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La superficie del miedo PDF Imprimir E-Mail

Por CÉSAR FARAH

Es media mañana, estoy parado frente a la vitrina de una disquera y Madonna escapa por los parlantes, retumbando en mi pecho y en toda la calle, el calor me reseca los labios y me hace sudar, mojándome entero; pero aún así no me quito la chaqueta gruesa y negra (de aviador, no de cuero) que eleva mi temperatura más de lo razonable.

 Levemente mareado y empezando a sentir retortijones en mi estómago, pienso en que la migraña siempre es esperable después de una noche como la última, pero hoy es particularmente fuerte y no comprendo por qué. Miro la punta de mis bototos y observo que tienen una costra de barro y sangre y el mareo se hace casi insoportable, el calor me hace sentir verdaderamente caldeado y busco algo en mi pantalón de muchos bolsillos, cualquier cosa que pueda ayudarme, pero eso sólo me desespera más, porque busco y busco y no encuentro una mierda, excepto plata y ya casi estoy a punto de lanzar un aullido o agarrar a patadas la puta vitrina, pero me contengo justo a tiempo, encuentro un xanax en el bolsillo al costado del muslo. Camino hacia atrás con paso inseguro y le compro una diet pepsi al viejo de un carrito y mientras le entrego las monedas, comenta algo inentendible.

-    ¿Qué? - Casi grito, intentando superar a Madonna.
-    ... Se acalambra en París... - Dice y se lleva un dedo bajo la nariz, rozándola apenas.
-    ¿En París?, ¿Qué dice? - Pregunto.
-    ¡Que le sangra la nariz! - Grita el abuelo.

Me rio nervioso y me toco la cara, justo sobre el labio superior. Por una fracción de segundo, el mundo entero desaparece y veo mis dedos índice y corazón con las yemas rojas de sangre, saco de alguno de mis tantos bolsillos un poco de papel higiénico arrugado, pero limpio, con el que seco (creo) la sangre que mana de mi nariz, finalmente hago un pequeño tampón con otro pedazo y lo dejo inserto en una de mis fosas nasales, a ver si para la hemorragia. El calor continua agobiante y los retortijones en mi estómago vuelven a atacar con inusitada fuerza y podría ser que no lograse sostenerme en pie, pero aguanto firme y tomar un trago de diet pepsi me hace soportar un poco mejor. Madonna sigue explotando en la calle y decido alejarme un poco, una gota de sudor resbala por mi nuca. Mi cabeza, pies y espalda, arden como si tuviese carbón encendido en ellos, “No por favor, por favor, me duele, me dueleee, me hacen daño!” aullaba anoche la perra, con su acento altiplánico asqueroso, chola maraca, debió pensar un poco y dar gracias, esa será probablemente la única vez que tipos altos, blancos y sanos se la cojan bien cogida. He olvidado las características principales de algunos de mis personajes favoritos del mundo antiguo y más importante aún, sus nombres; por eso me siento particularmente angustiado y casi a punto de llorar. Eran cinco, dos parejitas y una chica sola, menor; venían de la disco o algo así, riéndose, besándose, con ropas cumas y horteras, hablando fuerte con su acento altiplánico; fue cerca del parque (donde pillamos a los pendejos fumando pititos y tomando chelas el mes pasado). La cabeza continua doliéndome, el calor es abrasante y el sudor empapa mi cuerpo, me acerco a un basurero y hago arcadas, pero no, nada, no vomito ni un poquito. Avanzamos con la camioneta por la avenida desierta, sin acelerar de modo que no se enterasen de nada, si no hasta cuando fuese inevitable; el Oscar, que a pesar de su apellido austríaco es un degenerado, ya desde la esquina venía haciendo comentarios sobre el culo de una de las perras, que si bien tenia piernas cortas, en verdad su culo era de morderlo. Quizá por instinto, quizá por miedo o quizá por un recuerdo ancestral de la época de la conquista española ellos también salieron disparados en cuanto oyeron nuestros bototos chocando contra la acera. Supongo que el baile del que venían y los tragos les embotaron los sentidos, en cambio, la cocaína mediocre que compramos donde el Marco Rojas, a nosotros nos puso fríos y fuertes, perfectos como una bayoneta de acero.

