La Fortaleza

Por CARLOS LABBÉ

Invocación

Mal dirigidas, las palabras pueden hacerte más daño que un enemigo o alguien que te desea la muerte.

Comentario

¿Quién soy?, me pregunté en el momento de encontrarme a mí mismo iluminado por la luz del sol, babeando sobre este escritorio, vestido con la misma ropa que anoche: el narrador de este cuento, un personaje sin nombre, sin historia, sin cuerpo y sin una manera singular de juntar las palabras en su redacción de los hechos que interfirieron la búsqueda del libro sagrado. Es que el libro sagrado se me revela si no lo encuentro. Es que el libro no termina. Había perdido la cuenta de las horas, de las distancias que podía recorrer a través de mis ojos, las transiciones entre el día y la noche se habían vuelto tan imperceptibles como el momento en que una página cambiaba por otra, por la siguiente, por la invisible y por la que estaba más allá cuando los signos de la pantalla –sus bloques de información, sus puertas que lo tientan a uno, las imágenes– saltaron inesperadamente hacia el centro de mi mirada y se volvieron un borrón. Luego vino la profundidad de la página en blanco, un silencio sin marcos, sin menús ni barras laterales. No había flecha alguna, sólo una tranquilidad que flotaba en el vacío. Me incorporé; mi único recuerdo era la invocación que anoto al principio de esta página.
    El libro no puede ser leído, vociferó esta misma tarde la mujer que cuida los autos. De vuelta de la biblioteca estacioné el auto en la vereda frente a mi departamento de calle Cano y Aponte, a pocos metros de José Miguel Infante, como siempre lo hago. Cada vez que hablaba de ella con alguien –para empezar una conversación banal que rompiera el incómodo silencio–, no podía evitar describir su pelo pajoso, los surcos en su cara mal bronceada, la ropa suelta que apenas envolvía las varias capas de mugre de su piel, cómo iba corriendo hacia mí para recibir las monedas de cien pesos que cada tarde le daba sin escuchar alguna de las frases sin sentido que gruñía. Esta tarde, sin embargo, abrí la puerta del auto y ella se quedó pasmada ante el pesado volumen con los comentarios del Dhammapada que yo llevaba como única carga. Ese es el libro de mi papá, exclamó en voz baja, inesperadamente, antes de que sus alaridos se desataran para obligarme a apurar el paso hacia la puerta del edificio. Ese libro es de mi papá, y las palabras pueden hacerte más daño que cualquier enemigo: como nunca, el grito de la mujer quedó resonando en mis oídos como si el mismo Espíritu me hubiera hablado. Escribir es inútil, es inútil que encienda el computador, que me siente en el sillón de la biblioteca con algún réquiem sonando en el equipo de música, que cierre los ojos entre las sábanas de nuestra cama esperando que el sueño me deje atrás. Miro la calle desde esta ventana, ahora mismo la vagabunda agita un pañuelo amarillo hacia un auto que se aleja, ignorándola. Ya no puedo sentarme a comentar el libro porque las frases breves se pierden en el relato de una mujer que en su infancia consideraba estos pasajes como el jardín de su mansión, ya que su padre –hace casi cincuenta años– era el dueño de una extensa propiedad que ocupaba casi toda la cuadra que va de Joel Rodríguez a Román Díaz, de Carvajal a Cano y Aponte. Un día el potentado juzgó que estaba harto, así que sus haberes fueron repartidos en partes iguales entre sus tres hijos y él se recluyó en el tercer piso de la enorme casona, desde donde se asomó cada día, cada noche, a mirar cómo los suyos malgastaban sus bienes mientras él envejecía. Nadie sabe qué pasó entonces, si el padre está muerto o si todavía se asoma a mirar la calle entre el cochambre, los ratones y los vidrios quebrados de su dormitorio. Y ninguno de sus hijos sería capaz de explicar cuál fue su destino, aun si alguien tuviera la paciencia de escucharlos: se limitan a recibir monedas cada vez que alargan una mano amenazante y temblorosa hacia quien se esté subiendo al auto, están sucios y se visten con cualquier pilcha que encuentran. No tienen cabeza más que para volver juntos cada noche, en silencio, a la casa abandonada del barrio: así los veo desde acá.

