Skip to content
Canciones asesinas PDF Imprimir E-Mail

Por DANIEL SALINAS

Las Murder Ballads no son cuentos ni novelas sino canciones, verdaderos poemas narrativos que tal como podría hacerlo un narrador de la serie negra, relatan sanguinarios crímenes, sus circunstancias y personajes, las motivaciones de los asesinos, y a veces también las persecuciones legales y sus macabros o justicieros desenlaces. 

 El año pasado, en una conferencia titulada «Crimen y ciudad», Ricardo Piglia habló en Santiago sobre el género policial, sosteniendo que éste puede ser entendido como la cristalización del complejo entramado de relatos orales sobre amenazas, agresiones, delitos y crímenes que se encuentra en circulación entre los habitantes de las ciudades modernas. Desde el momento en que aparecen las grandes ciudades y, por extensión, las masas modernas, el «otro» pierde su identidad y comienza a aparecer como un sujeto extraño y desconocido, que siempre puede ser distinto a lo que aparenta y, por lo tanto, una fuente potencial de peligro. Según Piglia, el género policial se nutre y de algún modo da forma literaria y cinematográfica a todas esas espeluznantes historias que contamos y que nos cuentan –alguien pierde la cabeza, otro pierde la vida– y que nos recuerdan algo que ya sabemos pero que preferiríamos olvidar: que no vivimos en un lugar seguro, que en medio de la aparente tranquilidad de nuestra vida cotidiana, algo horroroso podría ocurrirnos en cualquier minuto.

Habría sido interesante que alguien del público le hubiera sugerido una conversación –y claro, es lo que yo, que estaba ahí, podría haber hecho– por un género que es muy similar pero muchísimo menos popular y además anterior al relato policial tal como lo conocemos desde Poe: las murder ballads. Estas no son cuentos ni novelas sino canciones, verdaderos poemas narrativos que tal como podría hacerlo un narrador de la serie negra, relatan sanguinarios crímenes, sus circunstancias y personajes, las motivaciones de los asesinos, y a veces también las persecuciones legales y sus macabros o justicieros desenlaces. Se han venido transmitiendo y recreando desde hace cinco siglos, hasta llegar al rock, y aún desde la perspectiva de hoy la crudeza de sus historias y descripciones –acribillados, acuchillados, estrangulados de todas características y para todos los gustos– resulta estremecedora. No son canciones que vayan a servir para animar una fiesta ni para enamorar a alguien. Más bien para asustar, para intimidar, para provocar, para incitar a la sospecha. Canciones que parecen promover una estética particular, sin duda sombría y media psicho, pero también antigua e iluminadora, obsesionada no con los felices sueños del entretenimiento sino con las pesadillas de la realidad y la imaginación: en vez de hacernos cantar nos ponen los pelos punta, nos despiertan hasta el insomnio y nos ofrecen, guitarra en mano, su alarmante advertencia.

 Las «murder ballads» originales

Originalmente, sus primeras versiones aparecen en baladas medievales difundidas a través de trovadores y de broadsheets (periódicos baratos de gran formato) que circulaban durante el siglo XVI y también en siglos posteriores en distintos lugares de Europa, sobre todo en Inglaterra. Eran canciones cuyas historias se ubicaban en espacios campesinos o en pequeños pueblos, y que típicamente tenían como motivo conflictos amoroso-pasionales con desenlaces terribles. En su mayor parte tenían una fuerte orientación moralizadora: eran baladas de arrepentimiento, en las que el asesino reconocía su culpa o era culpado por otro por la acción que había cometido. Muchas veces la voz narradora es el propio criminal, que pide a la comunidad que escuche la historia de su perdición como advertencia moral para no repetirla, o a Dios para que lo perdone y lo salve. Tenían títulos largos y específicos, por ejemplo: “Trial and Sentence of William Miller for the Horrid Murder of a Clergyman and His Houskeeper at Chelsea” o “Shocking Murder of a Wife at Oving, Near Aylesbury”. Por lo general cumplían la función de recoger casos reales y darlos a conocer a los distintos públicos a la manera de reportes, y en otros se trataba simplemente de ficciones.

Estas canciones han tenido posteriormente los más diversos cultores, que han convertido a las murder ballads en una serie propia que se extiende hasta nuestros días. Nuestro principal vehículo hacia ellas fueron los viejos sabios musicales que en las primeras décadas del siglo XX dieron forma a la magnífica tradición de la música popular norteamericana. Los cultores del folk, del country y del blues tuvieron al crimen como uno de sus temas de cabecera, produciendo adaptaciones y nuevas versiones de muchas de las antiguas canciones europeas. A través de ellos, una variada gama de músicos actuales ha realizado un trabajo similar de recuperación y reinterpretación.
 