No nos cuesta alcanzarlos, caímos sobre ellos como águilas sobre su presa, el bate de béisbol hace bien su trabajo y cuando le doy en el costado de la rodilla al cholo, siento claramente como cruje el hueso, cae al piso en un enredo de piernas con el “Huno” que se lo lleva por delante, se deslizan juntos en el pasto, gritos, puteos y quejidos, mi polera ya estaba empapada entonces; sudaba como un caballo. Bien, entonces vino lo realmente divertido, el viejo juego de patearlos en el piso, darles con el bate, en las costillas, los brazos, las piernas, en la cabeza no, aún no. Después de unos cuantos minutos doy un fuerte silbido que es la contraseña para detenernos, pero a la primera nadie me oye, de modo que tuve que volver a silbar, más fuerte y más largo y esta vez sí se detuvieron. Nuestros jadeos, imagino, nos hacen ver como animales salvajes después de una cacería y pienso unos segundos en Matilda con una erección bajo el pantalón. En el piso los cholos se arrastran y retuercen lentamente, como en cámara lenta, sus quejidos son débiles sin fuerza. “¿Y ahora que vamos a hacer?”, preguntó el “Huno”, me encojo de hombros, escupo a un costado y accidentalmente (en realidad no) le cae en la cara a una muchacha que se arrastra llorosa y luego me oigo decir “A la camioneta, subámoslos y paseemos un rato”. No puedo recordarlo, no puedo recordar como se llamó el padre de Agamenón y me angustio más, me termino la pepsi, tiro la lata al basurero y detengo un taxi, le explico donde vivo y como llegar a mi casa, luego me olvido.

El agua caliente de la ducha me relaja, me hace sentir tranquilo, algo de sangre de mis antebrazos se va rápidamente con el jabón, los bíceps me pinchan y los muslos igual, a pesar de que todos mis músculos están poderosísimos y bien tonificados y que todo mi cuerpo se encuentra muy marcado, con volumen y masa justo, de modo que no alcanzo a parecer un físicoculturista, pero sí me veo como una estatua romana de mármol, todo me duele igual. Corto el agua y al salir de la ducha me miro en el espejo y confirmo con una sonrisa que, efectivamente, mi cuerpo es cercano a la perfección, que mi estómago carece de grasa y tiene todos sus músculos marcados, pecho duro, espalda ancha, bíceps y tríceps notables, muslos redondos y duros, podría destrozar un camión si quisiera, me siento poderoso y eso me pone de buen humor, con lo que el dolor deja de importarme. Me pongo la toalla y me voy más cerca del espejo, observo mi cara, en mi cabeza rapada el pelo está comenzando a aparecer en miles de pequeños puntos oscuros, lo mismo que la barba, el resto está todo perfecto, excepto mis ojos azul pálido algo enrojecidos aún. Saco gotas del botiquín y me echo plim-plim, dos en cada globo. Entro a mi pieza y miro la ropa que he tirado en un rincón, la empleada aún no la saca y pienso si será bueno que vea la camiseta manchada de sangre seca, pero lo cierto es que me da lata bajarla y si la vieja de mierda llega a notar que es sangre ¿a quién se lo va a decir?, ¿quién se lo va a creer?, es la palabra de una provinciana que con suerte llegó a tercero básico, probablemente con abuelos mapuches, alcohólicos y tarados contra la mía, hijo del abogado Irigoyen (vasco) y la doctora McClure (English, of course), que estudia en la abadía alemana (el segundo colegio más caro del país) y que en este momento mantiene un decente noviazgo con Matilda D`agostino, (hija del ministro de estado del mismo nombre), seleccionado del equipo de natación y futuro abogado o ingeniero. Me río, porque al hacer toda esta reflexión me doy cuenta que soy perfecto y que el país me necesita, aún cuando ni siquiera he entrado a la universidad.

Soy superior.

Mientras me visto miro por la ventana, en la terraza a un costado de la piscina, mi madre juega a las cartas con sus amigas de las “Damas católicas”, murmullos y risas apagadas suben hasta aquí, “Par de ases”, “¿Más té helado?” “La chinchilla ya pasó”, “Perrier, por favor querida...”, “¿Y el zorro plateado?, esa piel...”, “Hay pieles demasiado esponjosas”, “Cuáles pieles... querida”, “¿Sacársela?”, “Las de tonos beige”, “¿Sacársela?, ¿dices que le saque la piel a la maraca?”, “Sí, zorro plateado, creo que era...”, “¿Sacársela?, ¿dices que le saque la piel a la maraca?”.


