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RESEÑAS: Cuatro imágenes y una belleza en Brad Bird PDF Imprimir E-Mail

Por VÍCTOR QUEZADA

No hay objetos bellos. La belleza como tal no existe. Tal como la pregunta por lo sublime de la filosofía estética; ambas responden a una crisis en los modos de experimentar el mundo: anclada en los procesos de industrialización de las economías antes vinculadas al trabajo de la tierra.

 

En este sentido, la belleza es falta: una carencia y una falla en nuestra experiencia. El hueso quebrado de la nariz, la asimetría de un cuerpo, el horrible lunar en la base del cuello, demasiado ancho además. La inconstancia de la mirada.
O: la poca valentía del boxeador retirado, la humanidad del robot, la envidia y egoísmo del niño genio, que una rata quiera ser chef y la parcialidad del crítico. Estas últimas faltas, que son cuatro fallas, cuatro imágenes de una misma belleza.

 Las películas de Brad Bird, el genio y cofundador junto a John Lasseter de los estudios Pixar (y que ayudó, para que vean, a desarrollar Los Simpsons cuando solo eran una animación que duraba apenas un minuto en el Show de Tracey Ullman), siempre trabajan sobre dichas imágenes carentes y hasta mezquinas, imágenes que recorren la situación del artista en una sociedad ya industrializada y que, por tanto, desplaza a un lugar de inutilidad y egoísmo toda manifestación de libertad. Así, en Batteries not included (película de 1987, conocida en Latinoamérica como Milagro en la calle 8 y en cuyo guión participa Bird), el ex boxeador, personaje poco importante en la historia de ese edificio que se resiste a ser derrumbado y convertido en rascacielos, ayudado por unos pequeños platillos voladores que le devuelven poco a poco la vida a la comunidad, es desde un comienzo un personaje disminuido, tímido y hasta pusilánime. Sólo cuando tiene que enfrentarse al bully de las empresas constructoras (Carlos, sí, un latino) toma sus guantes y emprende la acción, acción que debiera tener un fin generoso. Sin embargo, el ex boxeador comete un error al golpear a Carlos, sucumbiendo de este modo a la necesidad. Pues Carlos en todo sentido es un igual, un completo semejante que intenta distinguirse, ser especial, únicamente de manera contraria, aceptando trabajar como matón, como rata. La venganza del boxeador es menos contra el gran monstruo del capitalismo que contra sí mismo, su miedo, el mismo miedo de Carlos: ambos en igual nivel de mezquindad.

 Esta imagen se mueve y desenvuelve en un clima de carencia y fealdad, desde un sótano que está inundándose, mohoso y antiguo. Clima que en El gigante de hierro (1999, la primera película como director de Brad Bird) deriva en un depósito de chatarra que alberga a ese robot que es una máquina alienígena de matar y a Howarth, el niño que es su amigo. El gigante es una derivación del boxeador retirado ya que también debe superar su necesidad, eso para lo cual fue creado, su función útil: acabar con los humanos, ser un arma. La falla del gigante, su defecto, es representada por una abolladura que tiene en la  cabeza, abolladura que logra humanizarlo, es más, hacerlo nacer de nuevo al final de la película cuando el ejército de Estados Unidos, por esas cosas del destino, decide atacarlo con una bomba que nos recuerda a la de Hiroshima. La cuestión es que todo el pueblo de Rockwell será de paso destruido. La resignación del pueblo frente a la muerte inminente lleva a la indignación del gigante, entonces decide con su vida salvar la vida de Howarth, de Rockwell. Pero esto no es sólo un acto desprendido, pues mientras salva al pueblo se salva a sí mismo de seguir siendo un arma, salva su defecto, la cara amable de la humanidad.

 En Los Increíbles (2004), esta parte de lo humano es tratada de modo adverso y con un cariz político. No hay una lucha por la bondad que reafirme la bondad propia, sino un ambiente de personajes soberbios donde el terreno a pelear es la soberbia de otra clase de individualismo. Síndrome -el malo, joven común y corriente excepto por su inteligencia-, llevado por el resentimiento que alberga desde que el Sr. Increíble no lo aceptara como su ayudante, logra crear armas fabulosas con las que hace una fortuna en función de vengarse. Síndrome se parece al chef de Ratatouille y al doctor que se felicita al encontrar una falla en el cerebro de Kaspar Hauser de Herzog una vez hecha su autopsia encontrando la respuesta a su extrañeza: todos representantes de un ánimo racionalista como profundamente enmarcado en el individualismo democrático: la igualdad de todos que es el seguro de las libertades individuales. Síndrome amenaza al Sr. Increíble: “un día venderé mis inventos para que todos puedan ser superhéroes. Y cuando todos lo sean… nadie lo será”. Pero termina triturado por la turbina de un avión. Y el chef de Ratatouille (2007), amordazado y vencido por las ratas que solo él podía ver.

 En esta última película -que es la última de las cuatro faltas, cuatro imágenes de una belleza- dichos movimientos se repiten y son reconsiderados por Brad Bird. La mezquindad de los buenos, el racionalismo de los malos, el mundo, son salvados no por ovnis, un gigante, tampoco por una rata, sino por la familia, superación al parecer -como una respuesta de lo más reaccionaria- de la inmoralidad de la sociedad que es ahora una sociedad de consumo y marcadamente institucionalizada. La figura del crítico gastronómico, Anton Ego, representa dichas características amargamente. Esto, claro, hasta que prueba el sencillo plato que Remy (la rata cocinera) le sirve y que toda la comarca de ratas ayuda a preparar. La sucesión de imágenes desde que Ego toma la comida en el tenedor y lentamente la dirige a su boca, como el contrapunto de velocidad en la regresión a la infancia a través de la reminiscencia una vez probado el plato, son sin duda la consumación de una belleza que, como toda belleza, nace desde la carencia y la falla, desde la inmundicia.


Víctor Quezada
Acerca del Autor:

Víctor Quezada. Antofagasta, 1983. Poeta. Licenciado y magistrando en literatura por la Universidad de Chile. Participa como editor y administrador del blog sobre literatura y crítica literaria LA CALLE PASSY 061. En diciembre de 2004 publica su primer libro de poesía titulado 20. Contribuyó en el 6º número de la revista de poesía española La Estafeta del Viento, número dedicado a la poesía chilena. Ha participado de talleres, encuentros y congresos como el taller de poesía Códices, a cargo del poeta y académico Andrés Morales (2004) y el taller de poesía de la Fundación Pablo Neruda (2007). Participó del primer y segundo encuentros de poetas jóvenes Poquita Fe. Santiago (2004 y 2006). También en el Primer Congreso de Poesía Chilena del Siglo XX. Universidad de Chile. Santiago (2006).
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