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Entre los Papeles de R. Von Krafft-Ebing Hijo PDF Imprimir E-Mail

Marcelo Gamboa

El nombre del médico era vértigo o Karl, no recuerdo bien. Voy a contar la historia como la contaba mi padre. Era joven, soltero, tenía unos 28 años y como médico ejercía en un pueblo pequeño. Un día llegaron al hospital dos hermanas, Sarah y Judith, de 19 y 20 años. Hermosas, demás está decirlo. Hubo que internarlas urgente pues la tuberculosis las consumía rápidamente. El doctor se hizo cargo de ellas con especial atención, las visitaba, conversaba y poco a poco se fue insinuando un romance entre él y la menor de las jovencitas.




A medida que las hermanas mejoraban, Karl pasaba más y más tiempo con ellas, llegaba de sorpresa con regalos y prometía mil cosas. Un día que se despertó especialmente impulsivo y optimista, Karl fue derecho donde el padre de las enfermas y pidió la mano de la menor. El padre, muy prudente dijo que debía hablar con su mujer y, por supuesto, con su hija. Cae de cajón que la madre estaba feliz con la idea del matrimonio, que se fijó para el 14 de febrero siguiente. El punto es que, como suele ocurrir en algunos casos, todo salió mal, Sarah murió antes de la navidad en una inesperada recaída de la enfermedad. El funeral fue celebrado en el panteón familiar, Karl estaba desecho, no quería hacer caso de la sugerencia de sus amigos, que le decían cosas destinadas a conformarlo: -Hey hombre, no te hagas tanta mala sangre, cásate con la mayor, que también está muy linda-. Pero él se refugió en su trabajo y se mantuvo soltero, nunca se supo que visitara prostitutas o, como las llaman los novelistas, mercenarias. Y de hecho después de su jubilación nadie supo de su existencia con la sola excepción de Judith, la hermana de su novia muerta, con quien se encontró una o dos veces en el cementerio. Ahí Karl preguntaba por los hijos y la familia de Judith, pues hasta su jubilación había ocupado el lugar de Médico de la Familia, siendo el encargado de asistir partos, viruela, fiebres y cuanta enfermedad pasó por el organismo de su hipotética familia. Todo así, muy normal.

Ese año, junto a la casa de Karl se instaló una pareja joven que notó los extraños hábitos del viejo y los denunció a la policía. Uno se pregunta qué costumbres pueden preocupar tanto a unos vecinos, sobre todo si estamos hablando de un anciano que se supone un sujeto “probo y de acendrado civismo”, veamos. Cada cierto tiempo llegaban a su casa dos tipos cargando dos bidones de un líquido indeterminado, siempre después de la puesta de sol y fue precisamente esto lo que llamó la atención de los vecinos. Un día, después de la llegada de Karl con varios recipientes gigantes, la vecina sintió había llegado el momento de hacer una visita a su vecino. Golpeó y cuando le abrieron la puerta entró sin pedir permiso, una vez allí y mientras Karl se disculpaba de olores que atribuyó a los gatos, la vecina sintió un olor indiscernible y, poco después, el súbito instinto de huir. Se dio media vuelta, siguió hablando desde afuera, voz en cuello, lo que puso más nervioso a Karl que, en esos instantes, se deshacía en mentiras sobre los gatos y las inconveniencias de lidiar con sus excrementos.

Cuando la policía llegó a la casa con un permiso para revisar, Karl estaba desayunando. Fueron muy amables con él pese al olor. Recordemos que se trataba de un hombre respetado, uno de los pilares fundamentales de esa pequeña comunidad. Revisaron la casa escépticos y en calma, ya pensaban en irse cuando uno de los policías más jóvenes empezó a gritar desde el dormitorio del segundo piso. Esto fue lo que vio. En primer lugar una cama de dos plazas rodeada por un mosquitero blanco, todo tenía unel aspecto de un sancta sanctorum intensificado por las velas y la mezcla de olores. Sobre la cama había una figura de mujer recostada, el policía se acercó pero no quiso tocar nada, ni siquiera descorrió el mosquitero, entonces gritó. Fue cosa de segundos para que se diera la orden de detener a Karl.

Pasemos ahora a describir las condiciones en que se encontraba el cadáver de Sarah, porque es obvio que era ella. Tenía puesto un vestido de novia, que ya no era blanco sino vagamente, y más bien era de un tono crema. Es probable que alguna vez Karl haya cambiado su vestido porque ya habían pasado 41 desde el momento en que fue comprado. El cabello estaba peinado hacia atrás y cubierto por el velo de novia. Sobre el rostro había una máscara de yeso, que debía ser un vaciado de una máscara póstuma de Sarah, seguramente hecha por el mismo Karl. Esta máscara cubría el rostro ligeramente conservado en formalina y tenía los labios pintados de un tono rosa. Pero esto no se compara con lo que se encontró bajo el vestido. En primer lugar se descubrió que los interiores habían sido completamente removidos con la sola excepción del corazón.

Después se notó que los huesos de las piernas estaban descoyuntados, lo que permitía moverlas a voluntad, además la vagina había sido acondicionada para la consumación del único sacramento de la necrofilia. Hay muchos más detalles, como el ano clausurado por varios puntos de sutura, pero dejémoslo ahí.

Durante el juicio, nadie sabe por qué, Judith, la hermana de la profanada, decidió botar los cargos, con lo que Karl quedó en libertad tras pagar todos los gastos del juicio y la reubicación de Sarah en una tumba sin nombre en un lugar desconocido para él. Un año después Karl fue hallado muerto en su casa.

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