“Eso fue exactamente lo que dije” le contesté al Ramiro, mientras le entregaba mi cuchillo de cazador. “¿O te da miedo?” agregué, pronunciando cada palabra con cuidado. El muy maricón estaba asustado de verdad, se le veía en los ojos. Después de subirlos a la camioneta los llevamos a un lugar perdido, detrás de un cerro, a un hospital abandonado, mejor dicho, a medio construir y abandonado. Dentro de la camioneta les echamos spray paralizante, los golpeamos un poco más y en particular a uno de los huevones le dimos una descarga eléctrica, en fin, cuando los bajamos todos estaban bien amarrados con sogas y alambres, amordazados con cinta adhesiva y en ropa interior, jalamos más coca y nos tomamos unas latas más de cerveza. “Yo quiero culearme a una chola”, repetía Oscar a cada rato, “No, yo quiero jugar a la sala de torturas”, decía Ramiro, aún más insistente, en una de esas fue cuando le tendí mi cuchillo y le dije que le sacara la piel a una de las minas. Pero en cambio, sólo me miró asustado. Después de un rato de pensármelo, me acerco a uno de los peruanos que está sentado en una de las tres sillas que encontramos la otra vez por ahí (dos metálicas y una plástica que dice “coke”), me pongo muy cerca y me agacho inclinando el tronco hasta que mi cara queda a dos dedos de distancia de la suya, su piel morena está muy sudada, tiene raspaduras en la frente y el mentón, el ojo derecho está empezando a hincharse y aunque está con polera y calzoncillos (de modo que no veo su pecho) cada vez que respira (agitadamente debo decir), hace un pequeño gesto de dolor.

-    Hola - Le digo en tono educado- ¿Tienes miedo?- me mira con los ojos muy abiertos, sin emitir ruido, su amigo desde la otra silla intenta echárseme encima, pero el “Huno” y el Oscar lo sujetan riéndose; el cholo que tengo al frente está amarrado a la silla, con cinta adhesiva, de modo que es aún menos peligroso que el otro.
-    Te pregunté - le digo - Si tienes miedo. Asiente con la cabeza.
-    Me parece muy bien, deberías tenerlo- le explico, los chicos se ríen y el Iván le da un pequeño golpe en la cabeza, con la mano abierta.
-    ¿Viniste a este país a trabajar? ¿A buscar nuevas oportunidades?
Vuelve a asentir y esta vez se echa a llorar, como puede, pues, tiene la boca sellada con cinta adhesiva.
-    No seas mamón, no llores. Ahora dime: ¿Tienes un buen trabajo?, ¿Estás agradecido de mi país?.
Asiente con la cabeza, aún lloriqueando.
-    ¿No has pensado que le quitas fuente de trabajo a mis compatriotas?
Niega con la cabeza.
-    ¿Sabías que Atreo le dio de comer a sus hijos a Tiestes?, los de Tiestes me refiero, después que este se llenó la panza supo lo que se había tragado.

Se queda mirándome estupefacto, sin entender nada, dejando de llorar de golpe. Entonces le lanzo un puñetazo brutal, al centro de la cara, con toda mi fuerza y siento crujir y romperse su nariz y cae hacia atrás azotando su cabeza contra el suelo de concreto y suena feo, muy feo. Los otros cholos se retuercen y lloriquean, pero Oscar, el “Huno” y Ramiro los sujetan, Iván, Cunningham y yo pateamos en el piso al tipo, de tanto golpearlo se le suelta un brazo (no sé como), salto sobre su mano con mis bototos y le rompo los dedos, creo que entonces agarro el bate otra vez y lo dejo caer con furia, primero sobre su codo (el cual demuelo) y luego en su cara; me toma tres golpes desencajar su mandíbula y un par más en la cabeza, que finalmente lo hacen perder la conciencia y entonces pierdo el interés y aunque Cunningham e Iván lo siguen pateando un rato, yo me voy hacia un lado, le doy un trago a mi cerveza y luego le aprieto una teta a la chola más chica hasta hacerla aullar debajo de la mordaza, no está mal, y me dan ganas de arrancársela con un cuchillo.

