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Sobre los ojos PDF Imprimir E-Mail

Víctor Quezada

    Una vez entrada la noche ocurre que los ojos se acostumbran a la oscuridad y logran ver lo que no deja el cansancio de la luz. La pupila se dilata y consigue divisar los contrastes distinguiendo aquellos segmentos más claros en las murallas u oscuros, ver por ejemplo los cuadros colgados en la pared que da hacia la calle, donde el celeste de los muros dibuja nítidamente ahora, cuando la noche ha avanzado tanto, el rectángulo que los forma; rectángulo descompuesto en otras tres figuras rectangulares, colocadas a la misma distancia una de otra. Dos líneas horizontales y seis verticales, paralelas, inacabables, superando la dimensión del edificio, del país y del mundo, pero, asimismo, abarcadas en un rectángulo de treinta centímetros de ancho y ochenta de largo, apenas dos mil cuatrocientos centímetros cuadrados. Y en medio, los seiscientos centímetros cuadrados del espejo, como el centro de una red imaginaria donde el ojo ha sido atrapado y se agiganta enrojecido por la fuerza que ha desplegado hasta acostumbrarse a la oscuridad, emblanqueciéndose sobre el iris, rodeado por una aureola negra que se degrada y transforma hasta el café, terminando en la pupila, un punto negro de nuevo, matizado todo por pequeñas venas transparentes y el brillo acuoso de su hidratación. La forma del ojo es almendrada, un poco corva hacia el lagrimal, que dibuja una pequeña elipse en virtud del encuentro con el párpado inferior; pero si lo pensamos bien, la forma del ojo es más parecida a la imagen que tenemos en la mente del contorno de la hoja de un árbol cualquiera. Los párpados se juntan en el lado opuesto en una punta filosa, como la de una cuchilla, que se inclina un tanto hacia arriba, aunque el conjunto del ojo, sumadas las ojeras, se vea más bien decaído, anciano. A partir de aquel punto aguzado, aparecen ramificaciones que siguen el mismo sentido que las venas en la retina. Fuera del ojo, quedan marcadas apenas cuando éste no está cerrado o entornado, pero si los músculos que ayudan al movimiento de los párpados se accionaran, estas ramificaciones se convertirían en surcos, notorias líneas en forma de raíces. Sus pestañas lucen a veces enredadas, pero en general bajo una uniformidad aceptable, la piel de los párpados, como la retina y las líneas que se extienden hacia la sien, muestra la misma estructura en sus venas, a las que si nos acercamos un poco pueden verse con un tono rojizo bastante sorprendente, para no estar acostumbrados a mirar las cosas de forma tan detenida . Ahora, si seguimos mirando y con mayor atención aún, podemos reconocer las figuras que el ojo ve y están siendo reflejadas en su iris; una luz diminuta se nota del centro hacia arriba de éste, e inmediatamente hacia abajo, dos pequeñas figuras humanas sobre una embarcación, una góndola quizás; en el fondo, por la línea del horizonte, edificios que marcan la presencia de una ciudad erigida sobre las aguas. Las figuras humanas parecen ser la de una mujer y un hombre que va remando. La pierna izquierda del remero, o derecha realmente, reconociendo el efecto del reflejo en el ojo, que invierte la imagen, está apenas flexionada, un poco más adelante que la otra que sostiene la mayor parte del peso de su cuerpo, encontradas ambas piernas en la cadera, rígida, que asciende por el torso inclinado hacia atrás, formando un cauce entre los hombros hasta la parte baja de la espalda, seccionándose para poder encontrar la madera, separados ambos pies por unos treinta centímetros desde la punta del dedo más grande del pie izquierdo hacia el talón del derecho. Y el cuello, en un trazo inconcluso se proyecta al cielo, porque la nuca del remero da inicio a la mollera y continúa con la frente que mira en cuarenta y cinco grados, tomando como referencia la línea que podemos imaginar dibujan los extremos más altos de la góndola, paralela al horizonte. Sus brazos se notan firmes, en dos ángulos rectos recostados sobre la línea horizontal imaginada en la góndola, sosteniendo el largo remo que cambia su color más o menos en el segmento que serviría de cotejo entre la altura del hombre y la dimensión completa del remo. A partir de allí, se oscurece, humedecido por las aguas que saltan al contacto con la madera y el movimiento de todo el cuerpo del remero para impulsar la góndola y llevar así a la mujer que