nueve. Cada uno se refregará en el trasero del Elegido por espirales y espirales de tiempo y espacio, pero es solo el juego el que se conserva, para los nombres no hay espacio.

XIV

Yo compro.
Tú compras.
Él compra.
Nosotros compramos.

XV

Los veo verme venir, aunque las vidrieras abismantes de su nuevo edificio impidan que entre en ustedes, que los llegue siquiera a tocar con la masa de mi voz o con la máquina que dirijo. Mi nombre es Vittorio Argomedo de las Casas y querrían juzgarme por supuesta pedofilia. Mi amor es como una mordaza. Inútil es que intente explicarles en qué consiste verdaderamente mi proyecto, a su tiempo lo entenderán, mi fin, aunque les suene una locura, es estrictamente ético.
He debido bajar al representante del pueblo, el taxista que me garabateaba envuelto en el ruido ensordecedor del barrio Franklin, hace unas pocas cuadras. Se debe haber creído que yo era un trastornado o algo peor. ¿Qué se puede hacer? Lo primero que hubiese pedido para mí es castración o pena de muerte, a nadie le importa verdaderamente el fondo del asunto, a nadie le interesa votar por su propia responsabilidad.
Qué raro era ver su edificio desde ahí, desde las baratijas y los saldos chinos del barrio Franklin, los nuevos tribunales de justicia, sobre el horizonte y a un costado de la autopista, parecían un gran elefante de cristal, mi abuelo alguna vez me contó que justo en ese lugar, alguna vez, en el estallido de la dictadura, volaban balazos desde distancias que abarcaban cuadras, me mostraba incluso, mi abuelo, los agujeros de los muros. Y ahora los flamantes tribunales de justicia ocupan esos espacios que alguna vez fueron de la maestranza de armas del ejército. Qué raro era imaginarlos a ustedes encerrados al otro lado de aquellos vidrios polarizados, qué raro el contraste de las bandas colorinches, de las bacinicas colgadas en las vitrinas, de la basura diaria de las calles y los juguetes taiwaneses frente al elefante de cristal en el horizonte. Mientras conducía no pude alejar de mí otra imagen sobrepuesta: el resultado más actual de la casa de los Muñón, en la villa El Sendero, un bloque de dos casas pareadas sobre cuyo segundo piso se extendía un balcón colonial forjado en madera, estilo en boga en casas de narcotraficantes de los barrios donde de pequeño viví. Ambos bloques, el elefante de cristal y la casa de los Muñón, guardaban un correspondencia secreta en mis ideas, trama que aún no alcanzo a descifrar del todo, pero que quedará en quienes alcancen a recibir, al menos, el sesgo de mi acto. No faltará alguien, señores del jurado, ya entramos, y ahora sí puedo decir todos, puedo decir nosotros, ya entramos todos en vereda. No faltará quien descubra mi mensaje entre las líneas catódicas de la televisión, hoy por la noche, no necesito más que esos pocos segundos para entrar en alguien más, o en quien lea el periódico y sus mentiras diarias, pedófilo cobarde no soportó la vergüenza y se estrelló contra edificio, será la probable constante en todos esos discursos. Pero yo tengo fe. Y lo que es más importante, ineptos desconocidos del jurado y señores ausentes, tengo un plan que está a punto de encontrar su trama.

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Anónimo   |201.240.126.xxx |2009-05-11 16:56:46
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