La cocina de mi casa es grande, de madera y metal, sofisticada como la de un restorán. Corto un trozo de pan negro y esponjoso, con un cuchillo dentado y de cacha negra. La Adela, la vieja medio mapuche y hedionda que hace aseo en mi casa anda paseándose, la otra vieja, no tan indecente como la Adela, es la cocinera y está preparando un pastel o algo, a pesar que hace años trabaja aquí nunca logro recordar su nombre, sospecho que me detesta un poco porque cuando trajo a su sobrina a trabajar aquí, una vez le saqué la mierda después de cogérmela, vez que creo que intenté meterle un desodorante en el culo, pero le di demasiado dinero, de modo que se calló. La Adela sigue dándose vueltas, con ese modo de caminar que parece coja y con el delantal rosado moviéndose de modo extraño, pues además de vieja, morena, ordinaria y mapuche, es gorda.

-    Hola Adelita, ¿cómo ha estado? - Le digo.
-    Hola joven Mauricio, ¿cómo le ha ido en el colegio?
-    Bien, bien. Oiga, Adelita, le dejé una ropa sucia en mi pieza, la saca después por favor.
-    Claro mi’jo. Oiga, tan tarde que llegó ayer.
-    Es que salí con unos amigos. Oiga, ¿cómo está su nieto?, encontré una ropa que ya no ocupo, que está súper buena, para que se la lleve; está en la bolsa azul, la del marinero.
-    Ya, gracias mijito.

Termino de hacerme el sánguche y saco un vaso de leche. Entonces entra mi hermana Claudia a la cocina, con un vestidito azul de flores y chalas, tiene el pelo castaño, largo y los ojos azules grandes, dulcemente adormecidos. Se acerca a la cocinera y le pregunta algo al oído, la vieja huevona le contesta con un susurro y ambas se ríen.

-Hola Claudia- Le digo sonriendo cuando sale, pero ella apenas me mira, ignorándome. Evidentemente me detesta, no sé muy bien por qué, es decir, ella es la oveja negra de la familia, es ella quien tiene las amistades de dudosa reputación (racial, social, sexual), es ella quien estudia alguna cosa como filosofía en una Universidad de comunistas, es ella la que se dedica a modelar para diseñadores nuevos y extravagantes, con amigos y novios actores o pintores... es hermosa, no puedo negarlo, realmente bella, pero su comportamiento, sin duda, deja mucho que desear. Quizá debería preocuparme más de ella, saber qué hace y con quien se junta, saber cómo es su vida y cuales son exactamente sus pasatiempos, el asunto en cuestión me asusta un poco, pues, mal que bien es mi hermana y creo que su vida podría escandalizarme de algún modo, pero ¿qué debo hacer?. Salgo de la cocina y avanzo por dentro de la casa en dirección al estacionamiento, para evitar toparme con mi madre al salir, sin embargo, igual tengo mala suerte y me tropiezo con mi padre, que viene entrando a la casa, extrañamente por la puerta trasera. Me mira sorprendido, cuando nos quedamos frente a frente, a boca de jarro en el umbral de la puerta.

- Hola hijo - Me dice, con una sonrisa tímida.
- Hola papá, ¿en qué andas?
- Yo... bueno, tu sabes, trabajo, reuniones... - Explica, paseando una mirada por la habitación, evasivo.
- Es que te llamé por teléfono- Miento - Pero no me contestaste nada.
-  Ah... bueno... es que yo... Quizás qué pasó...
Sólo para romper más sus bolas, lo sigo aguijoneando.
-    Y raro padre, porque te llamé al celular.
-    Bueno hijo, no sé... creo que lo olvidé en la oficina, no sé. – Hace una pausa y luego agrega - ¿De cuándo que me andas controlando?
-    Pero papá, por favor. Nunca haría algo así, sólo quería hablar contigo, conversar, saludarte.
-    Está bien, pero si quieres juntarte conmigo llama a la oficina, hagamos una cita, habla con la Pamela, tú sabes que trabajo un montón.
-    Vale.
-    ¿Necesitas plata?
-    Bueno - Sonrío, pensando en que todo funciona como siempre y no sé si eso me tranquiliza.

Se mete la mano al bolsillo y me pasa un pequeño fajo de billetes, me sonríe al dármelos y dice “buen muchacho”, su sonrisa es extraña al alejarse al interior de la casa; guardo los billetes en mi bolsillo y abro el portón electrónico del garaje, me demoro un momento en elegir en qué auto saldré y finalmente pienso que lo correcto es usar el jeep, pues su color verde metálico hace juego con mi ropa.