sentada pareciera querer alcanzar una canasta, tal vez medio metro más adelante; usa un sombrero de un color blanco grisáceo, pero ahora, aquello que parecía una canasta, no es tal, sino, increíblemente, una persona muy pequeña, vestida con ropa de tonos oscuros y una manta negra sobre su cabeza, aun otro hombre, por la parte delantera de la góndola, va sentado; tan sólo la mitad de su tronco se nota, la cabeza está a la altura de la rodilla doblada del remero que quieto se ve, hacia la popa, parado. Los pasajeros no parecen establecer un vínculo mayor entre ellos, el remero tan solo atiende a su trabajo y el hombre sentado en el otro extremo, mira hacia delante, con uno de sus codos apoyado en el costado derecho de la embarcación, dando la espalda a las demás personas. La mujer vestida de blanco, con uno de sus brazos hacia delante, pareciera estar conversando con quien viste ropas oscuras, pero esta última no la mira, quizás mira al remero o tan sólo el paisaje, cuestión mucho más verosímil tomando en cuenta la inclinación de su cabeza y la altura a la que el remero se erige, los ojos de la segunda mujer darían con la cintura del hombre; detrás de él, edificios de arquitectura antigua abarcarían su mirada. Ahora, la que viste de blanco, no está conversando con nadie, quiere atajar, con su brazo extendido, algo así como un bolso; una pequeña mancha colorada o marrón nos da cuenta de la existencia de un objeto puesto justo al lado de la otra mujer. Yendo al fondo, por la cabeza de esta última, otra embarcación de iguales características se nota, dos sombras que asemejan la figura humana están paradas sobre ella, una más inclinada que la otra. La poca atención en la mirada tentaría a los incautos a decir que la mancha negra justo abajo de la embarcación detrás de la cabeza de la mujer que mira el paisaje, es su propio reflejo, pero esto es mentira, puesto que no correspondería a la figura un poco difusa del navío, es más bien, una tercera góndola que se desplaza en dirección contraria, el retrato enérgico de un hombre moviendo todo su cuerpo lo confirma, a pesar del tono difuso de la imagen en ese lugar, donde el reflejo de los edificios, que se ven a la izquierda hasta lo que da la vista, se muestra en el agua. A este mismo lado, mucho más cerca de la primera góndola, otra se acerca a un atracadero, un hombre tiene la misma postura que el remero de aquella, solamente la inclinación del navío, y por lo tanto, de él mismo, es diferente, la mitad de su espalda se hace notar; el estilo de la vestimenta es idéntico al del primer remero, únicamente el color es el que varía. Hacia la izquierda de este hombre, una mujer o niño da el revés ocultando su cabeza que está fuera de la góndola, quizás esté así a causa de un mareo, aseveración cuestionable, porque si es habitante del lugar debiera ya estar acostumbrado a los movimientos de la marea; tal vez sea un visitante, pero, siendo niño, no permanecería solo con un hombre extraño. Quizás, hijo del remero, únicamente mira su reflejo en el agua, su rostro dulce aún, los ojos, intentando verse en ellos, el reflejo del agua en sus pupilas, riendo, confiado en conseguirlo muy a pesar de saber las fluctuaciones de la marea y el movimiento de la góndola. Más o menos a la misma altura, pero a la izquierda, unos dos metros más al fondo, otra embarcación aparece, esta vez es una de mayores proporciones, quizás una pequeña goleta. Una vela blanca se nota aún por desplegar si es que los tripulantes se aprestan a zarpar o tendida si han llegado a puerto, un gran mástil en su último tercio se eleva hacia la altura de los edificios. Lleva unos bastimentos de seguro o, en el segundo caso, alguna especie de mercancía por entregar. La línea de los edificios que roza el agua se extiende cerrándose hasta el horizonte y corta sobre ella el mástil del barquezuelo, indicándonos que aquel creído a primeras es sólo la gruesa sombra recta entre dos edificios muy altos, justo detrás de la embarcación. La sombra, reflejada en el agua, atraviesa el barco y se pierde en lo que el ojo no alcanza a reflejar, afuera, donde la noche ha repasado su medianía por un largo trecho, a pesar de que el cielo permanece celeste y nubes algo borroneadas pero muy blancas en los segmentos donde alcanzan mayor forma, señalan que el día recién ha pasado de las dos o tres de la tarde. En el extremo inferior izquierdo, un triángulo medianamente irregular