El final de todo pero al principio

Por RODRIGO OLAVARRÍA

 Nunca hice caso de las teorías de los paranoicos a la Oliver Stone, muchas de las  afirmaciones de Michael Moore me parecen plausibles, pero exageradas.

 

 Desde que tengo memoria he sido así, de hecho, si pudiera tener un lema, este sería De omnibus dubitandum, una máxima atribuida a Descartes que el mismísimo Karl Marx tenía grabada encima de la puerta de su estudio de trabajo. Menciono esto para comentar sin vergüenza una supuesta conspiración promovida por gobierno de los EEUU a fines de la década de 1950 con el expreso propósito de eliminar a los primeros exponentes del rock and roll. Algo que no nos debería producir tanta sorpresa si recordamos por un segundo las imágenes del Ku Kux Klan quemando discos y fotos de los Beatles en 1966.

Los objetivos supuestamente fueron los más notorios y más peligrosos, los que eran un peor ejemplo para la juventud blanca y bien pensante, aquellos cuyas licenciosas vidas se habían convertido en patrimonio de la prensa y de los sermones parroquiales. Asumo que las víctimas de esta conspiración habrían sido: Little Richard, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Buddy Holly, Eddie Cochran y, claro, Elvis Presley. Otros hipotéticos mártires pudieron ser Johnny Cash, que para 1959 cantaba canciones tradicionales del oeste y Roy Orbison, que proyectaba una imagen impecable, aunque nunca tanto si consideramos la estampa de los emergentes Fabian y Paul Anka, white and clean.

Metámonos por un segundo bajo la piel de esos oscuros funcionarios del FBI a quienes pudieron encargar esta misión. Chuck Berry y Little Richard no debieran presentar problema, en primer lugar son negros, es decir, basta una sola patada a su carrera y todo se viene abajo. En febrero de 1959 Chuck Berry llevó una chica mexicana de catorce años a trabajar en un bar que le pertenecía, meses más tarde fue encarcelado por tres años y medio bajo el cargo de promover la prostitución.

Después de grabar canciones insuperables como “Long Tall Sally” y “Good Golly, Miss Molly”, en 1958 Little Richard dejó el rock and roll argumentando que temía por su alma y la condenación eterna. Lo que ocurrió según nuestras fuentes es que agente del gobierno lo habrían amenazado con hacer públicas su homosexualidad y su afición por las drogas.

La misión de sepultar la carrera del salvaje Jerry Lee Lewis no debió presentar ninguna complicación, pues era tan sencillo como darle publicidad al hecho de que a los 23 años, “el pianista más rápido del oeste” contrajo matrimonio con una niña de trece años, su prima en primer grado. A mediados de 1958, cuando la noticia se hizo pública, Jerry Lee Lewis pasó de ganar 10.000 a 250 dólares por concierto y dejó de grabar por cinco años.

Si esta teoría todavía suena tirada de las mechas, veamos el caso de Buddy Holly, quien murió el 3 de febrero de 1959 cuando el avión en que viajaba cayó sobre una granja en Minessotta. Lo acompañaban The Big Bopper y Richie Valens, el primer rocker chicano. El avión estuvo sólo veinte minutos en el aire, cayó al suelo, se partió en la mitad y se arrastró cuatrocientos metros hasta chocar con un cerco. Así murió quien escribió mi canción favorita: “True love ways”, a los 23 años.

Unos meses más tarde, Eddie Cochran escribió una canción titulada “Three stars” en homenaje a los tres muertos en el accidente aéreo, ahí recita una despedida a sus amigos, recalca el sentido heroico de Buddy Holly y le asegura que canciones vivirán por siempre. Eddie Cochran murió a principios de 1960, cuando el taxi en que viajaba junto a su novia y Gene Vincent, otro de estos salvajes primigenios, se estrelló contra un poste de luz, accidente provocado por problemas con los frenos del vehículo y nunca esclarecido del todo.

El caso de Elvis Presley es distinto, menos brutal, pero no menos cruel. Entre marzo de 1958 y marzo de 1960 realizó su servicio militar, primero en Texas y luego en Alemania. El caso es que pudo optar por un servicio militar especial, pero no lo hizo, lo cual siempre ha sido sospechoso. Así las cosas no se nos hace demasiado complejo imaginar una oscura influencia detrás de ese gesto de civismo presleriano.

Dos años después, cuando el servicio militar se terminó, el efecto de la disciplina militar en el joven alocado de Memphis fue evidente, de hecho, su single de regreso fue “It’s now or never”, una canción que sin ser mala, uno difícilmente podría describir como rock and roll. Algo que uno podría decir de todos sus singles de ahí en adelante.

Sea como sea la verdad, en el período que transcurre entre enero de 1958 y marzo de 1960, las carreras de los más provocadores músicos del período se detuvieron violentamente. Ya no es importante si hubo o no conspiración, el caso es que en ese período el rock murió.

Rodrigo Olavarría
Acerca del Autor:

RODRIGO OLAVARRÍA

Poeta y traductor. Nacido en 1979 en Puerto Montt. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda durante 2001. Sus poemas han sido publicados en revistas como “Plagio”, “La Poesía, Señor Hidalgo” y “La Estafeta del Viento”. El año 2003 recibió una beca de creación literaria para escritores noveles del fondo del libro y la lectura. Ha publicado en las antologías “Quercipinión” (Ediciones Lar, Concepción, 2000), “(SIC)” (Valente Editores, Santiago, 2004), “Desencanto Personal” (Cuarto Propio, Santiago, 2004) y “Selección de Poesía 2005” (Fundación Nueva Poesía, Santiago, 2006). Es coorganizador de los encuentros latinoamericanos de poesía llamados “Poquita Fe” realizados en santiago los años 2004 y 2006. Ha realizado traducciones de la obra de Sylvia Plath, Lewis Carroll, Ezra Pound y otros, entre las cuales destacan “Aullido” de Allen Ginsberg (Anagrama, 2006) y “Madrid 1993” de Allen Ginsberg (Círculo de Bellas Artes, 2008).


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