¿Quién podrá defendernos?

Por DANIEL SALINAS

 Hay historias que terminan mal, y son buenas. Hay otras que terminan muy mal, y son mejores. Hay historias con finales lapidarios, de una fatalidad casi increíble, y son muy buenas. Pero hay las que, simplemente, no podrían terminar peor: esas son las imprescindibles.

 Hace algunos años atrás, en un viaje con unos amigos conocí a Rony, un pintor francés que tras dar varias vueltas por el mundo se instaló a vivir en Alcohuaz, uno de los últimos pueblos del valle de Elqui. Un tipo genial que nos contó una de las historias de amor más tristes que he escuchado jamás.

Ocurrió en la década de los cincuenta, en Alcohuaz, cuando éste era todavía un pueblito perdido que con suerte figuraba en los mapas, en el que vivían algunas pocas familias de campesinos y al que no había llegado ni la luz eléctrica, ni el teléfono, ni prácticamente nadie.

La historia empieza cuando la mujer de uno de sus habitantes enferma gravemente y muere. Ambos no superaban apenas los cincuenta años, y habían formado a algunos hijos que ya eran adultos y habían dejado el pueblo. Esta viudez temprana dejó al hombre en medio de una soledad desoladora. Superado el luto, decidió buscar una nueva pareja y rehacer su vida.

Pero como es de suponerse, en ese rincón del mundo no eran muchas las mujeres que un hombre de su edad podía encontrar.

Concibió entonces la idea de escribir a un periódico de la capital en busca de mujeres interesadas en conocerlo y, eventualmente, casarse con él. Dedicó largas horas a redactar una carta de un romanticismo abierto y honesto, en la que se presentaba como un hombre responsable y trabajador, un católico de buena salud y buen pasar, que buscaba una mujer de su edad para compartir su vida, su amor y la tranquilidad de la vejez en el valle de Elqui.

Tras algunos meses de espera, y tras soportar las maliciosas burlas de sus mejores amigos, un día recibió una respuesta.

Una señora de Rancagua, que a juzgar por las descripciones tenía una situación más acomodada que la suya, pero que igual que él había enviudado y no quería pasar su vejez en soledad, estaba interesada en conocerlo.

Tras un intercambio de extensas cartas de presentación, acordaron que ella viajaría al valle de Elqui a visitarlo. Llegaría un día sábado al medio día, acompañada de su hermano y de una pareja de amigos.

En un arrebato de ilusión y felicidad, para estar a la altura, decidió organizar la mejor recepción que pudo imaginar y financiar. Gastó buena parte de sus pocos ahorros en comprar un traje para él, y otro para sus dos mejores amigos y sus mujeres, y convenció a sus invitados de que vistieran las mejores tenidas que pudieran conseguir. Compró carnes y bebidas a raudales, invitó a todos sus conocidos y parientes, revistió su casa de manteles y luces y flores. Nadie en el pueblo había hecho antes una celebración de esa formalidad y esas proporciones.

Con la dignidad y orgullo con que la esperaba, bien peinado y afeitado, iluminado por dentro, parecía guardar el secreto para rejuvenecer una década de un momento a otro.

Pero al medio día del sábado la esperada señora no había llegado. Y no llegó durante la tarde, ni en la noche.

Y tampoco en la mañana del domingo, ni en la tarde, ni en la noche del domingo.

A esas alturas de la historia Rony hizo una pausa, como si ya la hubiera contado mil veces, y nos preguntó qué hubiéramos hecho nosotros en esa situación. Y aunque nadie dijo nada, la pausa sirvió para que fuera menos difícil ponerse en ese pellejo desconocido y entender que, tras casi 48 horas de espera, el hombre concluyera que todo había sido un error.

La mujer no llegaría. Se había arrepentido. Le escribiría, más tarde, diciendo que lo había pensado mejor. ¿Qué tenía él, en verdad, para ofrecerle? ¿Qué clase de promesa más inútil, mezquina y falsa lo había impulsado a reemplazar a su antigua, verdadera mujer? No había invitada. No había nada. Se las arregló para contenerse, incluso, por doce horas más, convenciendo a sus invitados de que esperaran hasta la tarde del día siguiente. Y una vez ahí, desesperado de impaciencia, todos sus miedos exploraron. Autorizó que se desatara la fiesta. Las cosas estaban ahí, había que aprovecharlas. No llegó no más, hagámonos mierda.

Y pasó todo el resto de la tarde y de la noche del lunes bebiendo de una manera en que no lo había hecho en su vida, como castigándose. Hacia las once de la noche, del respetable sujeto de los días anteriores no quedaba nada.

Justo entonces ella llegó. Y vio al buen hombre al que venía a ofrecerse convertido en un estropajo humano, un viejo arruinado y con la cara deformada por el vino, vomitado entero, prácticamente inconsciente, rodeado de un pueblo completo de campesinos enloquecidos y borrachos en las mismas condiciones.

Y dio media vuelta y se fue. Él quiso detenerla y decirle algo, pero ya era demasiado tarde. Ya había perdido las fuerzas. Ya había caído en la trampa, en la burla del azar.

Y mientras Rony nos contaba el resto de los detalles de la historia –el mal tiempo había hecho que la diligencia de la mujer se atrasara en el camino, pero cómo comunicarse con Alcohuaz para avisarlo, etc.– yo pensaba en los mínimos impulsos que inclinan la balanza de una historia hacia un final u otro, qué delgada la línea que separa a la ilusión de la derrota, qué poco generosa e implacable la razón por la que estamos siempre en busca de algo que nos justifique o nos defienda.


Daniel Salinas
Acerca del Autor:
Daniel Salinas nació en Santiago en 1981. Es sociólogo y magíster en Literatura de la Universidad Católica de Chile. Trabaja en Asesorías para el Desarrollo en temas de política educacional. Actualmente conduce un estudio sobre desarrollo de la creatividad de alumnos de colegios socialmente vulnerables. Ha publicado en The Clinic sobre la recepción de Bob Dylan en Chile.
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