Para llevar

Por BEGOÑA UGALDE

 

Mientras la mujer de ojos rasgados se acerca con la bandeja ellos se miran en silencio. Su pelo roza un hombro de él mientras lentamente pone los platos humeantes sobre el mantel manchado de soya. La mesa es muy chica y sobre ella hay un poster desteñido de un panda comiendo bambú. Cuando termina de ubicar todo, la mujer de ojos rasgados se va lentamente caminando hacia la cocina. El empieza a probarlo todo ansiosamente. Pone en su plato arroz primavera y verduras salteadas. Ella permanece sentada muy quieta  y mira fijo un acuario que está cerca de la puerta de salida. Trata de ver que es lo que nada adentro, pero el agua está demasiado sucia.

-¿Y tu no vas a comer nada? No me digas que no te gustó el lugar, si insististe tanto en venir acá, venías hace meses diciendo que tenías ganas de comer wantán…ah, se te quitó el hambre. Es por haber visto a esa pareja peleando en el parque ¿cierto? Es que eres tan… si esos no somos nosotros, no sé porqué te pones así.

Quiere decirle que es verdad que no eran ellos los que peleaban en el parque pero que ella pensaba que en el fondo si eran porque aunque no se empujaran y gritaran querían de alguna manera silenciosa hacerlo. Que si le había propuesto ir a comer ahí es porque la noche anterior, cuando volvía en micro del trabajo, había mirado un restorán parecido a este casi vacío y le había dado una sensación rara, como de pena y alegría al mismo tiempo, porque pensó que esos lugares existen para que las personas se sienten y se miren y se detengan en el otro  y se extrañen de estar ahí.

Quiere decirle que es verdad que no podría con los bichos de la cocina pero que no le importaría almorzar sola mirando por la ventana, que tenía ganas de almorzar sola mirando por la ventana o ir al supermercado en pijama con el abrigo de piel que le regaló su abuela encima y que ya no le daba dolor de guata pensar que desde la camarita ya no se verían los dos sino sólo ella de espalda, con el pelo un poco sucio, echando cosas al carro sin pensar ya en las cantidades, ni en que si prefiere tinto a blanco, ni en ese paté que a ella le da asco porque se imagina  tripas de animales trituradas, molidas.

