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Falcon (extracto) PDF Imprimir E-Mail

por ANTONIO GIL 

Los bebedores solitarios acodados en la barra del bar se miraban en el espejo empañado que con la llegada del amanecer comienza  su lento deshielo. Y allí  ven, como en un naufragio, sus propios rostros entrando  y saliendo de la superficie biselada. Facciones que se van licuando y escurriendo y que ellos ahora observan, atónitos, con los dientes apretados y los dedos crispados en sus copas.

 

 Los bebedores solitarios acodados en la barra del bar se miraban en el espejo empañado que con la llegada del amanecer comienza  su lento deshielo. Y allí ven, como en un naufragio, sus propios rostros entrando y saliendo de la superficie biselada. Facciones que se van licuando y escurriendo y que ellos ahora observan, atónitos, con los dientes apretados y los dedos crispados en sus copas. 
 
Afuera la luz casi ciega cuando los dos hombres salen a la calle.Trastabillaron la amplia avenida y torcieron luego por Templeman. Un viento amargo soplaba del mar y se encajonaba en las callejas y escaleras, antes de seguir cerro arriba por las grietas innumerables. Esas fisuras y quebrantos que, como las líneas de una mano, esconden un destino antiquísimo, geológico, y sobre el cual han venido montando sus destinos las vidas de millones de hombres y mujeres, que son mataduras y callos y cicatrices en esa inmensa mano que se agarrota palma arriba. La ciudad construida sobre los huesos de antiguos animales, un estrato sobre otro, alzado sobre restos de naufragios y polvosas ruinas y apachetas. La ciudad que construida a partir de una herrería o un cadalso, como los avisperos se cuelgan ahora de la tierra y se expande, flanqueada de ventanas acechantes y puertas como sarcófagos. La ciudad con sus olores humanos, sus acopios interminables de dolor y de espera. ¿Cuántos afanes perdidos, cuánto sueño traicionado carga la ciudad para envejecer con sus peluquerías y sus baratillos cerro arriba de esta muerte sin tregua que son los cerros pobres y sus costales de huesos pesados en una romana y vendidos a los fabricantes de botones? ¿Y qué me dicen ustedes de las cacerolas rotas y la ropa deshilada  en las cuelgas por donde el diablo sopla su armónica? Los usureros se llevaron las balaustradas, la pasamanería, los brocatos de las cortinas, el mármol  de las escalinatas, los descansos donde rezongaba un tango su resabio de amores contrariados. Cómo se lo han llevado todo, y cómo todo de lo poco que ha quedado se ha vuelto una gran feria de pulgas. Un inmenso revoltijo de chatarra donde la vida de los habitantes se confunde con la vida de las viejas cosas que los rodean cada día, como si efectivamente los elementos inanimados, de tanto cohabitar con la gente, absorbieran elementos de su humanidad y de su cansancio. Gestos perdidos que van quedando prendidos como costras de moho verde o rojizo en los objetos menudos y que  huyendo se escurren  por  esas perspectivas que, perdiéndose hacia lo lejos, forman las calles hasta el horizonte, y que, subiendo y bajando, se van cruzando y desapareciendo y tramándose, hasta lograr que los habitantes presientan en ellas la urdimbre se sus propios destinos, por donde el diablo pasará silbando su flauta de afilador hasta el día en que la doña le salga al paso enarbolando  la guadaña empañada. Aquella ciudad levantada sobre los naufragios de miles de corazones puestos como estampas allá al fondo, en la Atlántida, ese maravilloso estrato primordial sobre el cual se alzaron en un día antiquísimo todas las  viejas ruinas. Aquel espíritu húmedo aún del Soplo que duerme y sueña bajo toneladas de adobes simulando mármoles y  piedras canteadas. Bajo siglos de simulaciones. Todo un batiburrillo de materia construida por esos átomos extenuados que hoy parece que comenzaran a perder su sentido, girando y girando los protones y neutrones en tonos a un núcleo que se ha ido. Una tibia. Un lomo del Tesoro de la Juventud. Un dado. Un obelisco truncado. Un universo minado por ratones y termitas. Una mala jugada es al fin y al cabo esta ciudad, encaramada por los cerros como un inmenso anfiteatro que huele a parafina, a vino rancio, a sombrero. La ciudad madrastra que nos nutrió la infancia de su rencor, de su soledad y su desamparo. Esa perra vestida de sirena que nos miró un día embrujándonos y nos llevó calle Clave abajo, hasta la orilla del mar donde vomitamos los recuerdos familiares y dejamos sobre la acera aquella mancha de primos muertos y abuelas flaquísimas. Esa ciudad que en su juventud fue rebelde y voluntariosa, como Lilith, la bruja  con que el Dios casó a Adán en primas nupcias. Esa ciudad que fue Rosa de Luxemburgo y  Juana de Arcos en su hoguera, y que hoy cae de rodillas como una vieja ramera maltrecha. Carajo. Igual que una puta vieja sentada en el borde de la muerte. 

Los habitantes hacen y viven una ciudad, pero son los narradores los que las convierten en realidad al reproducirlas. Las verdaderas ciudades son relatos. No hay Alejandría sin Durrel, ni hay  La Paz sin el Felipe Delgado de Jaime Saens, susurró con desaliento mirando hacia el mar… ni Buenos Aires sin Marechal. Ni Dublín sin Joyce. Las ciudades que no son narradas languidecen, se astillan, se sumen en una realidad inelástica, abrumadora. La cuchilla del tiempo comienza entonces a cortarlas en pequeños pedazos y las abandona. Las vuelve humanas, previsibles, económicas, y van entregando lentamente el halo que les insuflara su fundador, como un alma. Se hacen mortales y arruinables. Sí, eso ocurre con las ciudades que se resignan a ser solo ciudades, agregó Fernández con la voz pastosa de los borrachos matinales.


Antonio Gil
Acerca del Autor:
ANTONIO GIL
Antonio Gil nació en la viña El Rincón de La Florida, en el Valle Central de Chile, en junio de 1954.
Ha publicado Los lugares habidos (poesía), Cancha Rayada (poesía), Hijo de Mí (novela histórica), Cosa Mentale (novela histórica), Mezquina Memoria (novela histórica), Las playas del otro mundo (novela histórica), Mocha Dick (poesía de aventuras). Próximamente aparecerá, publicada por el sello Seix Barral, su novela Cielo de Serpientes, ambientada en el Chile incásico.
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