Nuevas «murder ballads»

 Johnny Cash es uno de ellos y seguramente el gran maestro moderno en el género. Para comprobarlo habría que partir por revisar su disco Murder, que recopila algunas de sus legendarias y escalofriantes canciones sobre asesinatos. En "Folson Prision Blues" el narrador pasa sus días en la cárcel tras haber matado a un hombre "just to watch him die". En "Cocaine Blues" un hombre es condenado a 99 años de prisión por haber asesinado a su mujer, que lo engañaba, bajo los efectos de la cocaína. Se trata por lo general de crímenes cometidos en momentos de arrebato y locura. Cash cantaba estas canciones en las cárceles, frente a una audiencia explosiva compuesta por presos que habían cometido acciones similares. La intención moralizadora de las antiguas baladas resultaba pulverizada en estas canciones que, por supuesto, estaban del lado de los criminales. Al respecto, Cash ha dicho que “en América siempre ha sido un tema convertir a los criminales en héroes. Para bien o para mal, siempre lo hemos hecho. En realidad esto es un crimen en sí mismo, pero lo hacemos. Pienso que hay una parte criminal en cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros ha hecho algo sobre lo que nadie más sabe. Quizás de ahí es de donde todo esto proviene”.

También Bob Dylan ha sido siempre un sabido interesado en las canciones sobre asesinatos y crímenes. Durante sus primeros años, incluyó muchas de ellas en el repertorio de covers folk que interpretaba en sus peregrinaciones por bares de Nueva York, por supuesto que a su manera: les cambiaba la letra, las alteraba o las mezclaba entre sí, y con el tiempo compuso él mismo muchas de estas canciones. Probablemente la más célebre sea "Hurricane", incluida en Desire, su disco de 1976. En ella hace una reconstrucción del caso real del boxeador negro Rubin "Hurricane" Carter, relatando a través de sus distintas estrofas de qué manera éste había sido injustamente detenido y enjuiciado por un sistema judicial racista y corrupto. Dos delincuentes blancos que estaban por accidente en la escena del crimen –Alfred Bello y Arthur Dexter Bradley– son forzados a declarar en falso contra Carter por la policía, desesperada por encontrar a algún culpable; un jurado compuesto por blancos lo condena a pagar su supuesto delito con años de cárcel. Lo interesante es la complejidad de la construcción narrativa y de la perspectiva: la canción se mueve por distintos espacios en el relato de los detalles del caso, desde la escena del crimen, la detención de Carter, el ocultamiento del testimonio del único sobreviviente a su favor, los sueños destruidos de Carter, y las burdas jugarretas del jurado: "Be in the palm of some fool's hand? / To see him obviously framed / Couldn't help but make me feel ashamed to live in a land / Where justice is a game". El tema es una especie de cinta del cine negro hecha canción, y de hecho posteriormente sería llevada al cine. Cumplió un rol potente de denuncia del caso, siendo un referente del movimiento social que finalmente terminó liberando a Carter.

 Pero sin duda el que más explícitamente ha recuperado esta tradición para un público de sensibilidad roquera es el indómito Nick Cave, quien en 1996 publicó Murder Ballads, un disco siniestro que significó su principal éxito comercial hasta ese minuto. Para su elaboración, Cave optó por tomar historias o tópicos de murder ballads tradicionales y reescribirlas, produciendo versiones inéditas, ya que según dijo en su forma original resultaban demasiado largas y extrañas como para interpretarlas intactas en un disco de rock. Además, escribió él mismo varias murder ballads nuevas y propias, que lejos de desmerecer en complejidad narrativa o crudeza a las originales, las llevan al extremo. El estridente sonido del disco –una instrumentación atormentada, repleta de teclados sombríos, percusiones tensas, ruidos raros, gritos de horror, más la voz destemplada del propio Cave que a ratos parece estar a punto de salir del parlante para estrangular a todos sus auditores– es uno de los ingredientes que da identidad propia a estas canciones. Y aunque Cave ha dicho que muchas de estas le parecen canciones “esencialmente cómicas”, lo cierto es que es no es fácil interpretarlas así. Una de estas supuestamente cómicas canciones es “Stagger Lee”, un viejo clásico del género que en este disco aparece transformado en un pistolero desalmado que entra a un bar a asesinar a todos los presentes. El Stagger Lee de Cave es un verdadero monstruo moral, “a bad motherfucker” que hacia el final de la canción, en mitad del bar lleno de sangre, obliga a un hombre a ponerse de rodillas y chupársela, sólo para proceder en esa posición a llenarle la cabeza de plomo. En “O’Malleys Bar” la escena es parecida, y en “The curse of Millhaven” una pequeña niña resulta ser una enloquecida asesina en serie, presuntamente poseída por el demonio, que termina encerrada en el manicomio convencida de que “todos los niños de Dios tienen que morir”. En otro registro, y un poco como para poder respirar, también forman parte del disco canciones de amor como “Henry Lee” o “Where the Wild Roses Grow” (ambas acompañado por voces femeninas en la primera voz, PJ Harvey y Kylie Minogue respectivamente), cuya música es más lenta y ocupan un lenguaje más lírico, amores sutiles a los que la inminencia de la muerte da un cierto halo de misticismo extraño, a la vez terrible y hermoso.