Invocación

Vigila tus palabras, construye una fortaleza como quien ensaya en su mente lo que le dirá a sus seres queridos.

Comentario

No estoy solo como quisiera en el cuento, sólo que de esa manera es más fácil que avance, me dije en el momento de encontrarme otra vez babeando sobre el escritorio, con el pelo desordenado y el cuerpo hediondo: no vivo en la calle Cano y Aponte –sólo tomo prestado el domicilio real de unos amigos, las anécdotas que me cuentan sobre los vagabundos de su calle para tener algo de qué hablar cuando nos juntamos–, sólo quiero interferir con hechos la búsqueda del libro sagrado. Es que el libro sagrado se me revela si dejo de escribir. Es que el libro no termina. Así que esta mañana sólo podía pensar en esa invocación que se me grabó como a fuego y que transcribo más arriba. Decidí dejar mi puesto junto a la ventana después de varias jornadas, salí del departamento, caminé por Joel Rodríguez hasta el lugar donde se encontraba esa silla de madera podrida donde el obeso y calvo hermano mayor de la mujer de mi calle acostumbraba recibir –inmóvil– las monedas de los automovilistas mientras balbucía un encadenamiento de anécdotas imaginarias que nadie se había dado el trabajo de descubrir un final. Puse ante sus ojos mi ejemplar de los comentarios al Dhammapada y le pregunté si sabía quién era el autor de ese libro; él levantó la mirada del pavimento, no varió en nada la expresión inerte de su cara aunque sí el volumen de su voz, que no se detuvo en su letanía: a mediados de este siglo –dijo– los cafés virtuales, las tiendas de computación, los servicios técnicos para equipos, las oficinas de análisis de sistemas, las empresas de bases de datos, las bodegas con procesadores, discos duros y otras tecnologías de almacenamiento digital, así como las salas de ciberconferencias, las centrales de escáner, los coliseos de competencias de videojuegos, junto a otras actividades sociales vinculadas que todavía no conocemos, habrán aumentado tanto que el espacio físico de las ciudades colapsará por sobrecarga de actividad eléctrica. Estados de todo el mundo habrán recurrido a lugares de baja densidad poblacional para concentrar ahí, lejos de los centros urbanos, sus bases administrativas e informáticas. Sin embargo, la prosperidad de esas bases dará pie al crecimiento acelerado de comunidades de empleados públicos digitalizados, con sus correspondientes centros comerciales, calles, hospitales y escuelas. Lo que parecerá una solución al problema devendrá pocos años después en una crisis todavía mayor de sobre electrificación de espacios reducidos, y Chile –o lo que durante esta época llamamos Chile–, una nación en principio afortunada porque habitaba valles, desiertos, litorales, pampas, islas, montañas y témpanos, vivirá su propio holocausto cuando –producto de la indolencia– una tormenta eléctrica cualquiera en plena cordillera de los Andes desate una progresión de cortocircuitos que terminará incendiando los electrorrefugios enclavados en las metrópolis de Los Ángeles, Villarrica y Puerto Natales, hundiendo así las veinte plataformas suburbanas enclavadas en el territorio oceánico nacional, congelando los poblados antárticos y, por supuesto, causando una histeria colectiva en el resto de la población, principalmente amotinamientos, saqueos y suicidios colectivos entre los habitantes de las nuevas salitreras del Norte Grande. Antes de la catástrofe, millones de familias, barrios y ciudades completas habrán escapado ahí, al desierto, donde –cegados por una luz solar que nunca antes vieran sin sus filtros personales de ozono– se dispersarán en todas las direcciones. Unos pocos poblarán los continentes arrasados, la mayoría dejará sus huesos en la arena, prisioneros, perdidos, empampados. Las aves carroñeras se encargarán de ellos: en los días del libro son legión, siguió diciendo mientras bajaba el volumen de su voz para volver a empezar la profecía. Mientras cruzaba la calle rumbo a mi departamento –debía escribir esto: me caigo de sueño, lucho contra mis músculos cansados de conservar la posición en su asiento y estos párpados se cierran solos– oí de lejos las palabras que el hombre obeso repetía, las palabras que se alejaban, que se iban disolviendo en la historia de un personaje solitario, el protagonista de un libro sagrado cuyo prólogo –debería decir: cuyo pórtico– estaba siendo escrito a los gritos, por medio de mentiras futuristas y en el silencio de tres viejos hermanos que para comer un mendrugo pedían monedas en las mismas calles que durante su infancia formaron parte de un inmenso jardín cuyos árboles añosos daban fruta todo el año; ellos las podrían comer cuando crecieran lo suficiente para alcanzar las ramas, les decía su padre.