comienza a aparecer, lentamente, a medida que trasladamos la mirada hacia allá: sus movimientos deben ser calmos y aletargados, como los de una embarcación que se deja, tomando ésta, el curso que la corriente le indica. Si comparamos esta figura con alguna sección de otra de las góndolas, podemos afirmar que es un navío de las mismas características, acercándose, o alejándose, a la primera descrita; su color oscuro nos ayuda a reafirmar la idea. No podemos, sin embargo, saber si está siendo dirigida por algún hombre o viaja a la deriva. Cabe la posibilidad de que sea también una mancha en el cristalino del ojo, alguna especie de enfermedad. Pero también puede ser atribuida al color que va tomando la noche, junto a la luna que ya se posiciona en la parte noroeste del cielo e influye en la percepción que tenemos de la imagen reflejada en el ojo, penetrando en la habitación a través de un rayo preciso y definido, con claridad iluminando la cara que da a la pared de los cuerpos yacentes en la habitación: una pareja recostada en la cama, dormida, una niña sonriente que mira al suelo tal vez ruborizada, restregando la parte delantera de la suela de su zapato en el piso, haciendo a la rodilla bambolear junto al talón, a un mismo ritmo. El cabello, con un tanto de retraso sigue un idéntico movimiento, y, por último, un segundo niño sentado en una pequeña silla al lado de la que debe ser su hermana mayor; éste sólo mira con una expresión perdida a la luna, el rayo de ésta ilumina con exactitud la mitad de su rostro, estableciendo una línea divisoria en la totalidad del cuerpo, su brazo izquierdo no se ve, escondido entre las sombras. Ahora, otro adulto se levanta de una silla y abre la puerta de la habitación, la que da inicio a un pasillo más o menos largo. Desde allí se puede llegar a la cocina y al baño que son dos habitaciones, una al lado de la otra, que se encuentran hacia la derecha en el fondo del pasillo. Éste termina en una escalera descendiente, más abajo hay marcada en la pared la existencia de una puerta que ya no está, se nota claramente la figura rectangular, más oscura, donde ha sido necesario utilizar mucho más cemento para afirmar esa pared recompuesta. Al final de la escalera una puerta marca la salida del edificio. En medio del pasillo, a la izquierda, podemos ver la pared recién pintada, imponente y de un liso que sorprende, tal vez es la pared mejor hecha de toda esta casa, su nivel es perfecto y no admite ningún tipo de porosidad al contacto. La alfombra que cubre el suelo del pasillo es de un color impreciso. Su pared derecha fue construida de madera hasta llegar a la entrada de la cocina y el baño, desde allí se convierte en una firme pared de concreto pintada de damasco. Para abrir la puerta de la cocina se debe tomar la manilla y girar a la vez que levantarla, pues está un poco fuera de quicio. Sus goznes oxidados y el sonido que producen retumban en todo el segundo piso y de noche, la totalidad de la casa puede saber a través del ruido que alguien está entrando en la cocina. El hombre entonces, debió haberla levantado para abrir, tentando entre las paredes, tropezando con los muebles y cayendo al suelo. Una gran exclamación de dolor ha sido escuchada y retumba en todo el lugar, la oscuridad en la cocina es total y suponemos que por ninguna parte la luz puede entrar a aquel recinto, confundiéndose el sonido con los miles de ecos que produce su arquitectura, engañando así al oído, haciendo parecer que es la casa entera quien grita, o que todas las personas que la habitan, desde cada una de las habitaciones, gritaran al mismo tiempo, en un estruendo general. El tipo intenta pararse de inmediato del suelo de la cocina y al hacerlo, su cabeza debió haber chocado con uno de los ángulos de un mueble. De seguro lleva en seguida su mano hacia la nuca para palparse. Se siente ahora una sucesión de pequeños ruidos que indican que con mucho cuidado el hombre se ha puesto de pie, su silueta se hace notar únicamente por el tono más claro de su vestimenta, casi como un fantasma se mueve por el cuarto, tentando en las paredes y en todas aquellas superficies que encuentra, el sonido de la palma cayendo delicadamente sobre un mueble, o cuando ésta se desliza por la pared, llena aquella oscuridad mucho más profunda que la de la habitación donde permanecía. Entonces un silencio rotundo se siente, y la silueta se ha quedado quieta, como pasmada, en