Los casos de Cash, Dylan y Cave son sólo algunas muestras seleccionadas de una serie mucho más extensa, que extiende sus ramificaciones en la música popular de nuestros días, incluida la chilena (“Yo la quería”, de Los Electrodomésticos, es probablemente nuestro mejor ejemplar en el género); y que también ha influenciado otros géneros como la poesía, donde el reciente libro Murder Ballads (2005) del poeta norteamericano Jake Adam Cork es un buen ejemplo.

Daniel Salinas
Acerca del Autor:
Daniel Salinas nació en Santiago en 1981. Es sociólogo y magíster en Literatura de la Universidad Católica de Chile. Trabaja en Asesorías para el Desarrollo en temas de política educacional. Actualmente conduce un estudio sobre desarrollo de la creatividad de alumnos de colegios socialmente vulnerables. Ha publicado en The Clinic sobre la recepción de Bob Dylan en Chile.
Comentarios
Buscar
¡Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios!

3.21 Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved."

 
< Anterior   Siguiente >

Proyecto financiado con el aporte de:

Advertisement

Top

Habitar

Por DAVID VILLAGRÁN


Leer más...
 
Aeropuerto y otros poemas

Por ALEXIS CASTILLO

Leer más...
 
El Tarot de la Carretera

Por MANUEL ILLANES

 


Leer más...
 
Matria (Selección)

Por ANTONIO SILVA

la ópera fue ensayada día y noche, una pieza
sentimental para los comensales
una pequeña ventanita de cholguán y visillo
color muerto permite al lector fisgonear –y por
qué no reír de la india travestida de selva lírica.


Leer más...
 

John Ashbery

Traducido por TOMÁS COHEN


Leer más...
 
Fragmentos de "Baa Mithl Beith Mithl Beirut"

Por CLAUDIO GAETE BRIONES

Imane Humaydane-Younes nació en 1956 en Ayn Enoub, pueblo libanés de la montaña drusa. Durante las confrontaciones regionales y luchas interiores que ensangrentaron el Líbano entre 1975 y 1990, ella vio vaciarse su región de una gran parte de sus habitantes. Actualmente vive en Beirut, donde realiza un estudio sociológico sobre los desaparecidos durante la guerra.


Leer más...
 
3 Poemas de André Breton

Por FRANCISCO FALCATO

Leer más...
 
Poemas de "Poèmes en Prose" (1915) de Pierre Reverdy

Por FRANCISCO FALCATO

MÁS LEJOS QUE ALLÁ

En la ventana pequeña, bajo el tejado, mira. Y las líneas de mis ojos y las líneas de los suyos se cruzan. Tendré la ventaja de la altura, se dice a sí misma. Pero enfrente cierran las persianas y la atención incómoda se inmoviliza. Tengo la ventaja de tiendas que mirar. En fin, sería preciso subir o vale más bajar y, brazo con brazo, vámonos fuera donde nadie nos mire.

Leer más...
 

Narrativa

S (s) y la no historia

Por CLAUDIA APABLAZA


Leer más...
 
Para llevar

Por BEGOÑA UGALDE

 


Leer más...
 
Mapas

Por JUAN SANTANDER

 


Leer más...
 
La Fortaleza

Por CARLOS LABBÉ

Invocación

Mal dirigidas, las palabras pueden hacerte más daño que un enemigo o alguien que te desea la muerte.


Leer más...