Invocación

Los que permanecen vigilantes no morirán, mientras que los descuidados están ya como muertos.

Comentario

Leo una y otra vez la frase que se me apareció en ese sueño sin sueños que tuve encima de este escritorio, sobre el teclado, con el zumbido del computador como única voz. Sólo esa frase me urgía a levantarme. De otra manera no sería yo, sino que alguien más escribiría –sin saber quién soy, como si fuera yo su personaje, su destilado, una voz que se hace la interesante porque no tiene cuerpo– sobre aquello que interfirió mi búsqueda del libro sagrado. Recuerdo apenas que, de madrugada, la pantalla me devolvió una página completamente blanca justo después que anoté, al margen de los párrafos del Dhammapada, cómo en un mundo atiborrado de imágenes baratas que pretenden tentarnos la fe –no la religión ni la religiosidad– nos permite existir sin ver, sin oír, sin tocar, y así perduramos: como si alguien nos leyera sin pausa.
Había pasado mis días buscando información sobre el padre de los vagabundos de estas calles, sospechaba que el nombre de ese potentado y el del protagonista del libro eran el mismo. La pantalla me llevó demasiado lejos, sin embargo; el límite fue una página que incluía los fragmentos póstumos del ruso Bajtín, quien se pasó la vida discutiendo, investigando, escribiendo sobre el fondo inmóvil y hermético que permitirá que la literatura siga aquí todavía cuando nadie sepa leer, sin atreverse nunca a decir que sí: “un mundo sin nombres, en el que sólo existen apodos y seudónimos de toda clase. Los nombres de las cosas son también apodos. El sentido no va de la cosa a la palabra, sino de la palabra a la cosa: la palabra engendra la cosa. La aniquilación y el nacimiento. La alabanza y el insulto. Uno se transforma en otro si borra la frontera entre lo indecible y lo cotidiano”. En plena lectura de ese fragmento se me hicieron impensables los días de vigilia que llevaba en mí. Al despertar esta mañana me encontré sobre algunas letras del teclado, de manera que llevaba horas componiendo una frase homogénea, infinita, repetitiva como una letanía incomprensible en cuya superficie –al leerla– recuperé el mensaje que ese sueño sin sueños me había entregado, no sólo en sus palabras literales sino también en un comentario que alguien –yo mismo, el autor con nombre y apellido que envejece mientras escribe este cuento– había anotado al borde de un fragmento del Dhammapada:
–Si sabes que tu cuerpo es tan frágil como las páginas de un libro, construye con las palabras que no digas una fortaleza.
Me levanté como pude de mi asiento en el escritorio, sin siquiera mojarme la cara o cambiarme esa ropa que llevaba semanas encima. No me importó tampoco la pestilencia que venía de cada uno de mis pliegues cuando caminaba por las escaleras del edificio, por la vereda, por el cemento de la calle Carvajal, donde el tercero de los hermanos –la mujer era la menor, el obeso era el primogénito tal como éste era el del medio, quise suponer, trasponiendo mi propia biografía a la del narrador, que no tenía historia y sin embargo iba de camino a perderla– recorría la cuadra en completo silencio hacia los dedos que se asomaban del auto que había estado estacionado para entregarle monedas, enjuto, pequeño, con los ojos inexpresivos y aparentemente sordo a los bocinazos que en vano los conductores daban para romper el paso tranquilo con que iba hacia ellos. Su falta de