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Tiempo de divertirse PDF Imprimir E-Mail

Por JAIRO BOISIER

En este reino de lo desterritorializado, todo indica que el viejo mundo ha desaparecido para Monsieur Hulot. 

 No es necesario generar mucho suspenso. Ni acercarnos tanto, para qué. La distancia es justa para no involucrarnos emocionalmente con lo que estamos viendo. Tampoco hay necesidad de diálogos, porque la musicalidad del ruido ambiente es suficiente para la representación.

Mecánicos comportamientos de funcionarios erráticos, perfectamente uniformados, saltan a la vista dentro de un impreciso edificio. Ahí atienden a turistas ociosos que vienen llegando a Paris gracias a una promoción de “una capital por día”, quienes al apearse comprueban que el terminal es exactamente el mismo que el de otras capitales ya visitadas.

El aeropuerto se transforma paulatinamente en un edificio de oficinas y luego en un centro comercial. Vemos mucha gente pasar, entre ellos a un lote de turistas y a Monsieur Hulot, que deambula por estos fríos y regulares espacios. Parece algo extraviado y no comprende muy bien lo que está ante sus ojos. ¿Qué busca? Da la impresión que tiene una cita, pero es incuestionable que no está pisando en un terreno firme.

En el lugar todo circula velozmente, pero no es evidente el sentido. Objetos no faltan y capacidad para generar convergencia tampoco. Hay resueltos instigadores y sabemos que el consumo ahí es posible. En medio de todo, Monsieur Hulot se  traspapela ante tanto cubículo, irrumpe incongruentemente en reuniones ajenas y termina en una exposición donde los turistas descubren las nuevas invenciones del hombre, las que seguramente ya vieron en otra gran capital. Los rostros no se dejan ver, pero sí dubitativos cuerpos e inestables coreografías en entradas y salidas de personas remolcadas por los movimientos de grupo.

Hay suficientes indicios que en el lugar no todo funciona de modo óptimo. La perfecta arquitectura es desafiada por los torpes movimientos de los concurrentes. El constructor no había previsto que a Monsieur Hulot se le podía caer su paraguas en una tienda o que un pedazo de losa se incrustaría en el zapato de uno de los empleados del hotel. Qué decir del neón defectuoso que ilumina la juerga nocturna.

De la ciudad no sabemos bien qué es, pero existe. Pareciera ser un signo que es transparente a la diversión dentro del edificio, que por su parte compite con la ciudad por el mejor no lugar. Las postales incrustadas en los cristales del edificio nos muestran una imponente e iluminada Torre Eiffel. Y cómo huele a folklore Montmartre clavada en la puerta de vidrio. Los turistas no se pueden quejar.

Los interiores de los departamentos se dejan ver desde afuera. ¿O el afuera se deja ver desde dentro? No lo podría precisar con exactitud Monsieur Hulot, invitado por un viejo camarada a su hogar vitrina. La indefinición del dentro y del afuera deja como infructuosa cualquier definición sobre el observador en estos espacios tan transparentes. Cuando el hombre se ve obligado a indicarle por un gesto a otro que debe pasar el ventanal, so pena de golpearse la cabeza, asistimos a la perfecta paradoja en el universo de la visibilidad total.

Para hacer más dificultoso el ejercicio, hay falta de horizonte que impide ver algo más allá, aunque no se vive como gran drama el resistirse a la dimensión inmediatista de todo. ¿Es necesario salir del edificio? No. En cualquier momento llegan más turistas. En este reino de lo desterritorializado, todo indica que el viejo mundo ha desaparecido para Monsieur Hulot, que sigue errante ahí donde los espacios se invierten y donde no encuentra pistas para orientar su posición en el lugar.

En el restaurant, el cineasta parrandea con el plato que no pasa la perforación del muro y con el constructor ineficaz que intenta reparar el inmueble en medio de garzones atendiendo. Nada está a punto, pero los turistas disfrutan y bailan desenfrenadamente, al punto de llegar a la mañana sin dormir. Algunos terminan participando en un carrusel de autos en una pequeña rotonda. Qué importa si no se avanza, si es tiempo de divertirse. ¿Lo habrá comprendido Monsieur Hulot?
    
Playtime. Jacques Tati. Francia. 1967.

Jairo Boisier
Acerca del Autor:
JAIRO BOISIER
Jairo Boisier nació en Talcahuano en 1975. Estudió sociología y guión cinematográfico. Trabaja en Canal 13 y hace clases en la UDP. Es director y guionista de los cortometrajes "El nuevo" y "Vestido".
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