En la casa de Matilda sus padres no están, de hecho nunca están, en un año y medio de nuestra relación he visto a su madre tres o cuatro veces y a su padre, el ministro, una sola: en año nuevo. Aún el sol es espléndido y el atardecer está recién comenzado, de modo que nos vamos al patio de atrás, la piscina se ve tentadora, de modo que ella se pone el bikini y yo el short de baño que olvidé allá la semana pasada. Mientras levanta el citófono de la cocina y espera que alguien le conteste, me mira de reojo y con una semisonrisa en su cara, que es lo más cercana a la perfección que recuerdo, igual que su cuerpo espléndido. El cabello rubio y largo, se le desordena al viento de un modo casual y con las gafas oscuras parece actriz de cine.

-    Georgina, tráiganos dos jugos a la terraza de la piscina.- Su voz también es perfecta. - ¿A dónde fuiste anoche?, sí de naranja, gracias.
-    Fui a la casa de Cunningham, estaban el Oscar y Ramiro ahí también, hicimos un torneo de Play Station, casi destrocé un joystick, pero gané.
    Ella sonríe y muy espontáneamente se lanza a mi cuello y me da un pequeño beso en la boca.
-    ¡Eres un niño, te adoro! - Dice riendo.
-    Yo también te adoro. - Le contesto.
Por un costado aparece silenciosa la empleada y deja los jugos sobre la mesita veneciana, igual que la Adela es vieja y es mapuche, e imagino que son totalmente intercambiables la una por la otra, son como una sola cosa informe y sin personalidad
-    ¿Y tú? - Le pregunto a Matilda. - ¿Qué hiciste anoche?
-    Nada importante, acompañé a mi mamá a una cena, para reunión de fondos para un asilo, no recuerdo si de ancianos o huérfanos.
-    ¿Y qué tal?
-    Aburrido, además casi no vi a mi mamá, fuimos en autos distintos, no nos sentamos en la misma mesa y... mírame a la cara... tampoco volvimos juntas, de hecho, no estoy segura de ella haya vuelto a casa.
-    ¿Y tus hermanos?
-    Tampoco están en casa, no los he visto en toda la semana casi... Te dije que miraras la cara no los pechos.
-    Lo siento.
-    Eres un cochino. - Dice haciendo pucheros, la abrazo suavemente y le doy un beso largo y apasionado, ella toca mis pectorales y mis hombros, al separar nuestras bocas veo sus ojos brillando y su cara sonrojada, avanzo con mi muslo entre sus piernas y siento como se le pone la piel de gallina.
-    Te quiero. - Digo y luego agrego. - Te deseo, te deseo mucho.
-    Todavía no. - Contesta ella, lanzando un suspiro. -Esperemos que sea un poco más tarde.

Nos lanzamos a la piscina y chapoteamos un rato, nos tiramos agua y jugamos con una pelota. Ya ha oscurecido cuando salimos, al caminar descalzo en la terraza siento un pequeño dolor sobre el dedo gordo y el que sigue de mi pie derecho.