reacción cuando me senté en la vereda a observarlo con el libro de los comentarios al Dhammapada entre mis brazos me hizo guardar una esperanza; en efecto, cuando cayó la noche el hombre recogió un tarro con monedas que escondía bajo un árbol para dirigirse con insólita lentitud hacia la esquina con Román Díaz: me esperaba. Yo fui hasta él y empecé a hablarle de mí, de ti, de nosotros, de mis anotaciones, de la pantalla vacía a la que llegaba cuando ponía el nombre de su padre en el buscador, de la coincidencia, el azar, la exactitud con que los alaridos de su hermana, las historias abigarradas de su hermano y su propio silencio confluían en un libro sagrado que seguramente estaba en alguna habitación de ese lugar donde ellos aún vivían.
Le pedí que me dejara entrar para buscar el libro, que me permitiera ser el primero que leía esas páginas de su padre desaparecido. El hermano silencioso me miró por primera vez cuando extrajo una llave de entre sus harapos, abrió la oxidada reja de la casona y me dejó pasar con él. Entramos a lo que alguna vez había sido un fastuoso antejardín, ahora lugar de malezas, restos de materiales de construcción, insectos, tierra seca, bolsas con desperdicios en franca descomposición; había algo bondadoso en su mirada cuando permitió que yo entrara, incluso cuando fue inesperadamente hacia la puerta principal de la casona, la cerró de golpe y dio varias vueltas a la cerradura desde dentro. Me quedé sin saber qué hacer en ese lugar desconocido; estaba cansado, se me cerraban los ojos. Pensaba en echarme a dormir ahí mismo, los escombros como los bichos se encargarían de que no despertara más; entonces algo llamó mi atención para evitarlo, y la rápida sucesión de pensamientos contradictorios que nunca se detenía con objeto de impedir que yo llegara a algún lugar se detuvo: torcí el cuello, elevé la frente, miré hacia la copa del único árbol que se mantenía vivo en el jardín y pude notar cómo innumerables casas pequeñas pendían de esas ramas; casitas fabricadas minuciosamente a base de madera, hierba y alambre, por cuyas oquedades se asomaban los oscuros ojos de los polluelos, en cuyo entorno revoloteaban bandadas de pájaros de todos los colores posibles, que se posaban entre las hojas para cantar en una polifonía que ni siquiera la llegada de la noche podía acallar. Desde detrás del ancho tronco de ese árbol apareció un anciano vestido de blanco que vino hacia mí, me habló y puso su mano en mi cabeza:
–Si sabes que tu cuerpo es tan frágil como las páginas de un libro, construye con las palabras que no digas una fortaleza.
Desde este lugar alto la luz del sol y su calor me hacen ahora hablar, escribir, comunicarme contigo. Te conozco pero no sé quién eres. Me conoces pero nunca nos hemos encontrado. Mis palabras se mezclan con tus palabras mientras lees esto, y también puedes ver junto a mí, oír: la vigilancia lleva a la inmortalidad; el descuido, a la muerte.


Comentarios
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evanen   |190.47.42.xxx |2008-09-20 19:38:03
tanta locura junta...es como el viento de oto˝o que trae a mi mente frases
indiscutibles que no dejan olvidar... s˛lo la nostalgia se permite en cada gota
de recuerdo, en cada gota que no quiere desvanecer...
Camila TÚllez  - ..   |190.44.5.xxx |2008-09-04 10:15:06
...un espejo refleja al otro, no hay sombra entre ellos...
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