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Pendejo (extracto) PDF Imprimir E-Mail

Por GONZALO LEÓN

Bien podríamos decir que Santiago es una mezcla de sabores, olores y miradas. 

 SANTIAGO ME FASCINA. Después de clases, aprovecho para caminar y para conocer las calles que antes sólo había visto por televisión. Incluso, el calorcito que emana de los tubos de escape en forma de humo me gusta cuando me pega en la cara y, cuando visite a mi madre, lo echaré de menos. Por lo pronto, me gusta el centro de la ciudad. Calle Merced y dos restaurantes tipo picadas: Il Nono y El Parrillón. Por 50 pesos puedo comprar un huevo duro, por más de mil comer conejo escabechado y por mucho menos ingerir una buena dosis de vino de mesa hasta quedar ebrio. Pero lo que más me sorprende es el carrusel de Bandera, una especie de Mall del sexo al llegar a la Estación Mapocho. Varios pisos en donde hay puros topless. Cuando voy allí, me encuentro con un buen contingente de escolares. Hoy, no es la excepción. Los 1000 pesos de la entrada dan derecho a una bebida o gaseosa en vaso de helado y a observar el espectáculo, que se inicia en la mañana y que termina bien entrada la noche. Las personas que tienen algo más de dinero pueden invitar a las chicas un vaso de bebida e ir a un lugar apartado, siempre de pie. Por un segundo vaso, tienes derecho a besarlas en las tetas y a manosearlas por todas partes. Por un tercer vaso, puedes penetrarlas, como el sujeto que está al frente. Su mujer es de baja estatura y, para facilitarle las cosas, se ha bajado los calzones y se ha inclinado para que el pene entre sin dificultad. Los escolares, al igual que yo, observamos la escena. No sé si el tipo esté o no usando condones y, a decir verdad, no me importa. A fin de cuentas, la chiquitita está bien rica: delgada, senos y glúteos firmes, joven, cara bonita y broma mordaz a flor de labios, por lo que el tipo debe estar disfrutándola.
-¿Y usted?- me pregunta coquetamente ahora una chica más bien fea de rostro, pero generosa de cuerpo.
-¿Yo qué?
-Me invita una bebidita.
He descubierto que las putas y las madres son las personas en Chile que más usan diminutivos. Bueno, esto puede deberse a que las putas también son madres. Salgo de mis divagaciones, hurgo en mis bolsillos y descubro el dinero para unas fotocopias que tengo que pagar en la tarde.
-Con eso basta- dice la puta, observando el dinero que equivale a dos vasitos de bebida.
La chica desaparece y regresa con un papel confort.
Supongo que es para secar el semen, lo que me hace pensar en un buen momento.
-Pero está todo ocupado- reclamo.
-No se preocupe, ya encontraremos un lugar.
La chica, cuyo nombre prefiero no recordar, se abre paso entre dos parejas. Señalando un espacio no superior a un metro, dice:
-Venga aquí.
Me viene a la mente el episodio protagonizado por Carolina y Raúl, cuando era un ferviente militante democratacristiano.
-No sé si pueda.
La chica, cuyo nombre prefiero olvidar, me sujeta una mano y con la otra desanuda los pabilos de su calzón. Me caliento y comienzo a tocarla por todas partes. Enseguida la beso y, cuando intento algo más, me advierte golpeando su trasero:
-Si quiere algo más, tendrá que pagarme algo más aunque sea. Porque esto- insiste con los golpes, aunque esta vez más tenues, como caricias- no es gratis.
Tengo mil pesos en los bolsillos, pero debo guardarlos para devolverme a ese pueblito llamado Las Condes.

Lo otro que me ha cautivado es el Metro de Santiago. Me parece loco eso de viajar por debajo de la ciudad. Es como viajar con Julio Verne al centro de la Tierra. Aunque debo reconocer que la línea 2 es la que más me gusta, ya que puedo observar el paisaje de arriba. A veces, viajo en Metro sin rumbo fijo, solo, mirando a la gente, que de vez en cuando también devuelve la mirada. Otras, viajo en compañía de Andrea, la compañera con la que nos caímos bien esa primera clase, quien advierte que, si uno sostiene bien la mirada puede fácilmente pinchar, como ella le dice a seducir o conquistar. El poeta peruano Roger Santiváñez, años después, me contará que Enrique Lihn y el artista Francisco Gazitúa trabajaron en un proyecto artístico que tenía como base la mirada. ¿Cuál es el lugar donde la gente más se mira? El Metro concluyeron. Y Lihn escribió unos poemas que deberían contar con su contraparte pictórica. Sin embargo, Gazitúa jamás terminó su pega, Lihn murió, y el proyecto «Mirómetro» quedó inconcluso.

Otro aspecto que me perturba o me atrae, o como ustedes prefieran llamarlo, es la cantidad de restaurantes y fuentes de soda que ofrecen pollo asado con papas fritas. Al menos, en Viña y en Valparaíso esto no es tan popular como aquí. Los pollos enteros, dorados, quemados y sebosos se exhiben como en ese videoclip de Peter Gabriel, girando hacia los punteros del reloj, ¿o es al revés? Pollo y papas fritas. Papas fritas con pollo asado. ¿Pollo frito con papas asadas? No, de eso no tenemos, señor.
Entonces, bien podríamos decir que Santiago es una mezcla de sabores, olores y miradas que, como dirá el poeta Germán Carrasco en su cumpleaños número 35, confluyen en una ciudad sobresexuada o, más precisamente, sobre estimulada.
La cantidad de semáforos es sólo una muestra de ello: rojo (no tirar), amarillo (usted se arriesga), verde (tire nomás). Santiago, la gran puta del espacio de acá. Santiago y la ciudad de Gonzalo Millán. Santiago es Chile, y el proyecto de país del ex poeta José Ángel Cuevas. Chile, país de proletas, pero por sobre todo país de mierda.

Gonzalo León
Acerca del Autor:
GONZALO LEÓN
Gonzalo León (Valparaíso, 1968) es escritor y periodista. Ha publicado "orden y paria" (2001), "pornografíapura" (2004), "punga" (2006) y "pendejo" (2007), todos por libros la Calabaza del Diablo. La mayor parte de ellos se encuentran en bibliotecas públicas de universidades estadounidenses, como Yale, Harvard, Arizona, Berkley, Notre Damme, entre otras. Actualmente escribe una crónica semanal en La Nación Domingo, es editor de la revista de escritores latinoamericanos Bilis y miembro del consejo editorial de la colección Hazla Corta de libros la Calabaza del Diablo, de pronta aparición.
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