“¡Para!, ¡para!, si ya perdió el sentido!” Gritó el “Huno” y entonces volví un poco a la realidad. Después que el primero de los cholos dejó de interesarnos, nos dedicamos a darle el pertinente tratamiento al otro, le apagamos cigarros en las tetillas y el ombligo, le sacamos un par de uñas y con una tijera le corté el lóbulo de la oreja que a una de las tipas obligué a comerse. El muy hijo de puta sangró bastante, pero no se movió ni aulló en ningún momento de modo que empecé a enfurecerme. “¿No vas a gritar mamón?, ¿no vas a gritar?” rugí, pero el cholo hijo de la gran puta me sostiene la mirada, con rabia fría, con un odio gélido que, no puedo negarlo, en algún momento me traspasa, me cala hasta los huesos, e incluso... incluso me asusta. Y esto último me enfurece, la rabia se convierte en un infierno ahogante y terrible, una rabia que me disloca y que me hace desear reventar, donde hubo planes, ideas, cosas por las que existir sólo hay odio y rabia, la furia me invade todo y sólo deseo explotar, destruir cualquier cosa humana que pueda haber en mí y en los otros. El odio, la furia me hacen vivir y pensar que nada es limpio, que nada es bueno y que sólo a través de la purificación violenta, brutal, de la guerra, la muerte y la sangre, podemos acceder a un cambio, a un salto que nos haga mejores, indestructibles, perfectos como una máquina exacta y precisa, llenos de movimiento, energía y dinamismo. Así y sólo así, soy el que debo y quiero ser y el miedo vuelve a guardarse, a exiliarse en alguna zona oscura de mi mente y ya no hay quien me detenga. De modo que soy una máquina violenta, veloz, ruidosa, imparable e indestructible, y mis puños chocan contra su cara y cuerpo, me siento en un estado cercano a la perfección, y en el suelo lo pateo tanto que seguramente el “Huno” ya me había gritado un par de veces “para” antes de hacerle caso. Luego agregó, “Si ya perdió el sentido”, lo que era categóricamente cierto, pero yo no lo tomé en cuenta, miré el amasijo de carne en el piso, sin asco, pero impresionado, no por lo mal que se veía, sino por lo raro... es decir, por lo distinto que podía llegar a parecer un ser humano después de una paliza como esa. Las cholas lloraban y se retorcían, excepto la más pequeña que estaba quieta como una estatua, con los ojos desorbitados y se había meado. “Sáquenlo de aquí”, dije en un tono neutro.

Matilda enciende la tele, semitendido en el sillón ella está a mi lado y entre risas, hacemos esfuerzos para no caernos, el sillón es amplio, pero aún así no hay modo de estar juntos en él sin permanecer cerca, muy cerca; apretados, de modo que tengo una erección importante y abrazándola desde atrás, estoy seguro que la siente en su espalda, justo sobre el culo. En la pantalla hay un show de conversación con Ray Atrida que cuenta como dejó la droga, un futbolista que acepta que es maricón (por suerte no de mi equipo) y la modelo “Caoba” que está tan rica y que me gustaría tirarme, y a lo mejor un día me la tiro.

-    Pone otro canal.
-    Ya. - Contesto y aprieto el control.

El “Show de Lucila”, con mujeres que han sido violadas y que intentan salir adelante, otro canal muestra una serie donde trabaja ese actor que fue novio de mi hermana Claudia, otro canal y el vídeo nuevo de Ray Atrida, otro canal y “Caoba” conversa con Paula en “Paula a las 10” sobre las pieles de moda, otro canal y Nicole Kidman canta, y otro canal y le subo la falda, y otro canal donde tocan los “Sr. Sabor”, y otro canal con fútbol y mientras le acaricio los pechos ella se acomoda y lanza un pequeño y quejumbroso “No”, y en el canal que viene unos dibujos animados disparan rayos láser, de modo que, a pesar de todo, no me cuesta bajarle la pantaleta a media pierna y encaramarme (cuando ya lo tengo afuera), y mientras me restriego pongo el canal que viene donde Paula de “Paula a las 10” está en “Las noches de Pedro”, y Matilda pide con un hilo de voz que “Sea caritativo”, y yo le digo que bueno, que seré caritativo, tiro el control y luego, riéndose dice, “Dije: que te pongas preservativo”, y le hago caso, y entonces ya estoy sobre ella penetrándola y mientras suspira profundamente me muevo despacio y seguro, mirando su espalda tersa y su culo perfecto, sintiéndola debajo de mi, sabiendo que se lo estoy metiendo y no consigo que se me pare del todo, no estoy de veras caliente, de modo que empiezo a entrar con más fuerza a moverme con mayor rudeza y mientras sé que ahora ya la estoy montando de verdad, ella se queja caliente y lanza los gemidos comunes y dice que es tan rico y yo entro más y más fuerte sin conseguir que se pare de verdad y suelta un diminuto aullido y dice que le duele, que le duele un poquito y por alguna razón yo la agarro del pelo tirándolo hacia atrás y escuchó su “Ayyy!” y luego, “Me duele, es rico, pero me duele” y le tiro más fuerte el pelo y “Me duele, me duele” y eso me calienta de veras y le pego en el culo y otro aullido y anoche también decía la chola “Me duele, me duele” y al recordar a la negrucha gritando y pidiendo clemencia siento una oleada de calentura potente que me recorre entero y la espalda morena enrojecida de tanto golpearla con el cinturón y ahora si lo tengo duro de verdad, pero no me importa que debajo mío a cuatro patas este Matilda y sólo quiero acordarme de anoche y siento crecer aún más mi animal, recuerdo las tetas chicas, paradas y la boca grande, eso me calentó, “india culeada” le decía para no estar callado, la mona lloraba, la espalda y las piernas eran peludas y se había meado, creo que le mordí una teta y dio un aullido que me calentó de veras y acabé fuerte, después se le fue encima el Oscar, nosotros nos fuimos donde las otras cholas, a cortarles el pelo y tirarles fósforos encendidos, después que todos dieron una vuelta encima de la pendeja, volví yo, estaba en un rincón y ya no lloraba.