medio de la cocina. Lo más probable es que espere a que sus ojos se acostumbren a la oscuridad para poder continuar con su tarea. El quejido de una cañería o un trinar extraño de pájaro, ruido no perfectamente identificable -pareciera venir desde fuera de la casa- interrumpe aquella paz y el contacto de unas suelas en el piso comienza a la vez que vuelven las palmas a palpar. La iluminación del lugar progresivamente cambia, tal vez sean los ojos ya mejor acostumbrados a la falta de luz o que la luna desciende para dar paso al crepúsculo. Ya sus hombros son perfectamente identificables y las líneas que se buscan hacia el cuello y la cabeza, así como el movimiento precavido de los brazos y las piernas, junto al ruido que producen, dando una mejor impresión de lo que el hombre busca en la cocina. Toma entonces una pequeña caja rectangular, de unos tres centímetros de ancho y quizás el doble de largo, la cuestión es que ésta cabe perfectamente en su mano cerrada. Ahora, toda la cocina, cada uno de sus muebles, se puede ver, casi con perfección. Justo en la entrada -y debe ser, de seguro, ese el mueble con el que se golpeó la cabeza al tratar de levantarse- hay una repisa donde se guardan algunos platos y ollas, además de unos vasos recién lavados, luego está la despensa y en frente, el lavaplatos reluciente, las paredes que fueron pintadas de un blanco impecable. En un mueble justo arriba del lavaplatos los condimentos se guardan junto a otros aliños, como la sal y el azúcar, en receptáculos idénticos, muy bien ordenados, cada uno con un papel pegado en medio que indica su contenido. La despensa fue puesta en la pared sur de la cocina, al lado del lavaplatos, en su esquina inferior izquierda hay un basurero repleto, incluso, la basura lo desborda y cae al suelo; todo lo demás dentro de la cocina da un aspecto de limpieza. El hombre, entonces, camina con mayor seguridad, palpándose la nuca y parando de repente, justo al llegar a la puerta, para volverse hacia la despensa y dejar la cajita en su lugar. Al salir de la cocina se da cuenta que la luz ya ilumina todo el pasillo hasta la habitación donde estaba. Emprende el camino de vuelta con dejación, un poco cansado. Pero claro, todo lo anterior es un supuesto. Solamente sabemos que al volver a abrir la puerta de la pieza, un golpe de luz, mucho mayor, monstruoso le llega directo a los ojos, cuestión que lo hace bajar la cabeza y restregárselos con el envés de la mano, derrotado. Cerrándola camina por el sitio a tientas hasta llegar a la ventana que aún permanece abierta. Sus ojos todavía no pueden ver claramente las siluetas, una emanación de luz parece brotar de cada cosa, el mismo cielo es una masa horrenda y luminosa que molesta a sus ojos.
Los mantuvo cerrados así unos minutos, abriéndolos de vez en cuando, y mediante este ejercicio pudo mirar directamente, distinguiendo luego las sombras que ayudan a definir el paisaje, los techados, los balcones, las ventanas. La calle estaba desolada, una brisa fresca, rasante, hacía que los papeles en el asfalto giraran transportados por el viento, las casas de en frente no daban muestras de actividad alguna, era quizás demasiado temprano, sin embargo, el sonido de unos autos en la lejanía se escuchaba, al tiempo que una ventana, situada más o menos a la misma altura, en otra casa, se abría y un anciano lo miraba por unos segundos luego yéndose al interior, desapareciendo de la ventana.
Después de mirar por un rato más el paisaje, volvió a tomar asiento frente al escritorio. Sobre éste se contaban unos cuantos libros apilados, lo mismo en la silla para niños y el velador. Y de entre los que permanecían en el escritorio había uno abierto, puesto de cara, como para no perder una página. El hombre, al verlo, lo toma para saber dónde quedó la historia. Es precisamente en este momento cuando nota una mancha roja en su palma izquierda, mancha que le obliga a dejar otra vez el libro encima de la mesa. Sobre las líneas de la mano, la mancha ya se había descascarado un poco, de seguro, obligada por el movimiento que hace la palma al cerrarse en puño, sin duda era sangre, olía a ella y se veía como ella. Trató de buscarse una herida en la palma, la grieta, pero no encontró nada, siguió mirando la mancha, tratando de recordar o de otorgarle una figura, moviendo los dedos, descascarándola aún más por entre las líneas.

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