Quiere decirle que está segura que los guardias le dejarían meterse cosas en los bolsillos. Un tarro de aceitunas rellenas de almendras o maní con miel. Que quiso ir ahí esa noche porque no soportaba la idea de abrir el refrigerador y ver todas esas cajitas plásticas con comidas de otros días. Pequeñas cantidades de  lunes o miércoles pasados que ella quisiera botar porque le asusta pensar que crecen en ellas microbios y bacterias y cosas que no puede ver pero que se imagina perfectamente. Que no le importa si sus padres vienen de la guerra y que por eso siempre quieren guardar, guardar, por si se acaban las raciones. Porque ellos tienen su propia guerra con armas más peligrosas que las nucleares. Porque a veces entre ellos las miradas son más filudas que el cuchillo con que cortan las verduras y la carne mientras conversan contándose el día. Peligrosos son los silencios cortantes y tener que pelar una zanahoria con rabia mientras las manos se tiñen naranjas, le quiso decir tantas veces, pero no pudo. No pudo abrir la boca para decir que si ahora no tenía hambre, que si ahora le dolía la guata era por comer restos que debería haber botado a la basura hace días o por pensar en  la comida extraña que preparaba su madre los domingos. A esos calamares en su tinta ella les veía los tentáculos. Apenas podía tragarlos. Pero de todas formas se quedaba sentada horas en la mesa doliéndole un poco la espalda y sobre todo la cara, específicamente la comisura de los labios, por tener que mantener demasiado rato la sonrisa sin preguntar nada. Porque no se puede preguntar nada. Sólo las recetas de cocina. Pero a ella no le interesan las recetas de cocina. Por eso quiso ir a ese restorant porque está casi escondido en una calle sin salida y por eso no va nadie más que unos oficinistas que no quieren llegar a sus casas para no tener que saludar a sus esposas y hablar siempre de lo mismo. Siempre lo mismo. Y esa otra pareja que se mira de una forma tan distinta a ellos, que parece que se entendieran como ellos alguna vez se entendieron. Y ahora, no podían. Tal vez porque ya no había manera de mirarse de otra forma que no fuera con una mirada rota como molida. Por eso quiso explicarle eso que vio en el canal donde dan programas de sucesos paranormales y profetas mientras doblaba la ropa sobre la cama, que los chinos descubrieron hace muchos, muchos años que en las mujeres hay  tres partes del cuerpo conectadas como si fueran un solo túnel, el sistema respiratorio, el colon y la vagina, porque mal que mal eran todas mucosas y que si una parte se enfermaba las otras también y que por eso ella pensaba que siempre estaba resfriada y le dolía la guata porque nunca se mejoraba, nunca se mejoraba, nunca se mejoraban del todo y quería mejorarse pero no sabía cómo explicarle a él lo de las partes del cuerpo inflamadas porque como todo eso pasa adentro ella no se puede imaginar bien la forma de sus órganos, sólo piensa en ellos como esa comida que quiere botar por ese hoyo profundo que está detrás de una puertecita cerca de la escalera. Pero es tan difícil de explicar, porque todo eso que quiere decirle pasa por dentro suyo como las basura que ella deja caer por el incinerador después de hacer nudos apretados. A veces se detenía a escuchar el sonido que hacían al chocar su basura con las demás bolsas, al llegar al contendedor del primer piso. Le gustaba ese sonido. Otras veces tiraba cosas sin bolsa ni nada al incinerador, cosas que escupía después de comer y papeles escritos con lápiz pasta. Secretos que no se atrevía a contarle a nadie, secretos que tenían que ver con sus mucosas.

Pero cómo iba a explicárselo, si esa palabra es tan fea como el agua turbia del acuario donde nada despacio una anguila. Ya no le queda electricidad y  apenas puede moverse la pobre en esa agua toda sucia, piensa ella mirando  el arrollado de verduras que él come con tantas ganas. Hace días o años que debieran haberle cambiado el agua a la pobre anguila o lo que sea que nada en el acuario. Tal vez de dónde vendría. Seguro que de las profundidades de algún mar de Asia. Entonces recuerda otro  programa que vio mientras doblaba la ropa sobre la cama, sobre unas fosas en algún mar lejano que eran cómo túneles de rocas pero hacia abajo y que eran tan profundas que nada podía llegar hasta ellas, ni siquiera los submarinos de última tecnología, sólo unas cámaras que eran como robots y que habían captado imágenes de seres nunca antes vistos por los humanos, seres extraños, ciegos y planos, que pueden aguantar el peso de toneladas y toneladas sobre sus cuerpos, seres prehistóricos parecidos a los microbios que ella imaginaba en la comida. Piensa que la anguila debe extrañar tanto las aguas de donde vino. Aunque fueran frías, aunque casi no llegaran los rayos de sol hasta ella y hubieran animales queriendo comérsela de repente. Su vida corría peligro en esas aguas pero en el acuario era peor, porque apenas podía moverse  y ya no le queda electricidad en esa agua toda sucia donde vive, donde le obligan a vivir porque hace días que debieran haberle cambiado el agua a la pobre anguila o lo que sea que nada en el acuario, tan lento, tan lento, pero mirándola.

-Oye, te estoy hablando, me comí casi todo ¿Tú no quieres probar nada?

-Es que me comería esos wantanes pero me duele un poco la guata.

-Bueno, entonces le digo a la mesera que los envuelva para llevar.


Comentarios
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Isidora Tupper  - fan   |216.165.95.xxx |2008-11-20 22:22:21
soy fan de begoņa.
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