-    ¿Que te hizo el rubio de pelo largo? - Pregunté, refiriéndome al Huno. No contestó nada, de modo que le crucé la cara con una cachetada.
-    Me la metió en la boca.

Entonces me la saqué y la obligué a hacer lo mismo. No sé si con los muchachos o de antes, pero la chola algo sabía. En eso llegaron Oscar y Cunningham con otra negruchienta y nos la armamos en serio, a la tercera la dejaron amarrada porque era muy fea, les dijimos que pusieran de su parte para que no tuviésemos que matarlas. Se los metimos en la boca y en el culo, les acabamos en la cara y continuamos golpeándolas de vez en cuando y apagando cigarros en sus espaldas, a la más pendeja después de tirármela por todos lados le apague un cigarro en un pezón, pero ya no gritó y me enojé un montón de modo que le tiré spray en la cara y le pinté un pene gigante en el pecho, a la otra Cunningham le pintó una esvástica en el culo, cosa que a todos nos dio mucha risa, Oscar dijo que hacía literal el hecho de la penetración aria. Entonces fue cuando decidimos volver. Dejamos a los huevones ahí y nos llevamos a las cholas solamente, en la camioneta avanzamos algunos kilómetros, abrimos la puerta y tiramos afuera a la primera, en una calleja. A la segunda la tiramos de una patada en el culo en la carretera, a la más chica el Oscar aún la estaba manoseando entre las piernas, intentando metérsela en el culo otra vez, pero no se le paraba.

-Ya huevón que es tarde.- Le dije, abrimos la puerta y de una patada la botamos en un parque. El regreso fue tranquilo, estabamos cansados y con sueño, pensé en meterme una línea más para soportar hasta el amanecer, pero lo cierto es que no me apetecía. Me salgo de Matilda y veo su cara de costado, enrojecida y con cara de ensoñación o algo.
- Te amo, mi amor, eres hermosa, te amo y me siento muy feliz a tu lado.
- Yo también te amo, querido. - Contesta ella.
Me deja en la puerta y le prometo que mañana vendré a visitarla otra vez y que iremos al cine si ella quiere.
-    ¿Podemos ver la película nueva esa, la del niño robot?
-    ¿Esa?, pero Matilda, mejor vamos a ver la de los extraterrestres, es mucho más interesante.
-    Bueno amor, la que tú quieras.

Me subo al auto sonriente, la noche es perfecta y cálida, es temprano y pienso que puedo llamar al Huno y decirle que nos juntemos para algo tranquilo, como tomar una cerveza y quizá levantarnos alguna pendeja del “Tresmil” o algo. Pero el celular de mierda se me quedó en la casa, así que enfilo hasta un bar cercano al que nunca he ido, para conseguir teléfono.

Una vez dentro me percato que casi todo está a media luz y que las mesas tienen velítas y esta lleno de gente rara, intelectuales y bohemios, tipos con ropa oscura y minas desgreñadas que no usan sostén.

Voy caminando a la barra, a pedirle al barman que me preste el teléfono o que al menos me diga donde hay un público, cuando veo en una mesa del costado, llena de gente, a mi hermana Claudia. Es sorpresivo y lo cierto es que me siento impactado de observarla, se ve totalmente distinta, sus gestos son mucho más desenvueltos de lo que nunca han sido en casa y me percato que tiene una voz estentórea y que su risa se escucha en todo el lugar; sus amigos son raros y está sentada al lado de un negro de verdad, que le sonríe coquetamente y al que mi hermana mira, yo diría, bueno, que… con deseo. En esa misma mesa hay un flaco con pelo verde, que evidentemente es una reina y que, luego me percato, tiene de la mano a otro tipo que también es flaco y que podría ser galán de televisión de no ser por lo amanerado que es. Hay otras muchachas también, una gorda que tiene el pelo teñido en alguna tonalidad de rojo y otra alta espectacular que se viste como prostituta (Falda apretada con tajo, polera ínfima que casi deja al aire las tetas y pelo negro suelto, sin mucha pintura ciertamente), hay mucha más gente, pero todos pertenecen a ese tipo que usa lentes (opticos u oscuros), con peinados raros y ropas extravagantes, tanto anchas y sucias, como apretadas y sofisticadas. Claudia se ve tan distinta aquí, se ve como una mujer adulta, llena de ademanes que yo desconocía y su mirada ya no es adormilada, sino llena de brillo. Entonces pienso que debo comportarme de una vez por todas como su hermano, saber quienes son en verdad sus amistades, intentar acercarme a su mundo y aconsejarla en algún momento sobre lo que está haciendo con su vida. Avanzo hacia la mesa y carraspeando muy levemente hablo en el tono más educado que puedo.

-    ¡Hola a todos, hola Claudia, que sorpresa encontrarte en este lugar! _ Mi sonrisa es juvenil y ganadora.

Claudia voltea su cara y cuando me ve, se sorprende por unos segundos, pero recupera la compostura rápidamente, no dice nada (como siempre) y se queda mirándome con una rabia fría, con un odio gélido y yo he visto esa mirada antes, pero no recuerdo donde y entonces siento que me traspasa con ese modo de enfocarme y de algún modo empiezo a ponerme nervioso y tengo retortijones en mi estómago otra vez y sólo puedo pensar en sangre y anímales muertos, despatarrados, con las vísceras al aire y recuerdo una película de los judíos en los campos de concentración de la segunda guerra. Miro al resto de la gente y me percato que el negro de mierda de al lado de mi hermana me mira fijo también (de hecho creo que toda la puta mesa me esta contemplando) de modo que intentando parecer el muchacho sano y simpático que soy, hago un esfuerzo sobrehumano por Claudia y le estiro mi mano al negro asqueroso.

-    Hola, soy el hermano de Claudia, ¡¿Qué tal, brother?! _ Pero el negro conchasumadre se limita a mirarme de arriba abajo con desprecio y no suelta una sola palabra. Finalmente escucho la voz de Claudia a mi lado.
-    Por que no te vas, scout de la Hitler jugend.

La luz azulosa de la tele ilumina algo de mi pieza, finalmente no llamé y regresé a casa, aún no siento llegar a Claudia y por la pantalla una rubia de tetas descomunales se la chupa a un tipo con bigote de morsa, tengo la boca seca por haber vomitado y creo que no limpié el baño, pero no importa, después de eso me metí un par de líneas y creo que no voy a dormir y mientras me la meneo pienso en la Matilda y el bigotudo se lo tira en la cara a la tetona y escucho los gritos de la chola y pienso en Claudia y mi propio líquido caliente me salpica la mano y el estómago.


Comentarios
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luis  - se puede más   |190.20.129.xxx |2008-10-02 05:44:41
Creo que un verdadero desafío para un aspirante a escritor hoy en día debe ser
el tratar de escribir sin la influencia tan nefasta del "vanguardismo",
tan presente en todas las artes, y que se resume básicamente en eliminar toda
cuota de buen gusto y respeto por el "otro". Yó sólo escribo para mí,
pinto para mí, y si te gusta bien y si no también, lo que elimina toda posible
exigencia de un buen nivel artístico, que fue en definitiva lo que hizo grandes
a los artistas del pasado. Ahora cualquiera es pintor, escritor, músico, por que
tienen la excusa de no ser malos, sino más bien poco comprendidos, en cuyo caso
la culpa es de uno y no de ellos.
En la "superficie del miedo"
existen los mismos elementos vistos en la televisión de hoy, como los garabatos
sin medida y las descalificaciones gratuitas, en una narrativa agresiva que va
dirigida a "aterrizar" a la clase más pudiente que supuestamente n...
meli  - La superficie del miedo   |201.236.190.xxx |2008-08-13 13:53:23
C.F.

Quien lo diría que tienes afición por la narrativa.
Bien venido a
"casa"
M.
Anónimo   |201.236.142.xxx |2008-07-27 18:02:44
Un cuento menor, no es malo, pero tampoco bueno... igual te estoy vigilando
Farah.
Rafa.
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